Borrón y cuenta nueva

Esta semana parece haber culminado el «annus horribilis» particular de la Monarquía española y ha culminado ni más ni menos que con una disculpa pública del titular de la Corona, de S.M. el Rey.

Siendo el Rey la piedra angular de nuestro sistema constitucional, parece que el hecho bien merece algunas reflexiones, siquiera sea con la premura que el «tempus» periodístico impone, con el fin de enfriar los ánimos en una cuestión tan fundamental y en la que nos jugamos la tranquilidad de nuestro futuro.

Sea la primera referente al papel jugado por el Rey desde su acceso al trono hace más de treinta y seis años; como ha dicho Emilio Lamo de Espinosa, «sin duda los historiadores del futuro concluirán que el reinado de Juan Carlos I fue el periodo más brillante de la historia moderna de España e incluso puede que el periodo más brillante de la historia de España tout court», opinión que comparten nada menos que un 72 por ciento de los españoles.

En efecto, no es sólo que durante su reinado el Rey ha cumplido escrupulosamente todas y cada una de sus obligaciones públicas, y me refiero tanto a su papel simbólico como también a aquel otro, más trascendental si cabe, de moderar y arbitrar las instituciones, lo que en román paladino significa haber contribuido —a veces en momentos extraordinariamente difíciles— a que las aguas no se salieran de su cauce, a que las disputas no acabaran en incomprensiones y enfrentamientos y, sobre todo, haber sabido como nadie, y aunque a algunos les duela, ser el rey de todos los españoles. Es también que el mundo ha sido testigo y nosotros coprotagonistas del más largo periodo de paz, libertad y prosperidad que ha conocido la España contemporánea: el de su reinado. Parecería justo entonces poner en un platillo de la balanza la malhadada anécdota de días pasados y en el otro esta categoría de más de treinta y cinco años y después mirar el fiel.

Una segunda reflexión sería la de considerar cuáles son, dónde están y quién defiende mejor nuestros intereses, los del conjunto de los españoles, los de todos nosotros; no se trata de ser más o menos condescendientes con quien ha estimulado y tutelado el proceso de transición de una dictadura a una democracia con una determinación y una firmeza digna del mayor encomio; con quien ha sabido defender y mantener el régimen democrático en tiempos de turbación; se trata de considerar qué es lo que nos interesa más a los españoles: si tener en el pináculo de nuestra armazón institucional a un hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), cercano y atento al sentir de su pueblo y siempre dispuesto y deseoso de contribuir a la consecución de los intereses españoles; alguien cuya principal divisa es la de mantenernos unidos y en armonía o por el contrario queremos representar una vez más la ceremonia de la disensión y la discordia. ¿O es que creemos que lo que a duras penas se le perdona al Rey por ser el Rey de todos, se le perdonaría a otro que, por definición, sería visto como el líder de sólo una parte?

Una tercera reflexión, especialmente pertinente, a mi juicio, en un mundo globalizado es la de pensar quién mejor para representarnos en el exterior, no sólo en nuestros intereses sino también en nuestros valores, que alguien que es respetado, escuchado y admirado en todas las latitudes. Con frecuencia —y con verdad— oímos la frase de que el Rey es nuestro mejor embajador; es verdad, pero es mucho más que eso: simboliza para el mundo el espíritu de reconciliación, de paz, de tolerancia y de progreso. ¿Puede pedirse algo más?

Una última reflexión: entre el alud de críticas escuchadas y leídas estos días pueden diferenciarse dos corrientes: primera la de aquellos que proclaman abiertamente y sin ambages su predilección por la República, corriente situada preferentemente en la izquierda, más cuanto más extrema y que parece el resultado de una mezcla de nostalgia y utopismo; la otra corriente, quizás más cauta, partidaria de la abdicación y preferentemente situada en la derecha, también más cuanto más extrema. Debe reconocerse sin embargo, que dentro de este grupo de partidarios de la abdicación se encuentran personas que de buena fe creen que es mejor comenzar ahora la andadura como Rey del Príncipe heredero, con una intachable hoja de servicios hasta el momento. A mi juicio, ello, a más de una ingenuidad, sería una gran equivocación, no solo por el viejo aforismo ignaciano «en tiempos de turbación, no hacer mudanza», sino porque en momentos delicados, y los actuales lo son, el Rey atesora experiencias y cualidades personales al ser reinstaurador y protagonista máximo del advenimiento de la democracia que difícilmente puede tener un heredero, por bueno que éste sea, y el que tenemos lo es y lo ha demostrado en estos días con una impecable y discreta conducta al sustituir a su padre en lo necesario y rechazar de plano cualquier intento de sembrar discordias familiares. Entre ambas, está ese muy mayoritario porcentaje de la población española que recurrentemente muestra su preferencia por la Monarquía encarnada en S.M. el Rey Don Juan Carlos por razones tanto pragmáticas como sentimentales, entre las que no hay que excluir el agradecimiento al saber en dónde estábamos cuando el entonces Príncipe de España se convirtió en Rey y se comprometió a lograr para todos los españoles los esperados y grandes cambios que luego se han convertido en realidad: democracia, libertad, progreso y presencia de España en el mundo.

Lo que ha sucedido días atrás ha sido, a mi entender, ante todo y sobre todo, una falta de sensibilidad ante la situación atribulada y en muchos casos dolorosa que está atravesando el pueblo español, más allá de las aficiones cinegéticas, poco populares en el mundo de hoy, o de la insuficiencia de comunicación de su Casa con el Gobierno de la Nación. Ante ello, lo que ha hecho el Rey ha sido pedir perdón al pueblo y declarar que no se volverá a repetir; desde luego no es un plato de gusto ver disculparse al Jefe del Estado, pero hay que reconocer que el efecto ha sido asombroso y fulminante, las lanzas se han tornado cañas. Esa muestra de humildad y de grandeza ha actuado como un lenitivo fulminante.

Lo que no queda muy claro es lo que no se puede volver a repetir, aunque creo, por lo dicho, que lo que no se repetirá nunca es esa falta de sintonía con su pueblo de quien ha sabido representarlo mejor que nadie. Por ello, quizás lo más sensato, lo más justo y lo que más nos conviene sea corresponder a la disculpa del Rey con un «borrón y cuenta nueva, Majestad».

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Everis.

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