Bolaños contra el Conde Duque

En efecto, fue en el año 23 cuando se acuñó la doctrina de que el gobernante podía hacer "de la necesidad virtud" o más exactamente "de la necesidad salud". Pero no me refiero al 2023 sino al 1623.

Aunque Sánchez no lo supiera, el copyright del argumento con que justificó la Ley de Amnistía ante el Comité Federal del PSOE corresponde al jurista y regidor del Ayuntamiento de Toledo Jerónimo de Ceballos, quien en su Arte Real sostenía que el recién entronizado Felipe IV "tenía derecho a exigir impuestos para subvenir a las necesidades públicas, aunque se opusieran las Cortes", siempre que invocara "la salud de todo el pueblo como suprema ley".

Ceballos escribía al dictado de don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, nuevo valido del Rey, con quien superficialmente viene equiparándose estos días a Félix Bolaños. "Esta útil doctrina de la necesidad a la que recurrirá con más frecuencia el régimen tenía unas consecuencias muy importantes", escribe John Elliott en su magna biografía de Olivares. "Si la necesidad urgía, el poder del Monarca era superior al de las leyes".

Bolaños contra el Conde Duque
Javier Muñoz

En esta especie de regresión de cuatrocientos años, hoy igual que entonces, quien abastece su necesidad invoca como coartada "la salud del pueblo", presentada en este caso como "reencuentro" y "estabilidad" en las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Lástima que, como ocurrió en el debate de investidura, los "reencontrados" abominen de este concepto y puedan obligar a Sánchez a desdecirse de su exaltación del "diálogo" para tener que morder el polvo de la "negociación" de máximos con verificación internacional.

El resultado es que, como escribía ayer mismo en EL ESPAÑOL el profesor Gómez-Ferrer, en plena exaltación del éxito de la investidura "vivimos uno de esos momentos en los que la ceguera de la victoria no permite atisbar la injusticia de su senda".

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La equiparación del nominalmente triministro Bolaños con Olivares tiene una base objetiva. Yo mismo la hice cuando, nada más conocerse la remodelación del Gobierno, dije que su estatus le convertía en el verdadero vicepresidente único, y era más propio de un valido o un Secretario Universal de Despacho en la Monarquía de los Austrias que del miembro de un órgano colegiado con competencias acotadas.

Además, hay que decir que la fusión de sus tres carteras en una no es sólo fruto de una recompensa, en forma de superposición de honores, propia del reinicio triunfal del reinado de Pedro el Grande, sino que obedece a una acumulación real de funciones.

Porque ha sido Bolaños quien, como ministro de la Presidencia ha coordinado las arduas negociaciones para la investidura, incluida la ley de Amnistía, redactada poco menos que de su puño y letra.

Porque será Bolaños quien, como ministro de Justicia, tendrá que vigilar que los tribunales la apliquen sin vericuetos ni dilaciones, mientras fuerza la renovación del Poder Judicial por las buenas o por las malas.

Y porque será Bolaños quien, como ministro de Relaciones con las Cortes, deberá garantizar que los pactos se cumplan en la extensión e intensidad precisas para mantener la heterogénea mayoría que, en medio de apuros perfectamente predecibles, deberá sostener al Gobierno.

Aun habría que atribuirle una cuarta función tan subterránea y oscura como viene siendo hasta ahora la tarea de los verificadores internacionales que, según ha revelado el senador Josep Lluis Cleríes, ya intervinieron en la negociación entre Junts y el PSOE. Será Bolaños quien tenga que cohonestar ese anómalo e infamante control desde el extranjero con la apariencia de ejercicio pleno de la soberanía nacional que habrán de conservar nuestras instituciones.

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Es innegable que la confluencia en una sola persona de la interlocución con los tres poderes clásicos del Estado -Ejecutivo, Judicial, Legislativo- y este extravagante adosado que es el poder verificativo no es en sí misma una práctica sana.

Más bien supone un peligroso avance hacia la transformación de un Estado basado en la separación de poderes en un Estado basado en la "gleichschaltung" o coordinación de poderes. Un nefasto mecanismo mediante el que la República de Weimar derivó en un régimen primero totalizador y luego totalitario.

Esa coordinación, o más bien sincronización, fue invocada por Alfonso Guerra cuando en 1985 decretó la muerte de Montesquieu y aprovechó la mayoría absoluta del PSOE para cambiar la Ley Orgánica del Poder Judicial e imponer que todos los vocales del CGPJ fueran elegidos por el Parlamento. Recordemos su burda coartada: el hecho de que la Constitución dijera que ocho debían ser elegidos por las Cámaras no era óbice para que los doce restantes también lo fueran.

