Brenan y Buckley sobre España

Y de repente se rompió el bipartidismo, no en tres o en cuatro trozos, sino en un cúmulo de taifas que están aquí para quedarse: En Común (los más casposos), Compromís (el más burgués), En Marea (los más poéticos), Podemos (pero que aún no han podido). Esta disgregación del panorama político ibérico me ha llevado a repasar los clásicos que, ¡cómo no!, son ingleses, porque los pensadores autóctonos, casi mostrencos no saben dar una, se pierden en “me duele España”, “que inventen ellos” o “sólo mentes castellanas son capaces”.

Gerald Brenan, que armó un lío considerable al grupo de Bloomsbury cuando osó flirtear con Carrington, la pintora y amante platónica de Lytton Strachey, se vino a las Alpujarras y luego a Alhaurín, donde pasó la mayor parte de su vida. Pudo así estudiar España de primera mano y escribió, durante la Guerra Civil, El laberinto español, publicado en 1943, que es el análisis canónico del proceso que llevó a la guerra. “No lo escribí para justificar el bando que yo apoyé, sino para explicarme a mí mismo y a otros por qué las cosas sucedieron como sucedieron”. España es la tierra de la “patria chica”, comienza por afirmar Brenan. Cada aldea, cada pueblo es el centro de una intensa vida social y política. En condiciones normales España es una colección de pequeñas repúblicas mutuamente hostiles o indiferentes que permanecen unidas en una desatada federación.

El problema político principal ha sido lograr un equilibrio entre un gobierno central efectivo y las necesidades de autonomía local. “Castilla –escribe Brenan–, que por su posición geográfica y su historia representa la tradición centralizada, es una meseta yerma, pobre en agricultura, en minerales y en industria”, por suerte esto ya no es cierto, pero sí lo era en 1943. Y continúa Brenan: “Las provincias costeras son todas mucho más ricas e industriosas. De modo que, aunque España sólo puede ser mantenida junta por Castilla –porque una España gobernada por Barcelona, Bilbao o Sevilla es imposible–, los castellanos carecen del dinamismo industrial y comercial para proveer una organización económica eficiente. Su punto de vista es militar y autoritario”.

No podemos seguir a Brenan en esto: Castilla ya no es yerma y sin industria. Hay un área metropolitana de Madrid con hectáreas de fábricas. La capital está llena de redes multinacionales y empresas de comercio y marketing. La estructura española ha cambiado radicalmente desde 1943. Lo que no ha cambiado es ese postulado indemostrado e inexplicado por Brenan de que “una España gobernada por Barcelona, Bilbao o Sevilla es impensable”. Si la historia no hubiese traído al neurótico Felipe II, la capital podría haber estado en Lisboa, Valencia, Valladolid, incluso, ¡oh aberración!, en Barcelona. La patria chica y el pragmatismo ibérico dan un individualismo que, según Brenan, ha continuado la intensa vida de la ciudad Estado griega, de la tribu árabe o de la comuna medieval. En vez del ágora hay el casino y el café, la política es municipal y tribal.

Pues aquí están las tribus ibéricas, incapaces de acordar un gobierno de coalición, dispuestas a votar otra vez sin bajar de sus trece, como el Papa Luna.

Henry Buckley fue el corresponsal inglés de The Daily Telegraph que cubrió la República y la Guerra Civil entre 1929 y 1939. Amó tanto España que se casó con una señora de Sitges y se instaló a vivir en el hermoso pueblo de la costa barcelonesa. Conoció a todos los personajes de la época, tratando con familiaridad a Negris, la Pasionaria, Líster, Hemingway y Capa. En su libro Vida y muerte de la República española se pregunta por qué fracasó la democracia en España en los años treinta. “La democracia no vino fácil a Inglaterra. Cromwell dio el golpe de gracia al feudalismo en medio de graves disturbios. La República francesa de hoy es hija de la Revolución Francesa. Si la democracia británica y la francesa hubieran estado alertas, habrían advertido a la joven república detrás de los Pirineos que debía eliminar los elementos feudales antes de poder construir algo nuevo. Luego señalar que, con el feudalismo extinguido y sin clase media potente para ocupar ese vacío, el Estado español debía planear una nueva economía nacional”.

Resulta muy curioso que esa clase media y esa economía nacional dirigida fueran realizadas por Franco, al cual se le puede negar casi todo y acusar de mucho, pero no de su política económica, que puso las bases de lo que tenemos.

“Felipe II, que fue el responsable de la Armada –dice Buckley–, fue también responsable de Madrid, eligió el lugar más desabrido, ventoso y monótono que se podía encontrar en España. Allí un millón de españoles viven a expensas del resto de la nación, por ser la capital”. A los pocos días de llegar vio a Primo de Rivera paseando de noche por la calle de Alcalá, solo y sin escolta y empezó a simpatizar con el pueblo español y sus rarezas. También cuenta que Alfonso XIII marchó solo, el conde de Romanones le quitó cualquier temor por dejar a la reina y sus hijas en Palacio. Romanones le dio su palabra de que nada podía pasarles: “Están en manos de españoles, señor”.

Algo debemos tener que atrae a los ingleses y les convierte en fans de España. ¿Por qué nosotros mismos no podemos ser fans de nuestro país? Ya toca disfrutar de esas cualidades buenas que nos ven los viajeros y cesar de maldecirnos mutuamente cual tribu en pie de guerra.

Luis Racionero

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