‘Blues’ de Irak

Por Arthur Schlesinger Jr., historiador y fue asesor especial del presidente John F. Kennedy (EL PAIS, 04/05/04):

La primera semana de abril fue muy dura para los estadounidenses. Justamente un año antes, americanos e iraquíes habían derribado triunfalmente la estatua de Sadam Husein en Bagdad. Un año después, se extendía por Irak un levantamiento contra Estados Unidos, acompañado de turbas iraquíes que mutilaban a estadounidenses muertos y lanzaban gritos de odio al ejército de ocupación. Chiíes y suníes, enemigos mortales desde antiguo, parecían unirse ante las fuerzas de ocupación. Un año de errores de cálculo y de criterio por parte de Estados Unidos que parece haber llevado a Irak a un caos que raya en la anarquía. La contundente afirmación del senador Kennedy, “Irak es el Vietnam de George Bush”, cristaliza sentimientos en Estados Unidos y remueve poderosos recuerdos. “El fracaso no es una opción” había sido uno de los clichés favoritos del Pentágono, pero Pat Buchanan, un aislacionista de la vieja escuela, afirma hoy: “Lo que Faluya y los atentados chiíes nos están diciendo es que el fracaso es ahora una opción”. Un respetado diplomático profesional, Morton Abramowitz, antiguo embajador en Turquía y Tailandia, pregunta “¿Importa Irak?” en The National Interest, una sobria revista conservadora. “La posición estadounidense como potencia preeminente en el mundo”, alega el embajador Abramowitz, “puede soportar una retirada anticipada de Irak. El mundo seguirá dependiendo de nosotros de forma muy importante… Las fuerzas de Estados Unidos están excesivamente dispersas y una retirada podría mejorar nuestra posición general de poder y nuestra capacidad de acción con respecto a Osama Bin Laden y otros grupos terroristas”. A fin de cuentas, ¿socavó gravemente la posición de Estados Unidos en el mundo la retirada de Vietnam?

Vietnam e Irak se diferencian en aspectos esenciales. En Vietnam, los estadounidenses nos metimos en una guerra civil ya en curso; en Irak impusimos la guerra al país por razones que resultaron ser falsas. Pero Vietnam e Irak sí se parecen en el efecto atolladero, en la falta de experiencia histórica y conocimiento de la cultura, y en la sistemática arrogancia e ignorancia que nos conduce a los atolladeros. Los especialistas en política exterior estadounidenses aplaudieron la asignación a Bagdad de sir Jeremy Greenstock, el muy admirado embajador británico en Naciones Unidas. Se suponía que Greenstock, un arabista, iba a trabajar estrechamente con la Autoridad Provisional de la Coalición. Según The New York Times, Greenstock, una vez completado su periodo de servicio, “no hizo ningún secreto a su vuelta a Londres de su desesperación ante lo que hacía, o no hacía, el principal mando estadounidense en Bagdad, L. Paul Bremer III”. Mientras tanto, está teniendo lugar una batalla de libros por la conquista de las mentes y los corazones del pueblo estadounidense. Against All Enemies, una acusación a la Administración de Bush escrita por Richard Clarke, director de antiterrorismo de los presidentes Clinton y Bush, que ocupa el número uno de la lista de The New York Times de los libros de no ficción más vendidos. El segundo es Deliver Us from Evil, de Sean Hannity, un experto televisivo que define el “mal” como liberalismo. El cuarto, sexto, séptimo, octavo y décimo libros de la lista son anti-Bush; el noveno y decimocuarto son antiliberalismo. Un nuevo candidato, que avanza hacia el primer puesto, es Worse than Watergate: The Secret Presidence of George W. Bush, de John W. Dean, el que fuera asesor del presidente Richard M. Nixon.

