Bonos y vínculos de la diáspora

Los objetivos de la agenda de desarrollo post-2015 no pueden lograrse sin programas sólidos y una financiación adecuada. La asistencia oficial para el desarrollo asciende a aproximadamente $130 mil millones al año; si bien la inversión extranjera directa y los flujos entrantes de cartera pueden ayudar a las economías pobres, se deben encontrar fuentes adicionales de financiación para el desarrollo.

Un recurso poco explotado es la financiación diáspora – es decir, las remesas y los ahorros ganados por los ciudadanos de un país que trabajan en el extranjero y envían dineros a casa, a sus familias y amigos. El reto es canalizar estos ingresos con eficacia.

Hay más de 230 millones de migrantes internacionales en todo el mundo, que conforman una población que es mayor a la del quinto país más poblado del mundo, Brasil. El estimado de $2,6 millones de millones que ellos ganan anualmente supera el PIB del Reino Unido, la sexta economía más grande del mundo. Gran parte de este dinero es gravado y gastado en los países de acogida. Sin embargo, si se supone una tasa de ahorro del 20% (cerca de la media para los países en desarrollo), esto implica que el total anual del ahorro diáspora alcanzaría a más de $500 mil millones.

En el año 2013, los migrantes provenientes de los países en desarrollo enviaron a casa alrededor de $404 mil millones (excluyendo los vastos flujos no registrados que llegan por canales informales). India recibió $70 mil millones, más que el valor de sus exportaciones de servicios de tecnologías de la información. Las remesas a Egipto incluso superaron a los ingresos que percibe este país por el Canal de Suez. Y las ganancias de los expatriados representaron más de un tercio del ingreso nacional de Tayikistán.

Estos flujos de ingresos tienden a ser mayores en las economías pobres y pequeñas, y frecuentemente ofrecen la principal línea de vida a países débiles o afectados por conflictos. Las remesas también son las primeras en llegar en épocas de dificultades económicas y tras el advenimiento de desastres naturales. Tienden a ser más permanentes que los flujos de capital privado: las remesas disminuyeron apenas un 5% durante la reciente crisis financiera mundial y se recuperaron rápidamente a sus niveles previos a la crisis.

Una vez que el dinero llega a la patria de un expatriado, se le dan buen uso. Las remesas han reducido la pobreza en Bangladesh, Ghana y Nepal. Los niños de hogares que reciben remesas en El Salvador tienen una tasa de abandono escolar inferior; en Sri Lanka, los niños tienen mayor acceso a profesores particulares. Estos dineros financian atención de salud, vivienda y negocios. Los prestatarios de microfinanzas incluso pueden utilizar los recibos de remesas como evidencia para su historial crediticio.

Sin embargo, pese al valor obvio que tienen las remesas en el apoyo a los objetivos de desarrollo, se debe recordar que son fondos privados y no deberían ser considerados como sustitutos de la ayuda oficial. Han fracasado los intentos de los gobiernos en cuanto a destinar las remesas para usos “productivos” específicos, especialmente en países con entornos de inversión débiles. De igual forma, gravar las remesas puede perjudicar a los pobres de manera desproporcionada y conducir al flujo de dinero hacia canales informales y ocultos. Por el contrario, si se mejora el clima de inversión es probable que se aumente la proporción de remesas invertidas en negocios.

De hecho, se ha demostrado que la reducción de los altos costos de transferencia de dinero – en la actualidad un promedio de más de un 8% a nivel mundial – facilita las remesas y aumenta los ahorros de los migrantes. En la actualidad el G-20 está trabajando para reducir estos costos a un 5% en cinco años; se puede y se debe establecer el objetivo más agresivo para reducirlos a un 1%  hasta el año 2030.

La tecnología de banca móvil puede ayudar. También lo puede hacer una mayor competencia de mercado, dicha competencia ya ha reducido los cargos para los principales pasillos por los que fluyen las remesas, como por ejemplo aquellos que vinculan a los Emiratos Árabes Unidos con la India y las Filipinas, y a EE.UU. con México. En la actualidad, algunos bancos y empresas ofrecen servicios de remesas de costo cero para atraer clientes. Los gobiernos podrían también relajar las regulaciones para las transacciones de remesas pequeñas. Se deberían abolir las asociaciones exclusivas entre sistemas postales nacionales y empresas de transferencia de dinero.

Otra forma de utilizar mejor los ahorros diáspora sería crear nuevos instrumentos financieros “diáspora”. Un título valor de denominación baja (por ejemplo por $1.000), que pague una tasa de interés que se encuentre entre un 3 al 4%, podría ser atractivo para migrantes que trabajan en el exterior, ya que ellos al presente perciben tasas de interés mínimas sobre los depósitos que mantienen en bancos del país anfitrión. Un bono diáspora de cinco años plazo podría pagar una tasa de interés más baja que un bono soberano vendido a inversores institucionales extranjeros, ya que para los inversores diáspora la percepción del riesgo que representa invertir en sus países de origen es probablemente más baja. Estos bonos serían también más estables que los depósitos en moneda extranjera que realizan los no residentes en los países en desarrollo; además, al registrar estos bonos con las autoridades competentes en los principales países de acogida, se haría que sean razonablemente seguros.

Sin embargo, los bonos diáspora no serán instrumentos de desarrollo factibles si no están ligados a proyectos de desarrollo en lugares donde exista la suficiente confianza en el gobierno. Los bonos deberían estar disponibles para todos los inversores, no solamente para los ahorristas migrantes, y se los debería distribuir ampliamente y no se los debería mantener en los libros de unos pocos bancos inversores. De esta manera, se podrían movilizar grandes sumas de dinero para el desarrollo a tasas de interés bajas y estables, sin disminuir el incentivo de ahorro para los trabajadores en el exterior.

Mahmoud Mohieldin is Corporate Secretary and the President’s special envoy at the World Bank. Dilip Ratha is head of the World Bank Migration and Remittances Unit and Global Knowledge Partnership on Migration and Development. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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