Brasil en Rusia: en busca del honor perdido

Neymar, futbolista brasileño convocado a Rusia 2018, disputa un partido amistoso contra Croacia en Liverpool el 3 de junio de 2018. Credit Dave Thompson/Associated Press
Neymar, futbolista brasileño convocado a Rusia 2018, disputa un partido amistoso contra Croacia en Liverpool el 3 de junio de 2018. Credit Dave Thompson/Associated Press

Piense en un país cuya selección de fútbol es la única que ha disputado todas las Copas del Mundo y, en unos días, disputará en Rusia la 21.ª edición.

La selección de ese país ha ganado el 25 por ciento del total de los Mundiales disputados: tres veces cuando se otorgaba el trofeo Jules Rimet, entre las décadas de los treinta y los setenta —conquistado definitivamente después de ganarlo en 1958, 1962 y 1970— y dos cuando a partir de 1974 cambió el trofeo al actual, el Copa Mundial. Piense, además, que el equipo de ese país ha disputado la final del Mundial siete veces, solo superado por la escuadra de Alemania, que ha llegado ocho veces a la final pero ha sido derrotada en cuatro de ellas.

Este país existe, se llama Brasil, y ya no vive la expectativa de un Mundial de fútbol como lo hacía antes, cuando el autoestima de toda la nación estaba amarrada a los triunfos y fracasos de su selección. Es sin duda positivo que el éxito en el fútbol deje de ser esencial para la identidad nacional, como si la valoración del pueblo brasileño dependiera de cuántos goles marca en una copa del mundo. Pero el declive del entusiasmo por el Mundial no se reduce a un solo factor.

Una de las razones de este cambio es la globalización. De los 23 jugadores convocados por Adenor Leonardo Bacchi —el director técnico, mejor conocido como Tite— para disputar el Mundial, solo tres (el tercer portero Cássio, el lateral derecho Fagner y el defensor central Geromel) juegan en Brasil. Y ninguno de ellos será titular en Rusia. Las grandes estrellas del equipo juegan en Europa: Neymar en Francia, Marcelo y Philippe Coutinho en España, Gabriel Jesus en Inglaterra.

Es comprensible que el hincha brasileño tenga menos vínculos con la selección actual cuando se le compara con la época en que la aplastante mayoría de los jugadores formaban parte de los clubes del país. Dos veces a la semana, los brasileños podían ver en los estadios locales a Pelé, Garrincha, Didí, Rivellino, Tostão, Gérson, los héroes de la histórica selección del tricampeonato de la Jules Rimet.

Romário, Ronaldo y Rivaldo, los grandes artífices de las épicas mundialistas en 1994 y 2002, jugaban fuera de Brasil y, aunque esos dos últimos títulos fueron muy celebrados, no tuvieron el mismo efecto de las conquistas anteriores.

Entre 1958 y 2018, Brasil experimentó un cambio vertiginoso. El país se urbanizó: en 1960 la población urbana era del 46 por ciento; en 2016, llegó al 86 por ciento. En ese lapso, Brasil se convirtió en una de las diez principales economías del mundo y se hizo parte del BRICS, la asociación de economías emergentes formada por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. De manera progresiva, el fútbol dejó de ser factor de identidad nacional.

Esto es tan cierto que uno de los episodios más amargos de Brasil, el Maracanazo —la derrota de 2 a 1 frente a Uruguay en la final del Mundial de 1950 en el estadio Maracaná en Río de Janeiro— hoy es una herida aún más profunda que la humillante derrota de hace cuatro años frente a Alemania —de 7 a 1—, también en Brasil. El doloroso fracaso de 1950 siempre será considerado como una tragedia nacional, pero en 2014, antes de que terminara el partido en el estadio Mineirão de Belo Horizonte, ya se había convertido en motivo de chiste en las redes sociales.

El pueblo brasileño no solo ha madurado, sino que ahora tiene otras preocupaciones. Haber ganado cinco Mundiales de alguna manera hace más trivial la hazaña.

