Brasil, un mundo nuevo

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 11/06/07):

He vuelto recientemente de un periplo por varios Estados de Brasil, en el que, entre contactos académicos y políticos, encuentros con viejos amigos y con nuevos líderes en ascenso, como el gobernador socialista de Pernambuco, Eduardo Campos, me esforcé por tomar el pulso al gran gigante de Latinoamérica, a una de las naciones más destacadas entre los llamados países emergentes, a un país que representa la décima economía mundial.

Brasil sigue siendo una tierra de contrastes, con sangrantes desigualdades sociales y situaciones muy difíciles en la periferia de las grandes ciudades y entre quienes se autoproclaman los «sin tierra». Pero tiene hoy una dinámica de crecimiento imparable, así como unas élites científicas, universitarias, culturales y empresariales a la altura de las más desarrolladas y sofisticadas del mundo.

Como es sabido, las relaciones históricas entre Portugal y Brasil poseen una profunda dimensión afectiva, que nunca está de más subrayar. El próximo año, en 2008, se conmemora el segundo centenario de la marcha del rey de Portugal, D. João VI, a Brasil -con su Corte- huyendo de la primera invasión francesa al mando de Junot, general de Bonaparte. Este hecho, único en la historia, convirtió al mismo tiempo a Río de Janeiro en la capital de un imperio portugués que, en aquella época, dominaba las dos costas de África, llegaba hasta India y navegaba tranquilamente en el Pacífico, habiendo establecido importantes lazos históricos con China y Japón. De esta forma, la antigua metrópoli, Portugal, pasó, en cierto modo, a ser colonia y Brasil, con la apertura de sus puertos al comercio internacional, se convirtió en la sede central del imperio.

Con todo, la arraia miuda portuguesa -el pueblo más humilde- resistió a la ocupación napoleónica, con la ayuda de los ingleses, Beresford y Wellington. Consiguió expulsar a los franceses y, más tarde, también al «regente» Beresford y a la opresora «aliada» Inglaterra. Fue la Revolución Liberal. Las Cortes, reunidas en Lisboa, enviaron entonces un ultimátum a D. João VI: o regresaba al Reino y juraba la Constitución, que entre tanto había sido aprobada, o se proclamaría la República. D. João VI, contrariado, regresó. Pero su hijo primogénito y heredero -D. Pedro- optó por quedarse. Se autoproclamó emperador del Brasil, sin disparar un tiro, entre vivas y abrazos: ¡así tuvo lugar la independencia de Brasil, en 1822!

Este proceso, tan singular, marcó para siempre las relaciones de hermandad entre Portugal y Brasil. Un siglo después, en 1922, un presidente portugués de la I República (1910-1926), António José d’Almeida, se desplazó a Brasil para, según sus palabras: «Agradecer a los brasileños, en nombre de Portugal, el que se hubieran proclamado independientes».

Ésa es la buena tradición portuguesa. De no haber sido por la dictadura de Salazar y de Caetano, que invirtió esta tendencia, lo mismo hubiera debido ocurrir con la independencia de las colonias portuguesas en África, evitándose así las guerras coloniales. Con todo, la Revolución de los Claveles (1974), puso fin de inmediato a tan desastrosas guerras, abriendo las puertas a la independencia con valor y rapidez. De ello se derivó la creación de la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (1996), una asociación voluntaria entre Estados y pueblos, repartidos por cuatro continentes, en igualdad de derechos. La forman ocho países soberanos (Angola, Brasil, Cabo Verde, Guinea-Bissau, Mozambique, Portugal, Santo Tomé y Príncipe y Timor) que hablan un idioma común y quieren defenderlo, y que, simultáneamente, aceptan colaborar entre sí en el plano del desarrollo económico, cultural y político. Es una asociación, según creo, destinada a tener mucho futuro, si predomina el sentido común y la igualdad entre sus miembros, en este mundo globalizado en el que vivimos.

Lula es hoy un presidente de gran prestigio, que obtuvo una reelección triunfal, a pesar del escándalo de la mensalão (la compra de diputados), del que quedó limpio gracias al agua lustral de la reelección. Representa, en toda Latinoamérica, un icono para la gente pobre, en su condición de hijo del nordeste (un pau de arara, como dicen los brasileños), desde donde emigró hacia el corazón del capitalismo brasileño, la riquísima megalópolis de São Paulo, en busca de pan y de trabajo. Fue allí donde llegó a ser, más tarde, por sus propios esfuerzos, tornero mecánico, militante sindicalista y después de largos años de persistente lucha, presidente de la República. Tras un primer mandato difícil, en el que el PT (Partido de los Trabajadores), su partido, prácticamente se disgregó, consiguió desarrollar la política macroeconómica y de rigor financiero, heredada de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, y, al mismo tiempo, políticas sociales en beneficio de las familias más pobres. La lucha contra la corrupción -uno de los problemas endémicos brasileños- y contra la alta criminalidad de los «cuellos blancos», ha sido otra de las preocupaciones de Lula y de su ministro de Justicia, Tarso Genro, en su segundo mandato, con consecuencias positivas, muy visibles.

En su política exterior, a cargo de un ministro de Asuntos Exteriores de excepción, Celso Amorim, Lula ha tenido un protagonismo de gran líder de un país emergente, con especial relieve en Latinoamérica, que ha dejado de ser definitivamente el «huerto» de Estados Unidos. Con un equilibrio y una moderación reformistas que lo distinguen del radicalismo de Hugo Chávez (Venezuela) o de Evo Morales (Bolivia), de los que es muy diferente, y sin tener tampoco nada que ver con la pleitesía pro-Bush de Álvaro Uribe (Colombia) o de Calderón (México), aproximándose mucho a la inteligente moderación de la señora Bachelet (Chile) o de Kirchner (Argentina).

Portugal y España, países ibéricos y europeos, con tradicionales intereses en el Atlántico y en el Mediterráneo, tienen todo el interés en converger en el desarrollo de políticas solidarias con ese mundo nuevo, tan creativo y plural que está afirmándose, en su unidad y diversidad, en Iberoamérica. En julio, a comienzos de la presidencia portuguesa de la Unión Europea, tendrá lugar la 1ª Cumbre entre la Unión Europea y Brasil, en Portugal. Una excelente oportunidad para que Europa refuerce sus lazos con Brasil y con otros países de tan interesante evolución en Iberoamérica.