¡Blas de Lezo es mío!

Y Juan Sebastián de Elcano. Y Hernán Cortés. Y don Pelayo, María Pita, el héroe de Cascorro, Agustina de Aragón, o los héroes de Baler que fueron aquellos últimos de Filipinas. Son míos. Y tuyos. De todos. Son personas inigualables que rellenan las páginas de los libros de nuestra Historia. ¿En qué momento cayeron presas de la ideología? ¿Cuándo la corrección política los convirtió en protagonistas molestos de ser conmemorados? ¿En qué instante hemos dejado de hacerlos nuestros para ser reconvertidos en adalides o enemigos de tal o cual partido? Me niego a recuperar debates noventaochistas para echar «doble llave al sepulcro del Cid», como dijera el regeneracionista Joaquín Costa. Todo lo contrario. Quiero recuperar la memoria de esos hombres y mujeres que pueden ser modelos de valores, hoy en día tenidos por arcaicos. Pero no puede ser a costa de ponerles de forillos o como ninots de partidos que, con la misma intención de reivindicarles, flaco favor les hacen.

Nos encontramos cada día con un deseo mayor por conocer nuestra Historia. Sin complejos. Con ganas de desbrozar lo negrolegendario, que tanto parece gustar a la izquierda, con un presentismo y un uso de neologismos jurídicos, como el de genocidio, inapropiados; pero también de una leyenda áurea que ya tiende al rosa, por parte de la derecha que no parece sino ver al albo caballo de Santiago empuñando éste su flamígera espada, en cuanto hecho de armas pueda interpretarse su aparición divina. Y no. Ni una cosa ni otra. Porque al final, entre tirios y troyanos, o entre partidarios de Sertorio y de Pompeyo (que no parece sino que desde entonces nos hayamos querido dividir en esta llamada Hispania), vamos a conseguir que ni la musa Clío reencarnada sepa qué pasó y nos convirtamos en un territorio que, como dijera Churchill sobre los Balcanes, ha producido más Historia de la que podemos asimilar.

No creo saber de ningún otro lugar en el mundo donde los libros se utilicen, en vez de para conocer y contrastar, como munición. Más que argumentos, preferimos tirarnos los volúmenes que tengamos a mano para afianzar nuestra verdad, aunque sea gracias una cita a pie de página, o mediante aquel historiador que nos place simplemente porque nos da la razón… aunque pudiera no tenerla. ¿Quién podría cuando se habla de hechos que en ocasiones se transmutan en leyendas, sin que se pueda distinguir la realidad de la ficción? ¿Cuántas fuentes son necesarias para dar fe de un hecho en ocasiones reflejado muchísimo más tarde de lo ocurrido? ¿Qué parte de la implícita exageración hemos dejado de entender como necesaria metáfora? Ni los israelitas tardaron cuarenta años en llegar de vuelta de Egipto (de hecho, según Google Maps se tardan seis días andando poniendo los mismos hitos), ni escasamente podemos decir que en la Castellana o en la Diagonal se han manifestado nunca un millón de personas. Antes se entendía que eso equivalía a mucho. Ahora, a fake news, o lo que es lo mismo, un embuste de toda la vida.

Por eso cuando nos ponemos a discutir acerca de si Covadonga fue una batalla, una escaramuza o una reyerta de chigre de Pelayo con el Moro Muza, estamos mirando el dedo en vez de la luna que señala. Las conclusiones de aquello van más allá de la Crónica Albeldense o de las citas alfonsinas. De si hemos de sacar al espíritu de don Claudio Sánchez Albornoz para batirse en duelo con el profesor Álvarez Junco. Lo importante en ocasiones es el símbolo. In hoc signo vinces. Y como Constantino en la batalla del Puente Milvio, no es cuestión de Crismón enarbolado o de milagro, sino de hacer que la épica tenga un trasfondo que sobrepase el hecho. Pero hemos perdido esa capacidad de admirarnos del conocimiento simbólico para ser prosaicamente groseros. O nos pasamos con don Blas de Lezo haciéndole ganador de una batalla al nivel de la de Normandía, o decimos que cómo nos vamos a creer que un hombre con una sola pierna iba a poder manejarse como si fuera Long John Silver sobre un buque, incapacitado como estaba para poder ver con un solo ojo. De Temístocles en Salamina pasamos a que sea una persona con discapacidad en una playa colombiana.

La exageración crea mitos y los mitos son necesarios para las sociedades. La Historia se nutre de ellos como la mitología de la presencia de dioses, titanes y héroes en las cosas de los hombres. Tal vez nuestros relatos tengan todos ese origen, ya sea con la Iliada, o en la Eneida. Pero todos queremos gritar con emoción con ellos Thalassa, thalassa… cuando los 10.000 ven el mar como nos contaba Jenofonte. Y me da igual si eran esos miles o menos. ¿Es necesario calcular el número exacto de tlaxcaltecas que acompañaron a Cortés o saber cuán fue de enorme el ejército azteca en Otumba? ¿Hay que crear más historia que la de Bernardo de Galvez en Pensacola con su grito de «¡Yo solo!» y tener que inventarnos que desfilara con el general Washington… cuando nunca lo hizo? ¿Hay necesidad de darle más épica al común interés de la carga de los Tres Reyes en las Navas de Tolosa, sin caer en lo contrario de minusvalorar tal batalla y hasta negarla casi?

Ingleses y franceses nos aventajan incluso en la creación de mitos. Por poner un ejemplo donde ambos se confrontan, en la célebre batalla de Waterloo, es más emocionante recordar al general Cambronne diciendo «la Guardia muere pero no se rinde», que con el vocablo que dicen que soltó al gritarle rendición: «Merde!». Aunque ambos dichos seguramente fueron falsos. Pero hoy, arrobados vemos el cambio de la Guardia en Londres con los casacas rojas llevando los morriones de piel de oso que llevaban los franceses en aquella batalla, como recuerdo de la victoria ante ellos. Pues cuanto más grande es el enemigo, mayor la gloria.

Para los españoles la gloria ha desaparecido. Los grandes hombres, tales como el almirante Cervera, Juan de Austria, Luis Noval, Fernández de Córdoba, el general Prim… y tantos otros, son ejemplos de protofascistas sin valor alguno más que para reprocharles que son vetustos especímenes por los que debemos de pedir perdón. O, sensu contrario, para convertirse en carteles electorales de quienes no quieren ver que esos hombres tal vez no entenderían hoy por qué lucharon ayer. Pues tan malo resulta que se conviertan en fervor en la mente de unos, como de odio y desprecio en la de otros. ¡La Historia es de todos! Y sus héroes. A los que debemos un respeto. Andamos con que si son galgos o podencos con la primera circunnavegación del globo por Elcano, y echamos agua al vino para no ofender a nadie. O mejor nada de vino. No hay nada que celebrar, como se tiene por eslogan el 12 de octubre. ¡Mirindas para todos, que el alcohol crea adicción!

Como la ignorancia. Como el exceso de celo. Como el desprecio. Todo ello nos ha llevado a decir que la bicolor es una bandera franquista (como el águila de San Juan). Que el yugo y las flechas son exclusivas de la Falange (también las fasces romanas las usa Mussolini dando nombre a, este sí, su partido fascista, y hoy son el escudo de la República Francesa). O que Blas de Lezo ahora se diga que se le conoce gracias a Vox; que la Reconquista es un mito de la ultraderecha xenófoba; y que cualquiera que hable de España antes de 1706, 1812, o 1978, es un facha ¡pero de los gordos! Y así andamos. Temiendo citar a Antonio Machado cuando le dijo a Ramiro de Maeztu tras la publicación de su Defensa de la Hispanidad, que «España ha sido siempre muy poca cosa para un español». O demasiada. Que o no llegamos, o nos pasamos.

Javier Santamarta del Pozo es politólogo y escritor.

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