Bolivia, nuevo horizonte

Por Felipe González, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 13/01/06):

El triunfo de Evo Morales, más rotundo que las previsiones que circulaban, ha provocado una oleada de reacciones, en algunos casos impertinentes y en otros más serenas, en torno a las implicaciones nacionales y regionales de este cambio histórico. Se han destacado rasgos aparentemente comunes con otros procesos y se habla de oleada hacia la izquierda, sin definir claramente qué se quiere decir, salvo por las características del énfasis en lo social y la posición de rechazo a los sistemas vigentes, con el acompañamiento de posiciones críticas hacia la Administración de Estados Unidos que acompañan a las declaraciones de los líderes emergentes.

Sin embargo, no hay ingredientes suficientes que permitan definir esta corriente como un modelo alternativo al dominante en las dos últimas décadas y las diferencias entre los distintos actores son significativas. La aspiración a un crecimiento con empleo y una redistribución más equitativa del ingreso que reduzca la pobreza, así como la búsqueda de sistemas democráticos más eficientes e incluyentes podrían ser los elementos para una nueva estrategia nacional y regional que evite el fracaso de estas experiencias. En todo caso, los cambios ponen de manifiesto el agotamiento de las políticas nacidas de la crisis de la deuda de los años ochenta y de los requerimientos del llamado “Consenso de Washington”. Probablemente están llamando la atención sobre las deficiencias de los sistemas políticos de las recuperadas democracias y reclamando una mejora sustancial de la calidad de la democracia.

En Bolivia como país se dan todos los factores de crisis juntos: pobreza extrema sobre una considerable riqueza de recursos; población indígena marginada en gran parte del proceso histórico; tensiones territoriales y voluntad de cambios constitucionales que mejoren la eficiencia del sistema. Después de unos años de estabilización democrática que parecía empezar a superar el largo ciclo de interrupciones golpistas, de nuevo en los últimos años han aparecido los síntomas de la inestabilidad, aunque se han evitado las irrupciones militares.

Evo Morales se ha convertido, por los votos libres de los bolivianos, en el actor principal, aunque no único, del cambio posible y necesario. Más allá del incomprensible comportamiento de los responsables mediáticos y de los actores políticos de la derecha en nuestro país, tenemos la obligación de atender a los requerimientos expresados por el presidente electo y esforzarnos en que tenga éxito en su complicada tarea. Es una oportunidad no exenta de riesgos en la que podemos aportar experiencia y colaboración desde un diálogo franco para maximizar las posibilidades de Bolivia en el nuevo horizonte.

El origen aymará del dirigente transmite una señal inequívoca de democracia incluyente que ofrecerá la oportunidad de integrar a toda la ciudadanía boliviana. Al mismo tiempo, su propia comunidad de origen será especialmente exigente con su desempeño por razones culturales y percepción de su prolongada marginalidad histórica.

En el panorama boliviano podemos destacar algunos factores claves para definir el futuro del país. El modelo constitucional que surja de la Asamblea que habrá de elegirse este año, es el primero. La distribución territorial del poder que permita mayor eficiencia en los servicios a los ciudadanos y mantenga la cohesión nacional, es el segundo. La utilización de los recursos naturales, como las energías no renovables o las reservas de minerales para el desarrollo del país, es el tercero. Y una política económica de crecimiento con empleo, desarrollo de infraestructuras básicas y vivienda, mejora de la educación y la salud, como punto cuarto y culminante de las preocupaciones de Evo Morales.

Son desafíos básicos de mejora de la institucionalidad política y de reformas económicas pragmáticas que pueden llevar a Bolivia por la senda del desarrollo sostenible.

La Asamblea Constituyente tendrá que encarar la estructura territorial del poder, a pesar de los requerimientos para avanzar en este proceso, incluso antes de sus resultados definitivos. Pero también deberá definir los elementos de gobernabilidad de Bolivia para superar los traumas históricos de la inestabilidad política. Además de las partes clásicas de toda Constitución, probablemente el país está indicando, con su voto reciente, que desea un sistema de alternancias más sólidas y menos sometidas a las múltiples negociaciones a que están obligados, casi siempre, los candidatos presidenciales para obtener mayorías estables de gobierno y que los bolivianos aspiran a definir su derecho de pertenencia en base a una ciudadanía sin exclusiones, con la igualdad básica de derechos y obligaciones ante la ley.

La distribución territorial del poder puede ser un elemento de dinamización y modernización del país de gran trascendencia, además de ser una aspiración que se ha reflejado de manera evidente en los resultados electorales. La descentralización del poder es muy positiva, como hemos podido comprobar en nuestro propio país, pero hay que evitar confundirla con una centrifugación que impida el mantenimiento de la cohesión nacional. Una buena distribución competencial no es un proceso de suma cero, sino uno de tal naturaleza que las partes y el todo salgan fortalecidos y los ciudadanos en su conjunto beneficiados por la proximidad y eficiencia de las instituciones representativas.

Los recursos naturales no renovables, su explotación y utilización como una variable estratégica decisiva para el desarrollo socioeconómico sostenible en el tiempo, han sido motivo de disputa en casi todas las épocas. Actualmente la relevancia de los recursos energéticos disponibles ha ocupado el centro de atención de los ciudadanos y de sus representantes. La experiencia reciente muestra que los países productores de esta materia prima sustancial no han transformado su riqueza en desarrollo, salvo alguna excepción no relevante. Esto es así más allá de los modelos: control público o concesiones privadas, países con unas u otras culturas o ideologías en el poder, los beneficios obtenidos no han tenido un impacto consistente en la mejora de las condiciones económicas y sociales de la ciudadanía.Para Bolivia, cualquier planteamiento de despegue económico y social que acabe con la pobreza ancestral y cree los fundamentos de una economía con crecimiento sostenible, dependerá de un uso inteligente de esos recursos naturales. La capacidad de generar confianza para atraer el ahorro necesario en este proceso y las políticas de mejora de las infraestructuras físicas y del capital humano del país están en juego, constituyendo el mayor desafío en cuanto a las oportunidades. Como en la parábola de los talentos, sólo la sustitución de esa riqueza no renovable por otra que lo sea en el tiempo dará la guía del éxito.

Además, la riqueza energética puede ayudar a Bolivia a definir un papel relevante en la región, que en su conjunto tiene un potencial de desarrollo equiparable a las regiones emergentes más exitosas del mundo. El papel de la energía será decisivo en los procesos de integración regional.

Así, Bolivia, en esta coyuntura histórica, puede y debe conseguir llegar al bicentenario de su independencia como nación, con un sistema democrático incluyente y eficiente al servicio de los ciudadanos y con un nivel de desarrollo económico y social que supere un largo pasado de pobreza e inestabilidad. En la naturaleza de las cosas está la amenaza del fracaso en esta oportunidad histórica, pero la apuesta debe ser por el éxito de la empresa y, seguramente, un esfuerzo bien realizado para alcanzar un pacto nacional, un consenso básico, será un elemento vital para garantizarlo.