Brexit y catxit

La salida del Reino Unido de la Unión Europea y el intento de independencia en Cataluña han sido dos errores garrafales, producto del nacionalismo más primario. Los ingleses sólo ingleses estaban hartos de que Bruselas les diera órdenes, y los catalanes sólo catalanes, de recibirlas de Madrid. Error también de sus clases políticas, que no se atrevieron a enfrentarse a la pulsión nacionalista, y error de ambas intelectualidades al no advertir, como era su deber, de los males que seguirían. Los británicos alargan las negociaciones en espera de que los europeos se aburran, se olviden y puedan quedarse. Los catalanes, tras no ver cumplidas ni una sola de sus expectativas, se contentan con no ir a la cárcel en vez de proclamar la independencia, modestos que son, y quedarse como estaban, listos que son. Como en toda estafa, parte de la culpa es de sus seguidores por haberles creído, algo extraño en dos pueblos de buenos comerciantes, pero la primera reacción ha sido mostrar pesadumbre sin pedir responsabilidades y decir para su coleto «la próxima vez será». Los ingleses, más prácticos, buscan lo aprovechable que hay en toda debacle y, al negociar las fronteras con la UE, intentan equiparar las de ambas Irlandas con la de Gibraltar, o sea, abiertas de par en par. Espero que nuestros representantes estén avisados, no vayan a meternos el mayor contrabando gibraltareño desde que Moratinos aceptó el Foro Tripartito. Pero volvamos a Cataluña donde las lanzas se han tornado cañas y el secesionismo ha cambiado de libreto. Algo que debe alegrarnos, pero en modo alguno confiarnos.

Salga lo que salga de las elecciones del 21 de diciembre, su contencioso con España ha dado la vuelta. Lean ustedes su prensa seria –«La Vanguardia», «El Periódico»– y oirán el lejano tañer de campanas de difunto. Los optimistas dicen que la independencia tendrá que esperar, ya que, hoy por hoy, no se dan las condiciones para ella. Los pesimistas insinúan que pueden no darse nunca, ya que el mundo en general y Europa en particular no camina hacia la creación de nuevas naciones sino al revés, hacia los grandes bloques. Y camarón que se pierde, la corriente se lo lleva. Lo que me parece una actitud bastante más realista que la de la prensa madrileña, empeñada en averiguar qué hemos hecho mal nosotros para llegar a esto y quiénes han sido los culpables, entre los que Rajoy figura a la cabeza. El sol de la meseta, que se alarga este otoño, deslumbra y calienta el viejo cainismo ibérico. Lo que no impide un hecho fundamental: se han vuelto las tornas en ese contencioso centenario, con Cataluña no llevando ya la voz cantante, ni tener las mejores bazas ante una España pobre, retrasada y acomplejada como antaño. La Cataluña de hoy está siendo arruinada a la carrera por un nacionalismo anticuado, conducido por unas élites tan ambiciosas como ignorantes, cuyo mejor representante es Puigdemont, el presidente errante de una república simbólica, con un nacionalismo en desbandada, mientras España es el país que más crece de la UE, con empresas que compiten con las mejores, un alza espectacular del PIB y una de las expectativas de vida más altas, lo que le trae también problemas, como el pago de las pensiones, pero eso entra en el paquete.

Lo innegable es que, sea cual sea el resultado de las elecciones del 21 de diciembre, tendremos que afrontar no sólo el contencioso catalán, sino también el modelo territorial español, lo que significa cambios en la Constitución del 78, a la luz de las experiencias buenas y malas que hemos tenido en los casi cuarenta años que lleva vigente, muchos para un país que cambiaba de constitución como se cambia de chaqueta. Y no sería mala idea empezar por lo que hemos hecho mal, para corregirlo, y pasar luego a lo que hemos hecho bien, para potenciarlo. El primer gran error en el diseño de Estado partió de un acierto: admitir la pluralidad de España con unas Autonomías que debían agilizar el inmovilismo centralista imperante, como ha ocurrido. Pero nos pasamos cinco pueblos, o diecisiete para ser exactos. Si se le añade la escasa experiencia política del pueblo español, incluidos sus políticos, no debe extrañar que esas autonomías devinieran en soberanías en algunas comunidades, a las que se había concedido el rango de «históricas», como si las demás no tuvieran historia, lo que suena a chiste. Quiero decir que la primera providencia es dejar muy clara la diferencia entre autonomía –que corresponde a las Comunidades– y soberanía, que sólo tiene el conjunto del Estado, con atribuciones de éste que no pueden transferirse sin el visto bueno de la entera Nación. El segundo punto a dejar meridianamente claro es el de la igualdad de los españoles en todos los órdenes, desde el político al de oportunidades, pasando por los deberes y los derechos. Pues otro chiste macabro es que, habiendo alcanzado la plena igualdad con el resto de los europeos a través de la UE, dentro de España haya españoles con privilegios fiscales y políticos. De ahí que haya que eliminar tales exenciones por muchos títulos que se exhiban y más inmunidades que se aleguen. Estamos en el siglo XXI, no en el XI o, ni siquiera, el XIX. Sobre esos pilares, que no son otros que los de la democracia, debe descansar la «Segunda Transición», para la que pediría prestado a los norteamericanos su lema: E pluribus unum, «De varios, uno», que es donde reside la fuerza y prosperidad de las naciones. ¿Aceptan los catalanes participar en ese proyecto, en el que caben sus hechos diferenciales, como los de todos los españoles? Nos alegraría y seguro que podrían aportar el talento que tienen. Pero si se empeñan en separarse del que viene siendo su país, ya han tenido un adelanto de lo que les espera: aislamiento, huida de empresas, falta de inversiones, enfrentamientos internos y las peores compañías: extrema izquierda española, extrema derecha europea, Assange, Maduro y los rusos.

En cuanto al resto de los españoles, vamos a ver si finalmente hemos aprendido que democracia es responsabilidad, que ha faltado, sobre todo en la clase política. De verdadero milagro hemos llegado hasta aquí intactos. Pero volvemos a estar en un momento crítico de nuestra historia. Los cuarenta años de lavado de cerebro de los catalanes no van a revertirse en cuarenta días. Pero pueden, o deben, bastar para demostrarles que a Cataluña le va mejor dentro que fuera de España. Eso no quiere decir concederles prebendas, sino acallar el problema catalán por otros cuarenta años, algo que sólo se consigue sin ceder en lo fundamental ni dejarse llevar por el resentimiento o el odio, como ellos. Que los antisistema nos empujen al abismo no debe extrañarnos: viven del caos y se alimentan de la miseria. Pero que se les unieran los demás partidos, el PSOE en especial, advierte del daño causado a aquella sociedad y a buena parte a la española, como demuestra el frágil apoyo al Gobierno en asunto tan grave. Aunque vista su equivocación –menor que la de los secesionistas, pero en la misma línea– están rectificando. Será la oportunidad de ver quién es un estadista o un vulgar político de partido. Para explicarlo no necesitaré una Tercera, me bastará una «postal». E incluso, un nombre.

José María Carrascal, periodista.

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