Bodrios confederales

Por Manuel Lloris, doctor en Filosofía y Letras (EL PAIS, 23/07/05):

Ni la España menéndezpelayista ni la del victimismo crónico. España federal, sí; pero la del borrador que se trae entre manos el tripartito es más bien confederal. El de CiU es independentista si se tiene en cuenta que, según Mas, servirá sólo para una generación.

Como el tira y afloja persiste, es posible que cuando salga este artículo, el nacionalismo de unos y de otros se haya avenido a aceptar recortes. En su redacción original ambos serían tumbados por el Congreso con harta razón. Pero el hecho ya está consumado, quiero decir que ya sabemos qué España desea Maragall. Que tenga que resignarse a un botín menor no cambia para nada el espíritu de la cosa. Máxime, cuando también se nos advierte de la provisionalidad de la nueva situación. De CiU nada nos sorprende. Sabemos, porque se les ha deslizado más de una vez, que la unión con España les resulta una cruz de la que hay que desprenderse cuando los daños colaterales no constituyan un riesgo excesivo. La retórica de Maragall, en cambio, hoy me resulta tan “huera, chirle y ebene” como los versos del poeta satirizado por Quevedo.

Estrújense los sesos para llegar a una fórmula de financiación autonómica aceptable. Aunque CiU pide el concierto vasco-navarro y llegados a eso hay poco que discutir. Pero los políticos catalanes nos hacen números que los más no entienden; aunque sí entendemos la conclusión: sufren un expolio de no te menees, la solidaridad tiene un límite y ya está bien de alimentar a gente que se pasa el día tumbada a la sombra y trasegando vinitos en el bar. Falso y mostrenco argumento que resulta obscenamente insultante en boca de un político que se dice de izquierdas: Maragall.

Dándole el visto bueno a la teoría del expolio, a Zapatero pueden no valerle sus buenas intenciones ni sus buenas obras. En este punto, Rajoy no tendrá que inventar, que es lo suyo. El pueblo piensa que lejos de ser expoliada, Cataluña sale ganando. Quiero ser más concreto y echo una ojeada al etiquetaje de algunos productos catalanes que tengo a mano: Libros, medicamentos, vino, colonia, perfume, enjuagues bucales, pasta dentrífica, jabón, tranquilizantes, pomadas, alimentación infantil, máquina de escribir, insecticida, filtros, agua mineral, tapones de cera, un coche familiar, electrodomésticos… En fin, no haré todo el balance. Eso sin hablar de los bienes inmateriales derivados del mercado español. Entre ellos, los capitales andaluces que, en lugar de ser invertidos en Andalucía, se fugan a Cataluña. Si Maragall fuera Ernest Lluch, otra tonada sería y, de hecho, lo fue. Pero Lluch era un buen economista, tenía talento y estaba muy bien informado. Muy catalán, también era español, un español con sentido de Estado. Peligroso.

Pero ahí está Pujol en la brecha, como otro que todos nos sabemos. Ahí queda su advertencia: El Estatuto valenciano es de mínimos porque así lo han querido PSOE y PP, con el fin de imponerles el mismo rasero al resto de las autonomías. ¿No se ha enterado este señor de que quede como quede el Estatuto catalán en su redacción definitiva será reclamado por el resto de las autonomías, sean de los populares, sean de los socialistas? Claro que Rajoy puede plantarse, imponer la disciplina de partido y haciendo un frente común con sus autonomías, lanzar una ofensiva contra el antiespañolismo socialista. Por su parte, Pujol y su obediente discípulo Artur Mas son puro anacronismo. Hablan del peligro de que se diluya la conciencia de país, sobre todo ahora, cuando la inmigración “puede afectar a nuestra coherencia y a nuestra identidad”. Cierto; y además pueden poner una bomba en el Metro, no te fastidia este nacionalismo pequeño burgués. Marx y Engels ya veían claro el peligro de tal retórica, aunque por razones tácticas apoyaran alguna vez su odiado nacionalismo. Engels incluso escribió contra los escoceses rebeldes, por temor a que la conciencia de clase quedara absorbida por la de patria o nación; cosa que terminó ocurriendo. ¿Ha sido el nacionalismo la ruina del marxismo? ¿Al menos en parte?

Esta historia del Estatut tiene trazas de acabar mal tal vez para unos y para otros. ¿Puede CiU darle finalmente el visto bueno a un texto que sea aceptado por nacionalistas españoles como Guerra, Bono y Rodríguez Ibarra? Pues de ser así, para ese viaje no se necesitaban alforjas. Hoy por hoy, el Estatut del PSC les parece inaceptablemente modesto. ¿Quién quiere realmente el Estatut? El pueblo catalán no lo pide, como tampoco el valenciano está interesado en el Estatut de Camps y Pla. Incluso la prensa catalana ha detectado señales de cansancio. El Estatut del tripartito lo desea ardientemente Maragall, para encubrir, no sé ante quiénes (si es cierto que Carod se encuentra muy bien como está y no quiere riesgos, como apunta Jordi Barbeta en La Vanguardia) la mediocridad de su gobierno. Y así Maragall se escuda en la promesa de Zapatero, quien, por cierto, puso dos condiciones explícitas: consenso amplio y respeto a la Constitución. Recordemos que un Estatuto siempre es un texto subordinado a aquélla, con lo que se desautoriza el federalismo dual, o sea, de naturaleza confederal.

Simpatía cero. Nada más irritante y desolador que las lecturas de las primeras redacciones del Estatuto, la de CiU y la del PSC. Que se hayan modificado a la baja no es un cambio de intención y de deseo, sino de necesidad. Recordemos algunos puntos.

Financiación tendente al cupo vasco-navarro, basándose en el xenófobo y “puerco y descomunal abuso2 de una historia más histórica que otras. Administración única e independencia fiscal (Expulsión del Estado del territorio autonómico). Control total de puertos y aeropuertos (claro que Narbona se ha negado a tal inmenso disparate). Última instancia judicial (la doctrina la imparto yo, fuera el Tribunal Supremo). Agencia Tributaria no consorciada ni gaitas. Competencias íntegras y excluyentes (confederalismo). Ampliación de competencias (habría que inventarlas, pues apenas quedan). Bilateralidad (en vista de lo anterior y de lo que ya tienen, no sabemos para qué). Un largo etcétera. Federalismo, sí. Anacrónicos bodrios confederales, no.