Brasil, conocido de manera errónea como “el país del fútbol”, ha sido, eso sí, el país del jogo bonito, y su mayor productor de talentos por al menos cincuenta años. Jamás, sin embargo, reverenció el juego como los ingleses o llenó los estadios como los alemanes. El promedio de público de la liga brasileña apenas alcanza los 17.000 espectadores por partido, en contraste con las más de 40.000 personas que asisten a los estadios de la liga germánica.

A diferencia del periodo que va de los cincuenta a los setenta, cuando el campeonato brasileño nutrió a la selección de una generación de futbolistas brillantes, el fútbol brasileño actual es un simple exportador de pie de obra, de commodities, igual el Brasil agrario era un exportador de café.

En 2009, Brasil era la historia de éxito que al mundo le gustaba contar. “Brasil despega” fue la portada de la revista The Economist. Pero Brasil retrocedió y su fútbol también.

Tal vez no exista mejor imagen simbólica que la comparación entre el cuarteto de futbolistas de oro —Pelé, Garrincha, Romário y Ronaldo— con la de los “dirigentes de lata” —João Havelange, Ricardo Teixeira, José María Marin y Marco Polo del Nero—, un grupo de expresidentes de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) implicados en investigaciones judiciales en Estados Unidos, Suiza y España.

El primero, Havelange, murió en 2016 en desgracia, obligado a renunciar a la FIFA y al Comité Olímpico Internacional; el segundo, Teixeira, su exyerno, tuvo que renunciar al puesto en la CBF, tiene prohibido salir de Brasil y está en riesgo de ser arrestado por Interpol, igual que Del Nero, quien fue expulsado de la FIFA. José María Marin, mientras tanto, está encarcelado en Nueva York.

Quizás exista una analogía aún más precisa: la copa Jules Rimet fue robada en la sede de la CBF en 1983. Aunque no hay certeza de su paradero —se supone que fue fundida por los ladrones—, en este caso, por lo menos, no se responsabiliza al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Los brasileños disfrutarán de Rusia 2018 y celebrarán si llega el sexto título, pero otros temas más apremiantes capturan hoy su atención. El gran juego será en octubre, cuando el país elija a un nuevo presidente. Se trata de un partido que Lula, el líder que hacía que el país despegara y hoy está en la cárcel —para muchos sin pruebas que lo justifiquen—, no podrá jugar; aunque aún esté al frente en las encuestas de intención de voto.

Se espera que Neymar —la gran estrella de la selección brasileña y jugador del club francés Paris Saint-Germain— sí juegue. Por lo que mostró en el penúltimo amistoso antes del Mundial frente a Croacia —marcó un gol espectacular que abrió el marcador del triunfo de 2 a 0— parece estar listo para Rusia.

Para hacer un buen papel en el campeonato, el equipo dependerá de Neymar, el único jugador extraordinario de la selección brasileña actual —como lo fue Romário en el Mundial de Estados Unidos 1994—, así como Argentina dependerá de Lionel Messi. Especialmente cuando disputarán el título selecciones tan fuertes como las de España, Francia y Alemania.

Tite, el entrenador, no promete el trofeo, pero asegura que la selección tendrá un alto rendimiento. Si es así, el fiasco de 2014 podrá pasar a ser visto como uno de esos accidentes en que es pródigo el deporte.

Brasil tiene todas las condiciones para llegar a las semifinales y quedar entre las cuatro mejores selecciones del mundo, como, pese todo, hizo hace cuatro años. Pero, esta vez, con el honor que faltó cuando fue la selección anfitriona del Mundial. Para lograrlo, Tite tendrá que convencer a Neymar de portarse como un atleta maduro, dispuesto a jugar por el equipo y no como un niño consentido que juega solamente para sí mismo.

Juca Kfouri es escritor y periodista deportivo. Su libro más reciente son las memorias Confesso que perdi. Este ensayo fue traducido del portugués por Elianah Jorge.

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