Brasil, del silencio a la cólera

Este 2016 será recordado en Brasil como el año en que la primera mujer presidenta fue destituida, el diputado que impulsó su juicio político fue encarcelado (además de otros tantos políticos y empresarios de alto rango), y Raduan Nassar rompió su silencio de 17 años para hablar sobre un gobierno que calla cuando es imperativo dialogar.

El escritor de 80 años es una suerte de Juan Rulfo brasileño. Publicó dos libros, dos de las más finas y festejadas obras de la literatura nacional y, como Rulfo, se silenció.Su último cuento fue publicado en 1994 y su último artículo de opinión en 1999. Hasta ahora.

Días antes del juicio contra Dilma Rousseff, Nasar escribió un artículo en Folha de São Paulo en el que calificaba de “ceguera y linchamiento” el tratamiento dado a Lula, quien de ser el presidente más popular del país pasó a ser investigado por corrupción y señalado en las protestas callejeras como la personificación de la corrupción.

Nassar dejó la literatura por la agricultura. “No hay creación artística o literaria que se compare a la cría de gallinas”, dijo cierta vez en Lagoa do Sino, su hacienda en el interior del estado de São Paulo. Después de treinta años dedicado al campo y los animales de granja, donó su propiedad, avaluada en 11 millones de reales (unos 3,3 millones de dólares), a una universidad federal y se marchó. Pasó tres años enredado en la burocracia brasileña para poder donarla sin recibir nada a cambio.

Nassar suele despistar a los periodistas que lo buscan para hablar de literatura hablando del precio del maíz. Pero hace poco, en su apartamento de Sao Paulo, aceptó hablar de política. Aunque hoy es un escritor de culto, finalista del Man Booker International Prize y ganador del premio Camões, contó que al inicio de su carrera literaria sus libros no se vendían. Un día llamó a su editor para comprar todos los ejemplares de su segunda novela, Un vaso de cólera, y guardó “cientos y cientos” de libros en su casa. Tiempo después encontró un camino de termitas que acababa en las pilas de cajas con sus libros, ya casi todos comidos. Los roídos volúmenes terminaron en un camión de reciclaje de cartón sin ser leídos. “Ese sentimiento de fracaso, de derrota, lo siento hasta hoy”, dijo el escritor.

La anécdota sobre sus libros es una parábola del Brasil actual: esa eterna sensación de que cada fracaso evidente esconde otros, estructurales, que se desarrollan fuera de nuestra mirada hasta que son revelados cuando ya es demasiado tarde para solucionarlos.

La investigación sobre una casa de cambio que funcionaba en una gasolinera de Brasilia reveló el camino de termitas que llegaba a las empresas estatales brasileñas. Un reporte de la Policía Federal estima que la corrupción le costó a la petrolera Petrobras pérdidas por el orden de los 42.000 millones de reales (12.813 millones de dólares).

La corrupción convirtió a un país que no tenía cultura de protesta en otro que vive en una constante convulsión social. Nuestra economía pasó de potencia en ascenso a una recesión sin precedentes. Cuando la crisis política desembocó en el juicio político de Rousseff todos volvieron la vista al Congreso, donde los acusadores también eran acusados.

La disposición de Nassar a hablar de política ha sido bien acogida por muchos brasileños: contrasta con el gobierno de Michel Temer, impopular y arrinconado. Temer llegó a la presidencia pero todavía actúa como un diputado: es un eximio negociador entre los parlamentarios, pero no sabe hablar con la sociedad.

Su caída aún no es una probabilidad, pero ya es una posibilidad: los estados están quebrados, la economía no da señales de recuperación y es muy difícil salir de la parálisis con las investigaciones de corrupción golpeando a los altos funcionarios. En las últimas semanas, su nombre ha sido mencionado 43 veces en la delación de un ejecutivo de la constructora Odebrecht en la que cuenta cuáles fueron los políticos a los que sobornaron o les dieron donaciones ilegales de campaña.

Ahora la corte electoral investiga las cuentas de la campaña de 2014, en la que Rousseff y Temer fueron compañeros de fórmula. Un efecto podría ser la anulación de esas elecciones. En ese caso, el tercer presidente del actual mandato sería electo por los congresistas en elección indirecta. Para Nassar, el juicio de Rousseff fue un “golpe” sin atenuantes; la posible caída de Temer sería “el golpe del golpe”, cometido por los que quieren que el Partido de la Social Democracia Brasileña, que perdió las elecciones de 2014, asuma el poder.

El día que me encontré con Nassar, pasábamos por la última de las crisis institucionales de 2016. Días antes, un miembro del Supremo Tribunal Federal determinó que el presidente del senado, Renan Calheiros, debía separarse de su cargo por estar siendo juzgado por malversación de fondos. Pero el senador se negó a cumplir la decisión judicial. La mayoría de la corte no apoyó al ministro que había dado el orden, sino al senador investigado.

Al amparar al presidente del Senado, la corte tomó una decisión política: mantuvo al aliado del presidente en su puesto y permitió que el gobierno aprobara un ajuste fiscal que congela por 20 años el presupuesto nacional. Este ajuste, considerado por la ONU como “radical, desprovisto de cualquier matiz y compasión”, no fue debatido con la sociedad.

“Salvo pocas excepciones, cuando los ministros del Supremo Tribunal Federal están de espaldas al sol naciente, se sienten grandes como las sombras que proyecta el sol de la mañana. Se olvidan de que el sol del mediodía revelará su tamaño real”, comentó Nassar.

La grave crisis económica hace necesario un ajuste fiscal, pero una decisión que definirá el rumbo del país por las próximas dos décadas merecía una amplia discusión. Nassar teme que el gradual corte de inversiones en educación disminuya los cupos del campus Lagoa del Sino, su exhacienda que hoy es propiedad de la Universidad Federal de São Carlos. Teme que incluso la pudieran privatizar. “Eso sería literalmente un robo”.

Pronto seguirán otras reformas estructurales: la laboral, la de pensiones y la educativa. Los empresarios son los únicos que no perderán. No se espera que Temer las discuta. Cuando los estudiantes ocuparon las escuelas públicas en rechazo a la reforma de la educación secundaria, el presidente sugirió que los jóvenes ni siquiera conocían el texto. Cuando el país quedó despedazado con la muerte de los jugadores del Chapecoense, no quiso ir al funeral por el temor a ser abucheado. Frente a su impopularidad, se esconde. El silencio es su estrategia política.

Lo curioso de la historia de los libros de Nassar comidos por las termitas es que el protagonista-narrador de Un vaso de cólera es un campesino que se topa con una fila de hormigas que ha abierto un hueco en un cerco y este simple hecho causa una abrupta ruptura en la narración. De un casi silencio, la historia termina en una brutal discusión.

Temer debería seguir el ejemplo de Nassar y romper su silencio sobre lo que se le acusa y sobre las reformas que seguro no serían aprobadas por el voto popular. Si son necesarias entonces que las explique y las debata. Hoy el país parece apático, pero hay que recordar que fue frente la inoperancia y el silencio del último gobierno ante sus errores, que los brasileños pasamos del completo silencio a la cólera.

Carol Pires es reportera política independiente.

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