Brindis al sol

Por J. M. Ruiz Soroa, abogado (EL CORREO DIGITAL, 06/09/06):

La proyectada instauración en la enseñanza de la Educación para la Ciudadanía ha suscitado en nuestro país una cierta polémica, instigada por la derecha más cerril, acerca de si el Estado tendría derecho a educar a la juventud en tal cuestión (‘adoctrinarla’, dicen con bastante cinismo nuestros pseudoliberales). No merece la pena perder ni un minuto en esta polémica, puesto que el derecho y la obligación del Estado de educar a sus miembros (y educar no se agota en enseñarles matemáticas) no pueden ser siquiera cuestionados, de puro evidentes que son.

En cambio, la cuestión de la Educación para la Ciudadanía presenta otros ángulos de verdadero interés para la reflexión, en concreto los que hacen referencia tanto a la necesidad como a la posibilidad de esa educación. Y, para abordarlos con alguna amenidad, permítanme que utilice un desvío argumental y haga uso de un hecho que los medios han destacado ampliamente en este último año: el del ascenso del índice de aceptación en EE UU de la doctrina del ‘diseño inteligente’, es decir, de una doctrina carente de la más mínima base científica pero que se presenta por los sectores más religiosos y conservadores como alternativa a la teoría darwiniana de la evolución.

Más de la mitad de la población estadounidense acepta esta idea y rechaza la teoría evolucionista, por mucho que ésta tenga el respaldo de la ciencia. Estamos ante una aparente paradoja inexplicable: una parte sustancial de la población de la sociedad más tecnificada del mundo (una tecnificación que lo debe todo a la ciencia) hace compatible, sin aparente dificultad, esa tecnificación con la más profunda descreencia en las verdades científicas que la sustentan. Muchos ciudadanos creen en el ‘diseño inteligente’, en la parapsicología, en los ovnis, en el eterno retorno, en la no existencia del mundo físico , y lo pueden hacer porque, a pesar de ello, no pasa nada. Cuando se levantan por la mañana y oprimen el interruptor se hace la luz, aunque ellos no crean en las verdades científicas que respaldan la electricidad. Es el aparente misterio de una sociedad infiltrada por la llamada ‘razón instrumental’: la creencia en la ciencia no es necesaria para que la técnica funcione, basta con seguir las reglas externas prescritas: para tener luz hay que oprimir el interruptor, en lugar de practicar una danza mágica. Basta con esa mínima colaboración, de forma que la sociedad en su conjunto puede seguir instalada en creencias internas profundamente contradictorias con los fundamentos básicos de la técnica. No pasa nada.

Pues bien, resulta que en la política democrático-liberal sucede algo parecido. El sistema liberal no exige al ciudadano casi nada: desde luego no le exige adhesión intelectual a sus valores fundadores, ni que crea en los fines virtuosos para cuya consecución trabaja. Es compatible con el extendido ‘cinismo democrático’, que abomina de los políticos y de su actuación práctica. El sistema sólo le pide al ciudadano que respete unas mínimas reglas de conducta y que exprese periódicamente sus preferencias entre unas elites que compiten por su voto. Que lo haga competente y virtuosamente, o que lo haga con desgana y dejadez, esto es indiferente. El sistema se encarga de transformar las conductas personales guiadas por el interés propio en una resultante socialmente positiva. Así, la democracia real en que vivimos es el fruto inintencional de muchos comportamientos individuales egoístas y descuidados. Es el diagnóstico terrible de Joseph A. Schumpeter, que no está muy lejos de lo que afirmaba un siglo antes Immanuel Kant: si se aceptan las reglas y constricciones racionalmente derivadas de un egoísmo individual limitado, «hasta un pueblo de demonios viviría en armonía».

Contra este juicio descarnado es contra el que se rebela parte de la teoría política democrática moderna, precisamente la que está detrás de iniciativas como la Educación para la Ciudadanía. Puede ser, admiten los comunitaristas o republicanos, que la democracia a que hemos llegado en la historia sea sólo fruto de un sistema liberal basado en el comportamiento interesado y egoísta (ilustrado) de los ciudadanos. Pero esa democracia no podría sostenerse a la larga si los ciudadanos no interiorizan las virtudes o valores en que se funda, si no sienten efectivamente en su interior un amor por la ‘libertad igual’ que intenta conseguir la república. No basta el respeto a las reglas, dicen, es necesaria además la motivación psicológica interna, es necesaria la virtud cívica. Conclusión de la que se transita muy fácilmente al corolario práctico: si es necesaria la virtud cívica, hay que enseñarla.

Sin embargo, como puede apreciarse, es el principio mismo de la necesidad de esa virtud cívica el que es más que discutible. Pues una cosa es la simpatía inmediata, incluso el entusiasmo que suscita a cualquier persona con fuste democrático la idea de una virtud cívica propagada por la sociedad, y otra muy distinta es dejar que nuestro juicio histórico y analítico se nuble por ese entusiasmo: la democracia realmente existente (otra cosa son las ‘democracias normativas’ en que muchos sueñan) nunca ha requerido de una adhesión virtuosa de los ciudadanos para llegar a existir, más bien es fruto del encauzamiento inteligente de sus defectos. Dicho en términos más prosaicos, ¿cuándo recibimos nosotros, los de la generación que peina canas, las clases de ‘educación cívica’ que reclamamos ahora para nuestros nietos? ¿Cómo llegamos a la democracia sin tales clases, si tan imprescindibles son?

Esta constatación conecta de inmediato con una ulterior reflexión: ¿Cómo podría la sociedad -a través del Estado- enseñar algo de lo que carece? Porque ésta y no otra es la cuestión que está debajo de las preocupaciones por la virtud cívica de tantos analistas actuales. La cuestión de que, en nuestras sociedades, no se practican las virtudes o valores del civismo, el desinterés, altruismo, patriotismo, excelencia y tantas otras que se consideran deseables (o, por lo menos, no están generalizadas). La cuestión de que las sociedades capitalistas, como decía Cornelius Castoriadis, han hecho emerger un tipo de persona empobrecido en lo público, amputado de aquellas dimensiones que no hagan referencia al privatismo hedonista. Y contra esto es realmente contra lo que se rebelan nuestros republicanos: desean fervientemente un mundo poblado por otra clase de personas. Lo que piden, realmente, es otro modelo antropológico. Ésa es su grandeza, pero también su inconsecuencia porque nunca una sociedad podrá cambiar el modelo de ciudadano que ella ha producido si antes no cambia ella misma (un cambio que, desde luego, no se limita a sus modelos culturales). Dicho de otra forma, ninguna sociedad podrá educar a sus generaciones de recambio en valores distintos de los que ella misma practica, por la sencilla razón (que siempre se ha sabido, por lo menos desde Aristóteles) de que la virtud no se enseña con textos (‘haz lo que digo’) sino con ejemplos y modelos (‘haz lo que hago’).

Venga con la nueva asignatura, que desde luego no hará daño a nadie. Pero seamos conscientes de que es poco más que un hipócrita brindis al sol en tanto no abordemos en profundidad la cuestión de fondo, la de si queremos cambiar (por qué y cómo) el modelo de sociedad en la que vivimos. Que no está nada claro.