Brexit o Bremain

El próximo día 23 el Reino Unido celebrará un referéndum sobre su permanencia o no en la Unión Europea, referéndum que, con toda seguridad, tendrá repercusión en nuestras elecciones generales del día 26. Es curioso que los dos grandes países europeos que han tenido imperios atlánticos tengan una actitud tan opuesta respecto a la Unión Europea. Estas diferentes posiciones han sido un tema regularmente debatido en las Tertulias Hispano-Británicas, que desde hace cerca de treinta años reúnen anualmente a personalidades de ambos países: las del Reino Unido mayoritariamente reticentes con la Unión, a la que entró tarde y de la que puede marcharse pronto; las de España, entusiastas con la idea europea hasta el punto de que nuestra entrada lo fue por unanimidad del Congreso de Diputados y supuso la culminación del proyecto nacional iniciado en la transición democrática. Probablemente el primer gran proyecto nacional culminado con éxito en los dos últimos siglos. Es cierto que como consecuencia de las crisis ese entusiasmo ha disminuido perceptiblemente. También es cierto que los británicos son euroescépticos, pero cumplen con la normativa comunitaria mucho mejor que nosotros pese a nuestro entusiasmo europeísta.

Esa disparidad parece indicar que el Reino Unido está orgulloso de sus instituciones y de su propia historia. La verdad es que puede estarlo: disfruta de una democracia ejemplar que incluye el Rule of Law, una nítida separación de poderes y una efectiva responsabilidad de los gobernantes ante los electores, que encuentra su punto más visible en la dimisión automática de aquellos cuando pierden las elecciones.

Brexit o BremainAdemás el Reino Unido ha sido, desde Napoleón hasta la II Guerra Mundial, es decir, durante 150 años, la potencia hegemónica del mundo y el último gran imperio europeo. No es extraña por tanto esa actitud vacilante, dubitativa y recelosa. Pero hay más: el Reino Unido ha tenido como norte y guía de su política exterior, constante e invariable, el evitar que existiera una gran potencia continental que pudiera amenazar la independencia y soberanía de las Islas Británicas. Luchó contra España cuando éramos un imperio, luchó y venció a Napoleón y luchó y venció a Hitler.

Por el contrario, da la impresión de que España ha preferido insertarse en Europa para escapar de sí misma, para olvidar su pasado contemporáneo y para normalizar su vida ciudadana. Recordemos las palabras de Ortega y Gasset: «España es el problema y Europa la solución». De alguna manera esta actitud es una prueba de la falta de autoestima de los españoles. Mientras que los ingleses prefieren ser gobernados desde Londres, parece que los españoles preferimos que nos gobiernen desde Bruselas, mejor que desde Madrid.

Tengo la opinión de que una de las distinciones fundamentales entre las personas, y también entre los grupos sociales, es la que distingue según sea su actitud: los que miran al pasado ya sea con orgullo, con nostalgia o simplemente para aferrarse a él y conservar sus privilegios; y los que miran al futuro, ya sea con esperanza, ya lo sea de un modo temeroso y hasta apocalíptico. Obviamente, aquellos tienen más riesgo de quedarse desfasados que estos. Este riesgo de quedarse obsoletos crece en tiempos de cambio. Pero sucede que el mundo está cambiando vertiginosamente: nos ha llegado, como subproducto de la revolución tecnológica, la globalización y en ella prevalecerán los más grandes; competimos todos contra todos, países como Estados Unidos, China, India, Rusia, etc. tienen una extensión verdaderamente continental. Hace unos años Europa tenía cuatro economías entre las diez más importantes del mundo; dentro de unos años, no muchos, no tendremos ninguna si seguimos separados. El único remedio es la unión que, desde Roma, hace la fuerza. A mi juicio, claudicar en la idea de una Europa unida es casi un suicidio para los países europeos.

Como digo, el Reino Unido ha sido el último imperio europeo y la nostalgia de ese imperio es uno de los principales argumentos en favor del Brexit, pero ese imperio se acabó. Hoy el Reino Unido es una potencia nacional y el principal interlocutor de la Unión con los Estados Unidos. Su salida supondría la pérdida de estas dos ventajas.

La multisecular hegemonía europea debido a su superioridad económica (gozar, con EE.UU. y Japón, de las únicas economías industriales), tecnológica, política y militar, está tocando a su fin: ya hay economías industriales en todo el mundo, estamos perdiendo el tren de la tecnología (¿cuántas de las grandísimas empresas recientes de alta tecnología son europeas?); ya es un lugar común decir que Europa es un enano militar que descargó en la OTAN (y en definitiva en EE.UU.) la responsabilidad de defenderse.

Vista desde Europa, la salida del Reino Unido de la Unión Europea sería una desgracia, pues no solo perderíamos a una de las naciones más importantes de la misma, sino que se iría la que más ha defendido los principios de flexibilidad y apertura que se contraponen a la idea de «fortaleza europea». Sin el Reino Unido, la periferia europea quedaría excesivamente subordinada al binomio franco-alemán.

Pero si para Europa sería una desgracia, para el Reino Unido, a mi juicio, sería una catástrofe, y no solo desde el punto de vista económico (su principal socio económico es con mucha diferencia el resto de países de la Unión, que suponen el doble que EE.UU.), sino también desde el punto de vista político (se agravarían las tensiones separatistas de Escocia y también probablemente las de Irlanda del Norte e incluso Gibraltar). Pero, sobre todo, sería la más enorme contradicción de su secular política exterior: se iría de la Unión Europea y dejaría a su espalda, aunque debilitada, una potencia continental: la Unión Europea, que, si bien no amenazaría su independencia y soberanía, sí haría que su posición geoestratégica actual quedara extraordinariamente perjudicada.

Tanto si gana el Brexit como si gana el Bremain, el resultado británico afectará a nuestras próximas elecciones: o bien se fortalecería la Unión Europea y sería mayor el riesgo de quedarnos descolgados, o bien la Unión Europea quedaría debilitada y aumentaría la incertidumbre de nuestro futuro.

Eduardo Serra Rexach, exministro de Defensa y presidente de la Fundación José Ortega y Gasset-Marañón.

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