Brasil: una fotografía política y estratégica

La imagen idílica de Brasil como un país “eternamente recostado en una espléndida cuna, al son del mar y bajo la luz del cielo profundo…” parece desvanecerse ante sus desafíos actuales. Gracias a la diplomacia profesional de Itamaraty, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, y a los nuevos derroteros económicos, federativos y corporativos, la integración internacional de Brasil se amplía de manera vigorosa dando pasos que desbordan sus fronteras. Hoy Brasil tiene la mayor tasa mundial de competitividad, según el Foro Económico Mundial, lo que nos está llevando a salir de la crisis en mejores condiciones: hemos sido los primeros en obtener la calificación de país seguro para la inversión exterior. Con todo, en clave interna siguen existiendo serios problemas: infraestructuras, seguridad pública, desigualdades, pasivos medioambientales y una baja institucionalidad política.

Brasil dispone de muchas reservas de agua (y de energía hidroeléctrica), tendrá mucho gas y petróleo (los yacimientos marinos depositados bajo una gran capa de sal) y aspira a ser una potencia -con fines pacíficos- en energía nuclear. Con unas reservas estimadas en 35 billones de barriles en esos yacimientos marinos, se ha acelerado el debate sobre su competitividad internacional en recursos energéticos. Tres modelos están en liza: el actual, de concesión, el del reparto federativo (supone la retirada de los royalties para los mayores productores, como Río, São Paulo y Espíritu Santo, pero agrada a la mayoría de la federación y tiende a ser la opción del Gobierno) y la cesión onerosa, en que la única operadora, Petrobrás -empresa de capital abierto- obtendría derechos de explotación por cinco billones de barriles. El Congreso está discutiendo en la actualidad las distintas opciones con los lobbies que tienen allí mayor presencia.

El talón de Aquiles de estos yacimientos no es tanto la cuestión del tipo de modelo cuanto la creación de una industria de Investigación, Desarrollo e Innovación, como hizo Noruega, diferente a la opción de Indonesia, que apenas explora sus recursos. Si impera la sensatez entre el Gobierno, las instituciones públicas y privadas, la opción noruega será considerada la mejor. Si la riqueza no revierte en beneficio social e institucional (según un patrón ético y de eficacia), acabaremos por compartir la experiencia de muchos países con reservas gigantescas pero un bajo índice de desarrollo humano (educación, salud, seguridad pública, etcétera). Los altos costes de inversión, producción y comercialización quedarán compensados únicamente si el país obtiene los suficientes recursos para desarrollar su tecnología y ampliar los beneficios sociales reales. Se trata de una cuestión estratégica muy seria, que ha de ser bien reflexionada, y de forma democrática, para saber decidirse por un camino que, a medio y largo plazo, redunde en beneficio de una gran mayoría y no sólo en el de determinados sectores de la burocracia estatal y de la corrupción política. La nueva iniciativa estatal tendrá que repartir sus esperadas gigantescas ganancias con el Fondo Social para aplicar inversiones en el desarrollo social, en particular en la educación y en programas de reducción de la pobreza. Por lo que parece, no se trata de demagogia o de propaganda engañosa: el Gobierno Lula asumirá, conjuntamente con el Congreso -en una época de mala reputación-, la responsabilidad de garantizar y representar los intereses de la mayoría de la nación. El debate está lejos de haberse agotado: cuestiones técnicas, constitucionales e ideológicas se están mezclando dentro y fuera del Congreso. Habrá que ver si, a corto y a medio plazo, esos yacimientos cubiertos de sal son la salvación del país o un sueño que perdurará… “eternamente recostado en una espléndida cuna”.

