Boadella, el ‘controvertido’

Agradezco a EL MUNDO la oportunidad de explicar lo ocurrido con la prohibición en el Parlamento Europeo de la exposición El constitucionalismo en el horizonte europeo y la representación del monólogo El sermón del bufón, de Albert Boadella. Desde que tuve el honor de ocupar un escaño en la Eurocámara me impuse como tarea que en dicha institución se oyera la voz de los catalanes no independentistas, máxime desde el instante en que constaté lo que ya sospechaba: que esa voz era una gran desconocida.

Ni los diputados catalanes del PPC ni del PSC habían estado muy por la labor. Y ni siquiera el arranque del procés les despertó de su letargo, indiferencia o simple burocratismo. Así, y perseverando en mi objetivo de que el constitucionalismo catalán retumbara en Europa, se me ocurrió tributar un homenaje a Albert Boadella en su doble condición de dramaturgo de acendrado prestigio en el continente y activista en pro de la libertad, creyendo sinceramente que iba a ser coser y cantar.

Con ánimo de contextualizar la representación, que iba a tener lugar en la única sala adecuada para tal evento, la Yehudi Menuhin, creí oportuno celebrar, en paralelo, una exposición de fotografías de algunos de los hitos de la historia reciente de Cataluña, en el arduo camino por la defensa del europeísmo y el Estado de Derecho. Como han podido ver en este mismo periódico, hablamos de imágenes incardinadas en la memoria icónica de un tiempo, de un país, si tal cosa existe: el retorno de Tarradellas, los Juegos Olímpicos de Barcelona, el asesinato de Ernest Lluch… Nada, por supuesto, que pudiera ofender ni inflamar a mis compañeros de la Eurocámara. Antes, al contrario, se trataba de hacerles partícipes de un segmento de la realidad bastante desconocido más allá de nuestras fronteras. Pues bien, no ha podido ser.

Quiero ante todo dejar bien claro que no se trata de una prohibición del Parlamento, ni de nada que pueda suponer una posición contraria por parte de unas instituciones europeas que han sido modélicas en su firmeza ante el golpe de Estado posmoderno que fue el 1-0. Cuando surgen controversias como la que nos ocupa, corremos el riesgo de cargar las tintas donde no debemos y, como se dice vulgarmente, echar el agua del barreño con el niño dentro. Y este niño tan preciado es nuestro proyecto europeo.

No. Esta prohibición ha venido de la mano del cuerpo de cuestores del Parlamento, la comisión que evalúa la idoneidad de esta clase de iniciativas. Sus cinco integrantes, ante la posibilidad de herir susceptibilidades, han optado por la censura sin consultar siquiera. Que la solicitud de autorización para mi proyecto coincidiera con la de los secesionistas de llevar al Parlamento las fotografías de Santiago Sierra de los políticos fugados ha sido clave (la noticia se publicó a finales de mayo en varios diarios españoles; eso sí, difundida por la Agencia Catalana de Noticias, que, obviamente, ponía el acento en lo que le convenía). Me costó aceptar que los cuestores situaran en pie de igualdad a quienes defendemos la legalidad y a quienes propugnan quebrantarla, pero no me quedó otra que ir haciéndome a la idea. Ahora bien, la negativa a que se representase El sermón del bufón, al que los cuestores califican de «controvertido», rebasa los límites de lo estrictamente tolerable. Y a eso voy.

Que unos cuestores que en su vida han oído hablar de Boadella le tilden de «controvertido» es cuando menos sospechoso. No quiero magnificar la labor de zapa, tan real por otro lado, de los independentistas en el Parlamento, especialmente en mi grupo parlamentario, Alde, donde han sido los únicos españoles (¡ellos!) durante lustros. Su influencia en verdad no da para tanto. Lo que sí cabe poner de manifiesto es la desidia de los distintos Gobiernos de España a la hora de oponer discursos, y la profunda irresponsabilidad de la izquierda española en general, empezando por los socialistas, que durante años no han tenido empacho en asimilar a la derecha (y por consiguiente a algunos Gobiernos de España) con el franquismo o el fascismo.

Cada vez que, en una campaña electoral, el PSOE vincula a sus adversarios con Franco se muere un hada en el valle de las Flores, pero también es un clavo en el ataúd de nuestra reputación internacional como país moderno y democrático. Yo, durante el tiempo que llevo en el Parlamento, nunca he visto a los izquierdistas alemanes referirse a sus conservadores o a su más conocida representante, Angela Merkel, como «hitleriana». En este sentido, la inmoralidad de nuestra izquierda es proverbial.

Europa ya arrastra sin nuestra ayuda una serie de prejuicios que se han puesto de relieve de manera sangrante durante la tocata y fuga de Puigdemont. Y creo firmemente que desmontarlos es mi obligación, y la tarea que pienso seguiré llevando a cabo, de forma sistemática, en Bruselas. Un gran paso adelante, en este sentido, fue la conferencia La leyenda negra española: cinco siglos de fake news, que celebramos el martes como parte del programa del foro Euromind, y en la que intervinieron Elvira Roca Barea, Pedro Insua y el genetista belga Marteen Larmuseau. Las rigorosas pruebas documentales de nuestros historiadores, más los estudios genéticos del belga demostraron que no hay traza en la herencia genética flamenca de los españoles, seguramente porque esos Tercios de violadores y asesinos estaban formados en gran parte por… ¡flamencos! En este acto estuvimos unidos en defensa de la verdad españoles y belgas: ¡sí se puede! En eso consiste el liberalismo post ideológico: en una política basada en la evidencia y la mirada puesta en el progreso y bienestar de los ciudadanos. Sin anteojos deformantes.

Los españoles debemos dejar atrás la política sectaria y guerracivilista, porque esto nos ha hecho mucho daño dentro y fuera de España. Y los mensajes que está enviando el nuevo Gobierno socialista de Pedro Sánchez son todo menos progresistas y modernos. Acercamiento de presos, reforma de la Constitución para dar más competencias a autonomías que ya disfrutan de un nivel de autogobierno sin parangón en Europa…

En cuanto a los independentistas, es seguro que van a vender el veto a Boadella como un fracaso. Pobres. Ignoran que lo importante no es perder una batalla, sino seguir empeñados en una guerra muy seria: la que libramos contra los populismos y los movimientos secesionistas. Y la vamos a ganar. Pero para ello debemos salir al mundo sin complejos.

Teresa Giménez Barbat es eurodiputada del Grupo Alde.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *