Boabdil-Moctezuma

Cuando el viajero español pasa sus primeros días en México pueden sobrevenirle ataques de colitis aguda. Los amigos locales lo explican, entre sonrisas zumbonas pero benévolas, como «la venganza de Moctezuma» y no comentaremos nada al respecto por no pasar de chiste sin mayor trascendencia. Sin embargo, hay otra venganza que parece no cesar, pese a su origen y carácter artificioso y muy, muy cansino: es la insistencia en la hostilidad hacia España oficializada en las instituciones como política de estado, no en las gentes, en las personas, con las cuales la sintonía es —naturalmente— enorme. Se contraviene así la racional previsión de Lucas Alamán —guardián y salvador de los restos de Cortés tras la independencia— cuando en respuesta a su amigo el historiador norteamericano Prescott (The History of the Conquest of Mexico, 1843) y al exponerle éste su imposibilidad de entender el rencor antiespañol de parte de los criollos, descendientes de españoles, afirma «es ciertamente incomprensible el rencor de los mejicanos (sic) ignorantes contra los españoles, pero como ha sido obra de la pasión, calmada esta dará lugar a la razón». Tal vez Alamán infravaloraba la capacidad irracional de la progenie hispana. Aunque no de toda, por supuesto.

A nuestro juicio, no es útil a estas alturas insistir, de modo también reiterativo y pesado, en el asalto —o defensa de— a Vasconcelos, a Eduardo Galeano, al nacionalizado español Augusto Roa Bastos (Las culturas condenadas, 1976) con cuya prosa tanto disfrutamos (con la de todos ellos), sino de echar luz sobre una variante de «la venganza de Moctezuma» que podríamos denominar mejor «Boabdil-Moctezuma, encuentros en la tercera fase» y que en los últimos tiempos ha ido tomando cuerpo, tal cual si fuese inevitable que la abuela se pusiera de parto, con los que ya somos. Me explico: en 1992 —annus horribilis, por lo mal que se condujo el asunto desde España y los desentendimientos que provocaron las conmemoraciones— leí con inquietud un libro oportunista, superficial y frívolo (El espejo enterrado) del gran novelista mexicano Carlos Fuentes, a quien tanto admiramos como narrador. En la obra, claramente enfocada al V Centenario, el autor intentaba quedar bien con todo el mundo a través de información anglosajona, lo cual no es baladí (no hay más que ver la bibliografía), dejaba sentado uno de los tabúes básicos de la Nación mexicana (la maldad intrínseca de la Conquista) y, como es menester estar en la procesión y repicando las campanas al tiempo, se esforzaba en distinguir entre colonización mala (la hispana) y buena (la romana de España, con lo cual demostraba saber poco de ésta, si nos limitamos a aplicar los criterios que se endosan al Nuevo Mundo), pero también discernía los caracteres no menos benéficos y maléficos de unos y otros conquistadores y pobladores, postura razonable, matizando siempre y cuidándose mucho al extraer conclusiones generales.

Pero en vez de introducir matices, Fuentes se limitaba a tomar como plantilla básica la versión anglosajona de la historia de España y América —generosa y desinteresada, como es sabido— y seguía a Leopoldo Zea que, a su vez, repetía las ideas de Américo Castro sobre al-Andalus, de donde procedería el soplo vivificador y salutífero de la presencia española en las Indias. Es decir, Fuentes metía con calzador un elemento relativamente novedoso —por insostenible que sea— para el gran público a quien dirigía su obra: el factor islámico (espiritual, deletéreo, inmanente, en conflictiva existencia con el malo, el español, el católico) como determinante de cuanto de bueno hubo en la conquista y poblamiento del continente por los castellanos (et alii). Luego terminaba enlazando con la II República, representante del «espíritu abierto», completando el batiburrillo de transmisión de bondades intangibles, de unas generaciones a otras, con el hilo conductor de la tolerancia islámica, contrapunto de la Inquisición —que, de hecho, actuó poco en América y en asunto menores, como hemos mostrado y demostrado en otras páginas—, de los inmisericordes encomenderos y de la «sífilis del virrey», que decía Neruda, alusión al mal francés que nunca he conseguido entender.