Claro que 2004 es el año en que los estadounidenses se complacen en el rito cuatrienal de elegir presidente. La situación hoy es que aproximadamente el 45% del electorado, según la mayoría de las encuestas, adora a George W. Bush; y aproximadamente el 45% le detesta. La mayoría de este 90% ha llegado a una conclusión y es muy improbable que cambien de voto. El 10% restante está formado por independientes indecisos, principalmente de los barrios residenciales, económicamente conservadores pero culturalmente tolerantes. El resultado de noviembre dependerá en parte de este 10%. También dependerá de la asistencia a las urnas de la base que apoya a cada candidato. La base de Bush descansa en la derecha religiosa, la de Kerry en la izquierda antiempresarial. El dilema al que se enfrenta cada candidato está en que la postura que adopte para complacer a su base podría disgustar al 10% indeciso. Así pues, el presidente Bush, preocupado por su base, busca la reafirmación de la derecha religiosa proponiendo una enmienda a la Constitución estadounidense que prohíba el matrimonio homosexual. Muy probablemente esto le perjudicará entre el 10% indeciso que piensa que el Gobierno no debe inmiscuirse en las vidas privadas y que la Constitución no se debe sobrecargar con la definición del matrimonio. El senador Kerry tiene un dilema similar. Se enfrenta al reto de Ralph Nader, el cruzado antiempresarial que hace cuatro años quitó votos suficientes a los demócratas como para que fuera derrotado Al Gore y hacer que saliera elegido George Bush. Pero al desplazarse hacia la izquierda para defenderse de Nader, el senador Kerry se arriesga a contrariar al 10% de indecisos que son, en su mayoría, de opiniones moderadas.

Pero, ¿no será la guerra el elemento decisivo? Al fin y al cabo, es la guerra del presidente Bush. No hubo un clamor popular pidiendo una guerra contra Irak. Si no hubiéramos ido a la guerra, no le habría importado a casi nadie. Es más, casi nadie se habría percatado siquiera. ¿Por qué estaba el presidente Bush -como han testificado tanto Richard Clarke como el ex secretario del Tesoro Paul O’Neill- tan obsesionado con Irak? Yo no creo que fuera por razones mezquinas. Es muy probable que Bush comparta la fantasía neoliberal de que la victoria de la democracia en Irak democratizará todo el mundo islámico y le dará a él un lugar en la historia. Otras razones: petróleo, Israel, la búsqueda de nuevas bases para reemplazar a Arabia Saudí, el deseo de vengar el intento de Sadam Husein de asesinar a su padre, liberar a Irak de un tirano monstruoso, son beneficios secundarios comparados con la histórica misión para la que ha sido elegido por el Todopoderoso. Para llevar a cabo esta misión, Bush ha transformado la base de la política exterior de Estados Unidos. Durante el casi medio siglo de la Guerra Fría, la política exterior estadounidense se basó en contención más disuasión. Bush desechó aquello. La nueva base de la política exterior de Estados Unidos es la guerra preventiva. Como ha dicho el presidente Bush: “Debemos asumir la batalla con el enemigo… y hacer frente a las peores amenazas antes de que surjan”. Y en un estilo más dramático: “Frente a la clara evidencia de peligro, no podemos aguardar a la prueba final, el arma humeante que puede llegar como una nube en forma de seta”.

La razón inmediata de que Bush abriera la caja de Pandora en Oriente Próximo e invadiera Irak fue su certeza moral de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva y de que estaba trabajando en estrecha colaboración con Osama Bin Laden y Al Qaeda. Estas convicciones resultaron ser una falsa ilusión. Este desenlace final perjudica mucho la credibilidad de Bush y la de Estados Unidos, nos ha metido en un embrollo espantoso en Irak y ha desviado atención, recursos y poderío militar de la guerra que debería haber sido la prioridad principal de la Administración de Bush: la guerra en Afganistán contra Al Qaeda y el terrorismo internacional. Mientras tanto, Afganistán es otro embrollo. Bush eligió la guerra equivocada en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Es difícil predecir la influencia de la guerra en las elecciones. En las crisis internacionales el instinto estadounidense es cerrar filas en torno a la bandera y el presidente, por lo menos durante un rato. Hasta ahora la protesta contra la guerra no ha sido generalizada, pero Faluya se ha comparado con la ofensiva Tet del Vietcong en 1968, que puso en marcha un proceso que expulsó a Lyndon B. Johnson de la Casa Blanca. La influencia de la guerra depende del éxito de la ocupación estadounidense en detener la desintegración de Irak y lograr la estabilidad en alguna medida. Depende de la posible captura de Osama Bin Laden. Depende del posible juicio de Sadam Husein. Depende de toda clase de variables imprevisibles. Como solía decir Harold Wilson: “En política, una semana es mucho tiempo”. Seis meses es una eternidad. Puede suceder cualquier cosa. En una democracia, los dirigentes electos deben asumir sus responsabilidades. La guerra de Irak fue un asunto de decisión presidencial, no de necesidad nacional. El recuerdo avivado de Vietnam trae a la memoria a un joven teniente, muy condecorado, llamado John Forbea Kerry, que a su vuelta de Vietnam hizo una pregunta conmovedora al Comité de Relaciones Exteriores del Senado, el 22 de abril de 1971: “¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir en aras de una equivocación?”.