Brasil, singular y universal

La elección del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, no se ha vivido e interpretado de igual manera en su país y en otros lugares. Lejos de Brasil, los comentaristas más ruidosos perciben un nuevo episodio de un movimiento mundial hacia un nuevo autoritarismo, el nacionalismo étnico, generalmente calificado de populista, de extrema derecha y, a veces, de ultraliberal. Esta percepción preponderante en el mundo incluye en el mismo saco a Donald Trump, Viktor Orban, Xi Jinping, Vladímir Putin, el Brexit y muchos más. Una combinación así de barroca de países y culturas nos deja un tanto perplejos, pero no es necesariamente falsa. Asistimos, en general, a una especie de reacción nacionalista, antiglobalización, étnica, antimercantil y, a menudo, «machista». Una reacción, en definitiva, contra las singularidades, los individualismos y los movimientos de liberación. Pero, más allá de esta generalización, en parte fundada, ¿realmente podemos librarnos tan fácilmente de las circunstancias locales?

En el caso de Brasil, sin embargo, estas consideraciones estrictamente nacionales son esenciales para comprender el éxito de Bolsonaro. Para alcanzar el 55 por ciento de los votos no le ha bastado con jugar a ser el Donald Trump tropical; es evidente que la mayoría de los brasileños han manifestado, ante todo, su inmenso hastío por la violencia diaria que les afecta, la corrupción notoria de los políticos clásicos y la evidente hipocresía del autodenominado Partido de los Trabajadores y del expresidente Lula.

Hoy parece que durante su presidencia, Lula, un personaje por lo demás simpático, se había beneficiado de los altos precios mundiales de las exportaciones brasileñas (el aceite y la soja); su generosidad hacia los pobres era solo accidental. En realidad, durante el régimen de Lula y el de su sucesora, Dilma Rousseff, la economía brasileña se había deteriorado y desindustrializado, para dar paso a la especulación con las materias primas. Algunos empresarios en connivencia con este Partido de los Trabajadores se enriquecieron hasta que el mercado mundial dio un giro y la burbuja estalló.

En los últimos tiempos de especulación, el Gobierno brasileño había distribuido golosinas a sus votantes, pero permitió que el Estado soberano se desmoronara: pocos policías y una violencia urbana sin precedentes son también herencia de este Partido de los Trabajadores. De modo que Bolsonaro ha sido elevado por esta ola de disgusto popular. Y si propugna privatizaciones masivas, se debe también a que la corrupción ha beneficiado especialmente a las empresas públicas y a sus sindicatos. Si hay populismo, el de Brasil está injertado en las raíces locales.

¿Deberíamos temerle a este nuevo presidente que, a lo Trump, a lo Orban y a lo Putin, recurre a un vocabulario escandaloso y violento? Sí, hay que tenerle algo de miedo, igual que tememos las transgresiones de Trump. Estos discursos violentos tienen consecuencias; legitiman los ataques perpetrados en su nombre, como comprobamos con el atentado contra la sinagoga de Pittsburgh. Pero, en cualquier caso, el poder del presidente estadounidense, afortunadamente, todavía está contenido por la Constitución, y el del presidente brasileño probablemente lo estará también. Los jueces brasileños han logrado encarcelar al más popular de los expresidentes, y Bolsonaro parece haberse dado cuenta de que, al ser elegido, se comprometió «ante Dios» a respetar la Constitución de Brasil.

Más allá de las circunstancias locales y mundiales, ¿podemos hacer una síntesis? Creo que, en todas partes, asistimos a una transición ideológica que afecta a todas las democracias. Los viejos partidos políticos, los viejos programas, sean socialistas o conservadores, ya no son reflejo de nuestra época. Si los votantes toman decisiones tan poco satisfactorias como Trump o Bolsonaro es porque no se les ha ofrecido nada mejor. Nadie tiene demasiados deseos de votar por reincidentes como Hillary Clinton en Estados Unidos o Fernando Haddad en Brasil, con un vocabulario y unos proyectos de sociedad que se remontan al siglo XIX. Queremos lo nuevo y lo presente, queremos poder elegir entre una «sociedad abierta» o una «sociedad cerrada», más que entre la derecha y la izquierda. La «sociedad abierta» da la bienvenida a la diversidad; la «sociedad cerrada» la rechaza. Las dos opciones son legítimas cuando son presentadas por candidatos informados.

En el marco en el que se inscribe Brasil, el populismo me parece un estado intermedio a la espera de una próxima generación política. Esta surgirá necesariamente, y no tengo ninguna razón para creer que vaya a ser más o menos mediocre que la anterior. Mientras tanto, en Brasil, en Estados Unidos y en Europa, preservamos nuestro logro histórico más valioso, la Constitución, por encima de los partidos y de los presidentes de paso; el respeto a la ley es nuestro viático contra las pasiones del momento. En Europa, lo que nos protege frente a los demagogos es, obviamente, el derecho europeo.

Guy Sorman

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *