Boris Johnson protagoniza el momento más estúpido de la política británica

El martes 3 de septiembre se celebró el 80 aniversario de la declaración de guerra de Gran Bretaña contra la Alemania nazi. La postura valiente de ese país contra Adolf Hitler todavía se recuerda, y con razón, como lo que el primer ministro Winston Churchill llamó “la hora más gloriosa” de Gran Bretaña. Ahora, ocho décadas después, está sumida en su hora más estúpida gracias —en gran parte— a su actual primer ministro conservador, Boris Johnson.

Aunque comparten el mismo título y partido político, Johnson no es Churchill. Pero este momento histórico no necesita a un Churchill. Requiere a alguien igual al Brexit: teatral, impredecible y que actúe sin pensar mucho. Y sin duda Johnson es ese hombre.

Para ser justos, no es culpa de Johnson que Gran Bretaña haya votado para salir de la Unión Europea (UE). La culpa —o crédito, si se prefiere— recae en otro predecesor de Johnson como primer ministro tory (es decir, conservador): David Cameron. Él fue quien decidió que la mejor manera de calmar el sentimiento antieuropeísta dentro de su partido era convocar a un referéndum sobre si Gran Bretaña debería abandonar la UE.

Su idea era que los beneficios que tiene estar en la UE son tan obvios —¡plomeros polacos!, ¡vacaciones baratas en España!, ¡el 30% de todos los alimentos que se consumen en Reino Unido!— que la opción de “permanecer en la UE” ganaría fácilmente. Y que los simpatizantes del Brexit aprenderían la lección y regresarían a cuidar sus colecciones de objetos de la época victoriana… ¡Ups!

Johnson, exalcalde de Londres, fue el rostro más conocido de la campaña por la salida de la UE. Pero incluso si nunca hubiera blandido un manojo de espárragos británicos contra las fuerzas de Europa, Gran Bretaña igual podría haber votado por irse. En los últimos años en todo el mundo occidental ha ido apareciendo en la política democrática una coalición que podríamos denominar “quémenlo todo”. Y mucho antes de que Johnson apareciera en la escena, ya los incendiarios locales de Gran Bretaña habían elegido al Parlamento Europeo como el centro de sus ambiciones pirómanas. Johnson definitivamente estaba jugando con fósforos, pero eso no significa que él encendió el fuego.

Sin embargo, sí se le puede culpar por haber apoyado el Brexit sin, al parecer, haber pensado mucho en los pequeños detalles técnicos como: “¿Qué haremos con la frontera irlandesa?”. No ha encontrado ninguna buena respuesta en estos años, pues está claro que eran esos detalles los que hacían imposible que el gobierno de Gran Bretaña presentara cualquier proyecto que tanto la UE como la mayoría del Parlamento británico pudieran aceptar. Johnson tampoco fue de gran ayuda durante los tres años en los que su predecesora inmediata, Theresa May, intentó infructuosamente llegar a algún tipo de acuerdo que pudiera lograr un voto mayoritario. Y ahora que ya está en el poder, está tratando de prescindir por completo del Parlamento y con ello, sin darse cuenta, está golpeando el Brexit.

Johnson le ha pedido a la reina Isabel II que suspenda las sesiones del Parlamento durante cinco semanas, lo cual en la práctica concluye el periodo parlamentario actual y vuelve extremadamente difícil para sus oponentes detener la salida sin acuerdo de Gran Bretaña de la UE, programada para entrar en efecto este 31 de octubre.

Y así, como para conmemorar el aniversario de “la hora más gloriosa” de Gran Bretaña, la Cámara de los Comunes se reunió el martes 3 para hacer un último esfuerzo y evitar que Johnson apresure una salida de Europa para la cual la nación no está preparada. Poco después de las 10 p. m. de Londres, votaron a favor de una moción para adelantar un proyecto de ley que podría bloquear la salida sin acuerdos.

No hay nada menos dramático que el trascendental tedio de los procedimientos parlamentarios: este tipo de batallas tiene todo el estilo, el entusiasmo y el atractivo de un fish and chips rancio. Pero sí tienen drama, de algún modo, porque recurrir a este tipo de tácticas en cuestiones importantes sólo indica que hay un colapso profundo en algún otro lugar del sistema político. Normalmente en asuntos de gran importancia, la gente encuentran maneras más razonables de hacer las cosas que encontrar el más mínimo vacío legal para escabullirse por ahí.

Pero claro, es difícil encontrar una solución razonable cuando tus votantes parecen decididos a obtener lo imposible. La mayoría de los británicos se oponen a un Brexit sin acuerdo, pero esas mismas encuestas también muestran que la mayoría se opone a un segundo referéndum sobre la salida de la UE. Y las encuestas anteriores señalaban que tampoco estaban conformes con la única alternativa real a esas dos opciones: el “Brexit suave” que May ya había negociado con la UE.

Tras la votación del miércoles 4, es probable ver aún más de estas maniobras técnicas, con Johnson amenazando con convocar a elecciones anticipadas, y el partido Laborista (el opositor) amenazando con bloquearlo. Todos buscan una escapatoria a lo que los votantes poco razonables les han dejado: están entre un número impreciso de años de indecisión económica y política corrosiva con la UE, o una separación inmediata que al menos será definitiva, pero también muy dolorosa para todos los involucrados.

Megan McArdle is a Washington Post columnist and the author of «The Up Side of Down: Why Failing Well Is the Key to Success.»

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