Borrachos de luz

Por Iván Jiménez Montalvo, Instituto de Astrofísica de Canarias (LA VANGUARDIA, 23/12/07):

El relato de Isaac Asimov Anochecer cuenta la historia de una civilización alumbrada por seis soles que no conoce la noche. Un día, una inusual conjunción cósmica oculta sus astros y aparece por primera vez la oscuridad, descubriendo un cielo llovido de estrellas y un universo mucho más grande de lo que creían hasta entonces. Ahora pongámonos en la situación contraria: ¿qué pasaría si perdemos el contacto con el firmamento y convertimos el universo en algo mucho más pequeño?

En nuestro mundo civilizado cada vez es más difícil observar el cielo. Incluso empieza a resultar un desconocido para las jóvenes generaciones. Es un proceso acelerado que afecta a dos tercios de la población mundial y que amenaza con convertirse en un fenómeno global. La causa no es otra que la llamada contaminación lumínica, un tipo de polución resultado de un uso masivo e inadecuado de fuentes artificiales de iluminación nocturna.

Luminarias mal apantalladas, lámparas de alta potencia y elevado consumo energético, así como proyectores incorrectamente dirigidos, son algunos de los factores por los que gran parte de la luz artificial es enviada hacia el cielo formando ese característico halo luminoso que cubre las ciudades, aún más evidente si existen partículas contaminantes o humedad en la atmósfera.

Es absurdo gastar energía en iluminar el firmamento. Sin embargo, a pesar de que nos cuesta millones de euros y aumenta la polución, nadie parecía darse cuenta de que la noche se apagaba hasta que los astrónomos, en su oficio de mirar el firmamento, dieron la alarma. Hemos iluminado la noche, pero también hemos deslumbrado al universo. El resplandor de la luz artificial es una seria amenaza para la ciencia. Aunque los astrónomos no son la única especie en peligro.

Al perder la noche sus estrellas, todos somos mucho más pobres. El cielo ha sido siempre un elemento esencial para el desarrollo de todas las civilizaciones. Nos ha servido para orientarnos, para determinar los ciclos de las cosechas, para establecer calendarios o para crear arte. No podemos prescindir del aprendizaje del Cosmos.

Pero la noche no sólo es parte de nuestras raíces culturales, sino también de la biodiversidad. Como en un invernadero, la iluminación invasiva ha prohibido la noche a muchos seres vivos que precisan de la oscuridad para sobrevivir. Aunque los efectos en la vida natural están poco estudiados, sabemos que la luz artificial origina deslumbramiento y desorientación en especies migratorias, como las aves; altera los ciclos de ascenso y descenso del plancton marino que afecta a la alimentación de algunos organismos; rompe el equilibrio poblacional de muchas especies al favorecer a unos depredadores en detrimento de los depredados, perjudicando, en el caso de la mengua de insectos, la polinización de las plantas; y prolonga la fotosíntesis provocando crecimientos anormales y desfases en los periodos de floración.

Hemos condenado la naturaleza al insomnio. El derroche de luz no deja dormir ni a las plantas, ni a los animales, ni tampoco a las personas. La exposición prolongada a altos niveles de iluminación altera los ritmos circadianos, asociados a los ciclos de luz y oscuridad, que regulan el patrón de sueño y vigilia. Además de afectar al rendimiento, provoca desequilibrios orgánicos, como los relacionados con la hormona del crecimiento o la producción mamaria de leche, y se cree que puede incidir en algunos tipos de cáncer. Sin duda, la luz artificial nos ha proporcionado una innegable calidad de vida, pero su mal uso la convierte en un problema que precisa de medidas urgentes.

La población mundial se urbaniza y la realidad confirma la tendencia a la sobreiluminación y al derroche energético. En nuestra actual idea de progreso, hemos confundido cantidad con calidad, a menudo bajo la falsa creencia de que el exceso de luz incrementa la visibilidad y mejora la seguridad ciudadana. La solución está en utilizar menos luz para iluminar mejor.

Basta con dirigir la luz hacia donde es necesaria y con la potencia adecuada. Pero, como ocurre con la contaminación acústica, también es necesario legislar. En España existe el precedente de la ley del Cielo de Canarias (1988), que protege la calidad del cielo de los observatorios astronómicos. Actualmente, varios municipios y autonomías están elaborando o han aprobado medidas, como es el caso de Catalunya (2001) y Baleares (2005).

Nuestro divorcio con la noche nos enfrenta a la pérdida de un recurso cultural, científico y natural con consecuencias, no sólo para nuestro medio ambiente y nuestra salud, sino también para nuestra identidad como especie. Sin embargo, borrachos de luz se nos está nublando la mirada.

Tal vez, como cuenta Eduardo Galeano en uno de sus relatos, un día nos sorprenda ver el siguiente cartel: “No nos dejan ver a la gente”. Firmado: las estrellas.