Con la justificación de poder así proteger la Amazonia y la llamada Amazonia Azul (4,5 millones de kilómetros cuadrados) del Océano Atlántico Sur, donde están sumergidos los yacimientos, se va dibujando en el horizonte un nuevo modelo en la política de Defensa. Su lema es: Brasil debe aumentar su poder defensivo, pues, como ha comentado el presidente Lula: “Brasil es un país de paz, pero debe poder enseñar los dientes si a alguien se le ocurre enfrentarse con nosotros”. Sin duda alguna, las Fuerzas Armadas están bastante desabastecidas, pues a pesar de su enorme presupuesto, el 80% de éste se destina a cubrir salarios y pensiones militares y poco es lo que queda para las indispensables inversiones necesarias para la propia defensa. El Gobierno Lula ha optado por el fait accompli de su acuerdo estratégico con Francia, justificado por la supuesta ganancia de estatus o poder internacional. El paquete, cuyo nudo central consiste en la transferencia de tecnología, supondrá nuevos submarinos convencionales, uno de propulsión nuclear (con un presupuesto para 2010 de 870 millones de euros), decenas de cazas de combates y otras decenas de helicópteros. El plazo de producción… ¡se pierde en el horizonte! En el caso de los nuevos aviones caza, no se han tomado en cuenta los informes técnicos de la Aeronáutica acerca de las ventajas y desventajas de las ofertas francesa, americana y sueca, sino que el Gobierno Lula ya ha declarado su preferencia por la propuesta francesa.

El Congreso, poco presente en las discusiones sobre la política de Defensa (no da votos), parece haberse despertado para esta cuestión (como ocurre en Francia y en España). Quiere debatir los criterios y los costes: eso es ya por sí mismo de gran utilidad pública. La cuestión principal es que hasta hoy no existe en verdad una política pública de Defensa, con presupuestos, compras y gastos integrados. La aeronáutica se encarga de los aeropuertos civiles y carece de política aeroespacial; la marina, más equipada tecnológicamente, tiene abierto un debate sobre su relevancia estratégica, dudando entre el poder de grandeza o el poder de funcionalidad disuasoria; el Ejército mantiene, en pleno siglo XXI, su política de presencia (u ocupación) territorial. El gran salto, de aproximadamente 20 o 30 billones de reales (ocho billones de euros), saldrá del bolsillo del contribuyente para equipar una defensa más robusta y poder asumir así, conjuntamente con la política exterior y con la participación en misiones de paz, la tercera pata de la integración internacional de Brasil.

Latinoamérica, en general, y América del Sur, en particular, poseen una de las menores tasas de gastos militares del mundo y hasta ahora eso mantenía el equilibrio regional entre los Estados. Nuevos equipamientos tecnológicamente sofisticados, sin embargo, no significan necesariamente una carrera armamentística. Pero en el actual escenario de Suramérica, estos equipamientos tecnológicamente sofisticados, pero sin objetivos y logística bien definidos, corren el riesgo de provocar un clima de carrera armamentística… Colombia expande su llamado Plan Colombia con nuevas bases militares a disposición de los servicios de inteligencia y de logística de Estados Unidos. Sobre este asunto Brasil exige garantías acerca de la extraterritorialidad de los posibles trastornos fronterizos en la Amazonia. Venezuela se ha puesto firme en el mercado internacional de armas y cierra acuerdos -no muy claros- con Rusia. Brasil traza su propia alianza estratégica con Francia para convertirse en el líder más poderoso de la región. Les seguirá Chile -que todavía mantiene en vigor la Ley del Cobre de subsidios para la compra de armas-; Ecuador, con un conflicto nunca bien resuelto con Colombia, seguirá aumentando sus gastos de defensa; la propia Bolivia anuncia compras de armamentos. Sólo la empobrecida Argentina se mantiene al margen de este poder de fuego, cuando en el pasado tan bien armada tecnológicamente estuvo. ¿Es que Alemania, Inglaterra y España van a quedarse fuera de este mercado? Al ser elevadas a la esfera del UNASUR y del Consejo de Defensa Suramericano, las cuestiones de seguridad regional se enmarañan en disputas ideológicas y celos individuales. El papel de Brasil, como moderador equilibrado de las pasiones, va a tener que confrontarse -y es ése el coste del liderazgo- con las disputas de sus vecinos andinos y actuar con más vigor para aplacar los ánimos. Su liderazgo está en juego… Juego en el que la osada e inusitada acción diplomática en Honduras podrá ser decisiva -parece haber sido muy bien articulada- para poner a prueba la consistencia de su liderazgo.

Clóvis Brigagão, director del Centro de Estudos das Américas e investigador en la Universidade Candido Mende y en el Nobel Institute. Traducción de Carlos Gumpert.