Fue una estratagema muy similar a la que ahora utilizarán Conde-Pumpido, la excolaboradora directa de Bolaños y los otros cuatro magistrados "progresistas" del TC que quedan, tras la inevitable abstención de Juan Carlos Campo, cuando avalen la Ley de Amnistía. Su sentencia -ya subsumida en la exposición de motivos de la ley- dirá que, sea cual sea su espíritu, sea cual sea la voluntad de los constituyentes, la Constitución permite lo que no prohíbe de forma expresa.

Detalle del cuadro 'La recuperación de Bahía de Todos los Santos', de Juan Bautista Maíno (1634-1635).
Detalle del cuadro 'La recuperación de Bahía de Todos los Santos', de Juan Bautista Maíno (1634-1635).

Es alentador ver al ex vicepresidente defendiendo ahora los valores genuinos de la Transición. Pero si lo hubiera hecho hace 38 años, no habría sembrado los barros de los que proceden estos lodos que terminarán convirtiéndose en ciénaga, si la receta para resolver el bloqueo actual es una rebaja de las mayorías necesarias para elegir a los miembros del Poder Judicial.

Estará en manos de Bolaños activar tal resorte o no, pues no en vano Sánchez le ha convertido -por utilizar la definición que el memorialista inglés Anthony Sherley hizo de Olivares- en "el solo maestro que guía todas las ruedas deste gran relox".

Continuando con las imágenes e iconografía de la época, pronto tocará representar a Bolaños como el Atlas que sostiene impasible sobre sus hombros el peso del globo terráqueo, tal y como aparecía Olivares en la portada del poema heroico "El Fernando".

O como el fiel guardián, espada en ristre -debe ser la que acaban de arrebatar a la diosa Justicia-, que protege a su Rey en el famoso cuadro La recuperación de Bahía de Todos los Santos, de Juan Bautista Maino. Con la doble peculiaridad de que también Bolaños, y no la guerrera Minerva, es quien ha investido al monarca con la corona de laurel de la victoria; y de que también Bolaños, y no el general don Fadrique de Toledo, es quien muestra el cuadro a los grupos parlamentarios y la opinión pública.

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Pero esta analogía en el desempeño multitasking, sólo superada por Groucho Marx cuando interpretaba todos los papeles de una misma película, se quiebra por completo si nos fijamos en las personalidades de Olivares y Bolaños.

El Conde Duque, siempre aferrado a su alcurnia y linaje, era áspero, quejumbroso, teatral, pagado de sí mismo, despótico, ciclotímico y autocompasivo. Bolaños, el repartidor de pizzas y árbitro de futbol de La Latina que ayudaba a los inmigrantes e hizo carrera como letrado del Banco de España, es un hombre dialogante, sereno, cordial, empático, sencillo, contenido y más dispuesto a burlarse de sí mismo que a darse lástima. Sólo les une su inmensa capacidad de trabajo.

En todo caso lo que convierte ese, como digo, superficial paralelismo plutarquiano en abierta antinomia no son sus personalidades opuestas -meros apuntes en la psicología del ejercicio del poder-, sino sus recetas antagónicas a la hora de afrontar la cuestión de Cataluña.

La fijación indepe por el mito de 1714 que ahora ha infectado al PSOE como una pueril escarlatina soslaya que la bronca venía de antes. Cuando en 1632 los regidores de Barcelona soliviantaron a la ciudad invocando su derecho a permanecer cubiertos en presencia de la realeza, Olivares escribió: "Esa gente de allí es dura y terrible porque el Gobierno dista tan poco de república que no sé si dista algo".

La perspectiva de Olivares respecto a Cataluña era, como resume Elliott, la de que la modernización del reino implicaba que "había que sustituir separación por unidad". Ese era el sentido de su Unión de Armas, a la que todos los territorios de la Corona debían contribuir con soldados y dinero.

Olivares no ocultaba su percepción de la negativa catalana a participar en ese empeño común como una rémora anticuada e infantil: "¡Malditas sean las naciones y malditos los hombres nacionales! Yo no soy nacional que es cosa de muchachos". A veces Olivares lo escribía con zeta en una pirueta premonitoria del destino: "No me apasiono nazionalmente, teniendo esto por vanidad insustancial".

Pero esa clarividencia llevaba aparejada la frustración masoquista de quien carecía de resortes para otra cosa que no fuera gestionar la decadencia de la España imperial. Elliott lo explica bien: "Si, como era inevitable que ocurriera, cuanto más fuerte gritaba él, más remolones se hacían los catalanes, la situación se convertía casi en fuente de una perversa satisfacción, por cuanto venía a confirmar lo que él había estado diciendo siempre, que el gobierno efectivo se veía irremisiblemente coartado por unas leyes y libertades que, a su juicio, no eran sino reliquias del pasado".

