Brindis por la Corona en el día de Reyes

En esta España nuestra tan convulsa, quienes buscan continuas excusas para pelearse, lejos de darse un respiro con motivo de las Navidades y disfrutar de la siempre alegre Epifanía, están de nuevo a la gresca con motivo de las consecuencias de las nevadas sin precedentes ocurridas estos días atrás.

De poco ha servido la tregua navideña para apaciguar los ánimos. Ni los villancicos -con su invitación a la esperanza y la concordia- ni la llamada a renovar las ilusiones más genuinas que evocamos en la festividad de los Reyes Magos han conseguido darnos un minuto de respiro. Incluso se ha puesto de moda que las tradicionales cabalgatas conmemorativas sean utilizadas ahora como arma arrojadiza por quienes dicen defender una diversidad que estamos descubriendo es sinónimo de divisiones y enfrentamientos sociales crecientes.

Sin embargo y aunque informativamente haya pasado ya a un segundo plano, la inusual imagen que nos ha brindado este año la celebración de la Pascua Militar (la primera que se celebraba en presencia de dos Reyes de España en sus 236 años de historia) no debería ser pasada por alto por el significado trascendente que conlleva.

La estampa que contemplamos el pasado 6 de enero en el Salón del Trono ratificaba con toda solemnidad la utilidad y el sentido de la monarquía en momentos decisivos de nuestra historia reciente. No pueden decir lo mismo otros poderes e instancias del Estado, cuya ejecutoria, talento para la anticipación y capacidad resolutiva han dejado mucho que desear en estos últimos años. Qué decir de quienes han puesto a la Corona en su punto de mira para alcanzar una Arcadia republicana que se nos antoja una añagaza para debilitar a España y sumirla de nuevo en un mar de calamidades.

Porque, muy por encima de los acontecimientos que ensombrecieron los últimos años de su reinado, resulta incuestionable desde cualquier punto de vista que la restauración de la monarquía en la persona de Juan Carlos I trajo aparejada una inusual sintonía con el pueblo español que, bajo su tutela, llevó a cabo una transición modélica hacia la democracia, motivo de orgullo y admiración propia y ajena. A este logro histórico se sumó la incesante actividad internacional de la Corona, que resultó capital para dar a España un nuevo papel en el panorama mundial, donde nuestro país brilló con luz propia y fue referente para otras naciones de habla española, que se aprestaron a reconocer en Juan Carlos I una figura esencial en la que asentar el peso de una hispanidad renovada. El hecho de que fuera el propio Rey quien sofocara la intentona que pudo dar al traste con el mayor proyecto de reconciliación nacional de nuestra historia contemporánea, afianzó su figura y con ella el papel de la institución que encarnaba.

De ahí que cualquier esfuerzo por menoscabar su reinado, acentuando errores, palidezca frente al balance de una magistratura plagada de logros y aciertos que redundaron en beneficio de España y de los españoles. Incluso en su último gran servicio como Rey, la monarquía de Juan Carlos fue también la primera institución (y en no poca medida la única hasta el momento presente) en atender las crecientes demandas de renovación que reclamaba la sociedad española para, de manera voluntaria, abdicar la Corona en el momento más oportuno. Tampoco en esto pueden sacar pecho quienes desde entonces se han aferrado a sus puestos dificultando el camino y primando sus intereses personales. De ello hay referentes sobrados entre lo que se ha venido llamando Vieja y Nueva Política, aspecto sobre el cual a fecha de hoy no hemos podido encontrar excesivas diferencias entre quienes dicen representar una u otra.

La llegada al trono de Felipe VI se produjo en un momento de grandes incertidumbres, desasosiego y crispación. Los devastadores efectos de la recesión económica y la corrupción de los partidos cristalizaron en un inquietante descontento social y en la emergencia de fuerzas políticas cuyo principal objetivo era desestabilizar el sistema nacido en 1978. Amparadas en la financiación de regímenes antidemocráticos, con sus mensajes bien engrasados por determinadas terminales mediáticas (que posteriormente se multiplicaban de manera exponencial en las redes sociales), la democracia española pareció estar en serio peligro por vez primera desde el infausto 23-F.

