Brexit a secas

EL 29 de marzo de 2019. Esa será la fecha del Brexit de verdad, a los dos años de la comunicación formal del Reino Unido. Según el Artículo 50.3 del Tratado de la Unión Europea, la salida se verifica en ese momento, salvo un par de improbables circunstancias: una prórroga aprobada por unanimidad por el Consejo Europeo o un acuerdo internacional entre el Reino Unido y la Unión Europea que, entre otros aspectos, cambie la fecha. Las perspectivas de un acuerdo de este tipo no son halagüeñas, a la vista de lo alejadas de las posiciones. Ni siquiera hay coincidencia en lo que se va a negociar: la Unión quiere que se limite a los términos de la salida, en tanto que el Reino Unido desea que incorpore la futura relación entre las dos partes.

Ciertamente, todo sería más fácil si el Reino Unido decidiese entrar en el Espacio Económico Europeo, junto a Noruega, a Islandia y a Liechtenstein. Constituiría una magnífica noticia para los británicos (y para los demás europeos), pues garantizaría la subsistencia del mercado interior, con las cuatro libertades básicas, de modo que los flujos de personas, bienes, servicios y capitales entre Gran Bretaña y el continente no se quebrarían. No parece, sin embargo, que vaya a ser así. El Gobierno británico quiere regular a su gusto la entrada de personas desde la Unión Europea y sus derechos una vez dentro. Y sin libre circulación de personas no hay mercado interior, ni se puede estar en el Espacio Económico Europeo.

La otra alternativa consiste en un «traje a medida», en la mejor tradición londinense. El modelo es la relación entre Suiza y la Unión Europea, regida por más de un centenar de tratados internacionales. Un acuerdo único, con generosas concesiones por parte de la Unión, parece también muy improbable. Si el Reino Unido no quiere el mercado interior, no se le va a dar a elegir, como en un supermercado, lo que más le interese. La dinámica política interna de la Unión Europea, con varios partidos populistas decididos a plantear la salida, fuerza a marcar una diferencia clara entre estar dentro o fuera.

El umbral negociador, por tanto, partiría de los mínimos impuestos por Organización Mundial del Comercio (OMC), a la cual pertenecen 164 miembros, entre ellos el Reino Unido y la Unión Europea: abarca a casi todos los Estados del mundo. La OMC no prohíbe los aranceles, aunque se esfuerza por promover acuerdos multilaterales que favorezcan el comercio internacional de bienes y servicios. Sobre la base del cumplimiento de las obligaciones que establece esa organización, el Reino Unido y la Unión Europea podrían llegar a acuerdos parciales, en asuntos en los que el interés de las dos partes sea grande, en un proceso negociador nada fácil.

El status del Reino Unido a partir del 29 de marzo de 2019 será el de un «tercer Estado», ajeno a la Unión Europea. Le será de aplicación en consecuencia el arancel integrado de la Unión Europea (TARIC) como a todos los terceros Estados, salvo en aquellos puntos en los que se hayan alcanzado un acuerdo, si es que hay alguno. Y los servicios provenientes del Reino Unido podrían ser sometidos a controles y limitaciones en el Estado en que se presten. Esto puede afectar negativamente a la economía británica, que está muy unida a la Europea (la Unión supuso el 45 por ciento de las exportaciones británicas en enero de 2017, y el 51 por ciento de sus importaciones).

La salida de la Unión Europea supondrá también que todos los acuerdos comerciales entre la Unión Europea y otros países dejan de aplicarse al Reino Unido, con lo que tendrá que negociar los suyos propios con China, Japón, India…, y con Estados Unidos, con una administración Trump cuyo proteccionismo resulta conocido. El Reino Unido no es la potencia mundial que fue: su capacidad negociadora no puede compararse a la de la Unión Europea (incluso post Brexit).

Así las cosas, no se puede ser optimista respecto de la competitividad internacional de la economía británica a partir del Brexit. El anunciado «paraíso fiscal» no parece realista en un contexto mundial de lucha contra este fenómeno, ni tampoco los británicos querrán rebajar drásticamente la protección de su medio ambiente ni su Estado social para atraer inversiones. Sólo una fuerte depreciación de la libra, que ya ha empezado, puede contrarrestar el efecto pernicioso de las barreras al comercio exterior que amenazan al Reino Unido. En este contexto, para muchos británicos Brexit hace verdadero el cuestionado titular de prensa: Fog in Channel, continent cut off (Niebla en el Canal de la Mancha, el continente aislado). En dos años lo veremos.

Víctor Torre de Silva, profesor de IE LAW SCHOOL.

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