Dentro de su rivalidad con su perpetua pareja de baile -eso sí que fueron vidas paralelas-, Olivares admiraba y envidiaba la capacidad de obrar del cardenal Richelieu. Cuando en 1632 el duque de Montmorency sublevó al Languedoc, incluida la Cataluña francesa, contra la autoridad real, siguió los acontecimientos en vilo. Tras la derrota y captura del líder insurrecto, Olivares escribió a uno de sus confidentes que no creía que Richelieu fuera capaz de matar a Montmorency, por temor a un levantamiento de los demás príncipes de Francia. Dos semanas después de expresar "este juicio tan seguro", Montmorency era decapitado en el patio del ayuntamiento de Toulouse.

Ocho años más tarde, la impotencia de Olivares alcanzó su cénit cuando la falta de soldados sobre el terreno le impidió tanto proteger como vengar al virrey Santa Coloma, asesinado en el "Corpus de Sangre" de Barcelona durante la revuelta de Els Segadors. "No sé cómo no me he caído muerto con el suceso de Cataluña", escribió flagelándose el Conde Duque.

Ni siquiera fue capaz de aplicar algo equivalente a nuestro artículo 155. El fracaso al intentar recuperar la ciudad, cuando en 1641 Cataluña ya se había convertido en un protectorado francés, y la simultánea rebelión de Portugal, precipitaron la caída de Olivares.

Cuatro de sus más genuinos lamentos pueden servirle, encadenados, como epitafio político: "Nosotros pretendimos hacer milagros y reducir al mundo a lo que él no tiene de suyo.... Yo no puedo hacer las piedras pan… Es mejor morir tentando el remedio que dejarse ir al fondo sin hacer nada… Es así que nos vamos acabando, pero en otras manos hubiéramos acabado más presto".

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Frente a esta crónica de la frustración, que tanto reverberaría tres siglos después en las opiniones y experiencias de Ortega o Azaña y que muy bien podría haber hecho suya Rajoy, surge la enmienda a la totalidad que en nuestros días plantean Sánchez y Bolaños. Una enmienda a la totalidad que en la práctica convierte a Olivares en su némesis retrospectiva.

Parece cosa de taumaturgia porque la "virtud" que, según ellos, emanará de la "necesidad" de la compra de la investidura mediante la amnistía, será la aceptación por las buenas de esa unidad constitucional de España contra la que los separatistas catalanes se rebelaron siempre por las malas.

Desde luego que si consiguieran ese milagro sus artífices subirían a los altares como San Pedro el Magno y San Félix confesor. El problema es que la hoja de ruta ya presentada no da ningún motivo para la confianza. Todo lo contrario.

Porque la amnistía supone desarmar al Estado de derecho y conceder la impunidad a los golpistas de 2017 a cambio de nada que no sea la precaria perpetuación de Sánchez.

Porque en el debate de investidura la portavoz de Junts dejó claro que son ellos los que tienen el poder de obligar a Sánchez a asumir hasta su retórica.

Porque las negociaciones en el extranjero con verificador internacional, amén de humillantes, son gravemente peligrosas en la medida que incluyen dos asuntos -el referéndum de autodeterminación y la soberanía fiscal- que atentan contra la existencia de España y la igualdad entre españoles.

Porque cualquier acuerdo intermedio en uno y otro punto, al que inexorablemente parecemos abocados si Sánchez pretende agotar la legislatura, supondrá colocar el campamento base del separatismo mucho más cerca de la cima del Everest de la independencia.

Y porque, remedando las palabras de Olivares, este es un planteamiento que nos lleva a que la única forma de que Cataluña permanezca en el seno de la Monarquía constitucional sea que "diste tan poco de ser una República independiente que no sepamos distinguir si dista algo". Es decir, que recorramos el camino de la mutación constitucional, haciéndonos los tontos para que no se nos note la abdicación de los valores de la Transición en la cara.

Bolaños debe ser consciente de que el riesgo de que en estas "otras manos" -es decir en las de su jefe y en las suyas- "acabemos más presto" es real y evidente para el conjunto de los españoles. Por eso un 70% rechaza la amnistía y un 80% el referéndum.

Y debe ser consciente de que, en cambio, la vía reformista del Estado Autonómico abierta por los constituyentes del 78 y aplicada hasta ahora por los gobiernos del PSOE y el PP es depositaria de aquel empeño modernizador de Olivares, plasmado posteriormente en los decretos de Nueva Planta que tanta prosperidad proporcionaron al conjunto de España y notablemente a Cataluña, de la Constitución de 1812, del liberalismo catalán que hizo de Espartero su santo y seña durante gran parte del XIX, del boom industrial de la "Cataluña gran" del siglo XX y -paréntesis dictatorial mediante- de la apoteosis de los Juegos de Barcelona del 92.

Pero, claro, ese es otro relato. Un relato mucho más ajustado a la realidad histórica que Bolaños parece haber olvidado en los Antecedentes de sus pactos con Junts y con Esquerra y en la Exposición de Motivos de la Ley de Amnistía. Tres documentos con su impronta que cambiarán el destino del PSOE para siempre. ¿Y el nuestro?

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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