En modo alguno creo que Carlos Fuentes sea antiespañol —desde luego no al estilo de un conchero o una gringa que ha descubierto el salvífico poder del sol en Teotihuacán—, pero la cadena de fábulas y absurdos históricos de que se hace eco nos sumen en la perplejidad: se cree —o así lo manifiesta— historietas como la de Florinda la Cava, el llanto de Boabdil, los 25 millones de habitantes del Anáhuac prehispánico (¿dónde se metían, qué comían?), el carácter siniestro de Felipe II (otro que toma en serio a Gautier y Amicis) ya avanzado en Terra Nostra, altavoz acrítico de la versión anglosajona de la historia de nuestro país —y que siguen repitiendo sin pudor— basada en el odio por el enfrentamiento de siglos devenido en desprecio (vean la prensa inglesa a la más mínima ocasión) por la derrota final de España. Todo se lo cree, todo da por bueno: desde que en los virreinatos hispanos no trabajaba nadie hasta que allá no había movimiento cultural, científico ni técnico de ninguna clase, como si nunca hubieran existido la primera imprenta del continente (México, 1536), los primeros Colegios-Universidades (Sto. Domingo, México, 1538), la Escuela de Minería de México (1792) donde se desempeñaron Fausto de Elhúyar, descubridor del tungsteno y Andrés del Río, descubridor del vanadio; la Grandeza Mexicana de Bernardo de Valbuena (1604) fue, pues, el arrebato onírico de un falsario; los periódicos también (Mercurio volante, Gaceta de Lima, Gaceta de México, Gaceta de Guatemala, Mercurio Peruano, Diario de Lima, etcétera) . Nada de eso existió, o sólo es achacable al «espíritu y la tolerancia islámica». Si acaso es obra de un alma escindida, esquizofrénica, en que lo bueno se debe al factor «islámico» —¿dónde está, Dios mío, dónde está en nosotros?— y lo malo al «cruzado español» —dice Leopoldo Zea— , responsable de las barbaridades perpetradas en las Indias, en tanto el componente de «tolerancia islámica» es autor del mestizaje, aunque el mismo Zea, en contradicción flagrante consigo mismo, asegura (1993) que los españoles «lo que no consiguieron aprender, de su obligado contacto con la cultura de sus conquistadores los moros fue la tolerancia». Elucubraciones no poco cómicas y sí muy arbitrarias, pues significa que cuando hacían buenas cosas (por ejemplo, el salvamento de lenguas indígenas) salía el alma mora y cuando quemaban los pies a Cuauhtemoc aparecía el hirsuto matarife castellano, codicioso e inculto (lo que no era Cortés).

Don Américo Castro (otro Las Casas, mutatis mutandis) cabalga de nuevo, encantado de haber causado tanto destrozo, porque fueron sus puntos de vista los que compraron (nunca mejor empleado el verbo) y prevalecieron en las universidades yanquis, por ser más acordes con la imagen de España que ya existía en el mundo anglosajón (vagancia, oscurantismo, incompetencia: hace unos días un alto funcionario norteamericano de la OCDE ha vuelto a las mismas) y —reconozcámoslo y que lo reconozcan nuestros hermanos de América— son éstas las ideas rectoras y directoras en exclusiva en los centros de estudio y pensamiento de Iberoamérica, en buena medida por culpa nuestra, siempre descuidados y desdeñosos (en el fondo es así) con cuanto por allá ocurre, felices de haber dejado un vacío que los rivales de hoy, enemigos de antaño, acudieron a llenar. Pero ahora con el añadido de las pretensiones islamizantes: ya no es sólo Carlos Fuentes, en 1992, con su libro oportunista bajo el brazo, también hay misioneros musulmanes por todo el continente, que no se conforman con extender su fe, también quieren cambiar la historia, con el concurso de historiadores vivos o muertos. La cosa no va de broma. Volveremos sobre ello.

Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

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