No era fácil el papel del nuevo Rey en esas circunstancias. La España plenamente integrada en el concierto de las naciones no era ajena al clima de crispación que se vive en las sociedades desarrolladas ante los nuevos desafíos de todo tipo a los que se enfrentan. Felipe VI debía caminar sobre el mismo alambre por el que lo hizo su padre, pero ante un panorama bien diferente. Juan Carlos I contó con un público que contenía la respiración ante una etapa inédita, pero que asistía ilusionado a la evolución de los acontecimientos en un clima marcado por el optimismo. Felipe -aun siendo sin duda el rey más preparado de la historia de España- lo hacía sin embargo en medio del escepticismo de unos y la larvada animadversión de otros en un ambiente de abatimiento generalizado. En esas circunstancias, cualquier tropiezo, por pequeño que fuera, podía llegar a ser fatal, si antes no conseguía ganarse la legitimidad por derecho propio que la exigente ciudadanía de hoy reclama.

El inicio de su reinado fue -por tanto- de una enorme complejidad, en buena parte por enfrentarse a una situación novedosa en la que no resultaba posible encontrar ejemplos precedentes en los que ampararse. La irrupción de nuevos partidos en el Parlamento nacional y la renuncia de Mariano Rajoy a llevar a buen término su encargo de formar gobierno, pudieron significar un vuelco político de consecuencias impredecibles, que afortunadamente no se produjo. En última instancia, la celebración de nuevos comicios vino a resolver de manera precaria la situación, aún a costa de paralizar la normal actividad del país, entre ellas las acciones e iniciativas del Rey en el exterior, que tuvieron que anularse o posponerse. Las prioridades del Monarca eran las mismas que las de su nación, de la que apenas se separó, excepto para cumplir con sus obligaciones institucionales inexcusables.

Por si lo anterior no fuera un reto suficiente, la debilidad política que presentaba el régimen del 78, fue aprovechada por el nacionalismo catalán para intentar una vez más su propósito rupturista con la misma determinación de antaño, si acaso esta vez de forma más ruin y desleal, al quebrantar el pacto constitucional que daba amparo a su propia existencia con argumentos falaces y torticeros que no resistían el menor análisis, pero que no les disuadió de frenar en su alocada carrera por arrastrarnos a todos al abismo.

La sensación de orfandad de los españoles en los días que siguieron a la singular -y vergonzante- proclamación de la llamada “República catalana” ante un gobierno de la nación desaparecido, brindó sin embargo la oportunidad de que el nuevo Rey se legitimase en el papel de la institución que encarna. Lo hizo acertando de pleno con un discurso en el que ni faltaba una palabra ni sobraba una coma, defendiendo la legalidad vigente, comprometiéndose con la constitución, la democracia y los intereses generales de España y los españoles, cuyos sentimientos mayoritarios se vieron arropados y respaldados por el monarca.

En ese discurso memorable, Felipe VI marcó un punto de inflexión en el ánimo de la inmensa mayoría de la sociedad, propiciando el resurgir de un sentimiento nacional de pertenencia carente de complejos, deseoso de encauzar un proyecto común,en el que las particularidades no asfixien lo que nos une de forma abrumadora. Una comunión, por cierto, que va mucho más allá de la propia democracia y que encuentra sus raíces en muchos siglos de historia compartida y está construida sobre basamentos difíciles de quebrar por mucho ahínco que algunos pongan en el empeño.

Debe ser pues motivo de alegría el que con la Pascua militar de este año se inicien unas más que merecidas conmemoraciones por el octogésimo cumpleaños de Juan Carlos. A ello se unirá el que en pocas semanas Felipe VI alcanzará la cincuentena, la plenitud de la vida, preparado y dispuesto para afrontar los problemas que nos aguardan en el horizonte inmediato en el marco de sus atribuciones constitucionales. Por último, 2018 marcará el cuadragésimo aniversario de la propia Constitución, que –con todas sus carencias e indefiniciones- no ha dejado de ser “el gran pacto de convivencia entre los españoles sobre el que se asientan nuestros derechos y libertades y nuestro progreso económico y social”, en palabras sacadas del último discurso del Rey en el Palacio de Oriente.

Por todo ello, y a pesar de que la actualidad informativa seguirá devorando acontecimientos a medida que avance el calendario, no es poca cosa empezar este año sabiendo que la sucesión en la Jefatura del Estado ha funcionado a la perfección, que la monarquía en España sigue representando un papel imprescindible y que el actual monarca sabe estar a la altura de las circunstancias históricas que nos han tocado vivir. Felicitémonos y brindemos en este tiempo de celebración pascual que los Reyes han conmemorado junto a la gran familia militar, integrada hoy por hombres y mujeres que representan lo mejor de España.

Antonio Camuñas es presidente de Global Strategies y consejero de EL ESPAÑOL.

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