Bolivia, sobre un volcán

Por Frances de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 29/11/07):

El pasado fin de semana sucedieron en Bolivia acontecimientos inquietantes. Comencemos relatando una escalofriante escena, ilustrativa, nada anecdótica, que pudo contemplarse por televisión.

Un grupo de campesinos indígenas llamados “ponchos rojos”, apalearon y degollaron en plaza pública a dos perros famélicos como advertencia a quienes se oponen al Gobierno que preside Evo Morales. Los animales fueron primero amarrados por el cuello y luego colgados mediante sogas en un improvisado arco de madera, tras lo cual fueron brutalmente golpeados y, a continuación, lentamente sacrificados con crueldad. En medio de los patéticos aullidos de dolor proferidos por los perros, los enardecidos verdugos, ante una entusiasmada multitud, lanzaban esta amenazante consigna: “Así van a sufrir los de la media luna”. ¿Quiénes son los de la “media luna”? Para comprender cuál es el significado de este término es preciso efectuar una pequeña explicación.

Bolivia está en estos momentos dividida y enfrentada por razones económicas, geográficas y étnicas que se superponen. Las antiguas zonas ricas en minerales situadas en la cordillera andina, al oeste del país, han entrado desde hace años en una profunda depresión económica. Allí la pobreza es enorme, en el campo y en las ciudades. Precisamente en estas zonas están ubicadas La Paz, capital efectiva, y Sucre, la pequeña capital histórica. Hasta ahora Bolivia ha sido un Estado centralista, con la administración concentrada en La Paz. También en estas regiones existe un neto predominio aimara, la etnia indígena más numerosa de Bolivia, a la que pertenece Evo Morales.

Por otro lado, en las extensas llanuras del este, especialmente en las antiguas regiones pobres fronterizas con Argentina y Brasil, se han producido en los últimos cuarenta años considerables transformaciones económicas debidas, principalmente, a que poseen un subsuelo rico en petróleo y gas. Santa Cruz ya desde hace años, y la pequeña zona de Tarija más recientemente, comienzan a ser zonas prósperas y con un futuro aún más prometedor si se les permite explotar sus riquezas naturales. Para ello se necesitan cuantiosas inversiones extranjeras que permitan exportar estas fuentes energéticas a los países de su entorno y, por vía marítima, incluso a Estados Unidos. Debido a su forma geográfica, esta parte de Bolivia es denominada la “media luna”.

Ante esta situación, la única solución razonable es el entendimiento entre ambas zonas: ello implica una redistribución territorial del poder político creando autonomías territoriales y una cooperación económica entre el oeste andino pobre y la “media luna” rica, que beneficie a ambos. Desde hace unos años se auspicia un proyecto conjunto en este sentido. Además, es preciso también resolver un viejo y hoy ridículo contencioso nacionalista con Chile – proveniente de una guerra que acabó hace 127 años- que permita una salida al mar de la producción de petróleo y, sobre todo, de gas.

El populismo indigenista que propugna Evo Morales hace inviable este planteamiento. Es totalmente cierto e imperdonable el abandono económico y social que han mostrado las clases prósperas bolivianas, y el Estado que hasta ahora han dominado, por los campesinos indígenas. La riqueza minera de la zona de los Andes se esfumó hacia el extranjero y no repercutió para nada en la vida diaria de estas clases sociales siempre pobres y marginadas. Los criollos se impusieron a los indígenas: es normal, pues, la desconfianza de estos en que las cosas vayan a cambiar. Sin embargo, ahora podía ser una ocasión dado el cambio constitucional liderado por Evo Morales, primer presidente de la historia de etnia indígena. Se podría llevar a cabo un gran paso adelante si Morales, en lugar de propugnar una política populista y una vuelta a las tradiciones que han mantenido a los indígenas en la indigencia y el atraso, intentara una vía de modernización política y económica en el sentido señalado, distribuyendo el poder político y cooperando en lo económico, creando y repartiendo riqueza.

Todo parece ir, sin embargo, en la dirección contraria. La Constitución que Morales propone – y que ha sido aprobada hace unos días en Sucre con la sola presencia de los diputados adictos, la mitad de la Cámara, encerrados en un recinto protegido por los militares- crea una dualidad de derechos para los bolivianos: unas normas jurídicas para los indígenas, basadas en sus antiguas tradiciones, y un derecho occidental para el resto. Obviamente, las normas tradicionales no se ajustan para nada a las de un Estado de derecho, sino que reflejan las viejas costumbres propias de las comunidades indígenas. Constituyen, en suma, el triunfo de las ideas multiculturalistas, aquellas que consideran que todas las culturas son igualmente valiosas para la libertad y la igualdad de las personas, sin tener en cuenta que estos valores sólo existen – con todas sus imperfecciones en su implantación práctica- en la cultura europea proveniente del humanismo y la Ilustración. Con ellas, los pobres seguirán siendo pobres y sometidos al poder.

Evo Morales es un antiguo líder del movimiento cocalero al que quizás, si no hubiera llegado al poder, le hubieran dado el premio Nobel de la Paz algunos teóricos occidentales posmodernos que, incomprensiblemente, han pasado del marxismo igualitario al multiculturalismo de la diversidad y de la discriminación. Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, principal ideólogo de Evo, estudió con ellos. Mientras, su país se halla sobre un volcán.