Britania real

Diez días y un mundo después (porque Bin Laden ya no está), merece la pena reflexionar con sosiego sobre la boda real en Londres. Fue «nuestra última revolución», dicen los historiadores. A partir de 1689, la Monarquía parlamentaria británica es algo más que una simple forma de gobierno. Yo diría que es la genuina expresión constitucional de una sociedad civilizada. Un ilustre tratadista, sir Walter Bagehot, habla de un esquema dual: partes «solemnes» (la Corona y la Cámara de los Lores) y partes «eficientes» (el Gabinete y los Comunes). Ante todo, las manners: usos sociales, convenciones y símbolos propios de una democracia ceremoniosa. Recuerdos históricos por acumulación. Entre los más antiguos, Guillermo el Conquistador en Hastings: normandos contra anglos y sajones, dura competencia plasmada por manos expertas en el famoso tapiz de Bayeux. Grandes textos jurídicos: la Magna Carta, el Bill of Rights, el Acta de Establecimiento… Trustes el concepto clave, porque apela a la confianza de los ciudadanos en un gobierno representativo. Aquí aparecen los autores más influyentes en la historia del pensamiento político: John Locke, Edmund Burke, John Stuart Mill… Si bien se mira, la política es un invento de los griegos adaptado por los ingleses a las exigencias de una sociedad moderna. ¿Problemas? Todos los que ustedes quieran y unos cuantos más: explosión de la sociedad de masas, a veces incontrolada; inquietud ante el proceso de integración europea; desequilibrio territorial, apaciguado a base de la «devolución» a Escocia y Gales, y de pactos en Stormont para el Ulster, aunque preocupa el auge del nacionalismo en el Parlamento de Edimburgo.

Crujen, pero resisten, algunos pilares de esa Constitución que no se puede llevar en el bolsillo. Un buen ejemplo: recuerden que hace poco dimitió el speaker de los Comunes, secuela del escándalo ante las retribuciones complementarias (legales, pero ilegítimas) de los parlamentarios. Democracia mediática: un gran triunfo para The Daily Telegraph, equivalente londinense de nuestro ABC. ¿Ética pública? Mejor con diferencia que en otros países, pero lejos de las pautas exigidas por informes muy elogiados en su momento. Tampoco el modelo bipartidista funciona a la vieja usanza. Por fortuna, se mantiene tras el referéndum el (envidiable) sistema electoral mayoritario con distritos uninominales. Pero los ingleses saben que la libertad no es hija de la retórica grandilocuente, sino del interés racionalizado. Con esa mentalidad, acaso aburrida y utilitaria, aportan a la historia del régimen constitucional algunas piezas exquisitas. La principal, por supuesto, se llama Monarquía parlamentaria. Los españoles sabemos muy bien cuántas ventajas ofrece para la convivencia en paz y libertad. También los belgas, los holandeses, los suecos y algunos otros europeos con alto nivel de desarrollo. Por algo será. Por cierto que también podría ser útil en las circunstancias confusas que se anuncian en otras orillas. Tiempo al tiempo.

Hablemos de la Monarquía. Guillermo y Kate, protagonistas: los medios británicos son imbatibles a la hora de fabricar fenómenos de alcance universal. Cada uno a su manera, y sólo por decir algo: The Beatles, lady Diana, los Beckham… En Derecho inglés, la Corona equivale al Estado, que se identifica en las islas con una forma política más bien antipática, vinculada con el absolutismo y la concentración del poder. Si seguimos al gran Maitland, la Corona es una corporación que vertebra los diferentes poderes: la Reina actúa en «su» Consejo, en «su» Parlamento, en «su» Tribunal. Los sutiles equilibrios del régimen parlamentario funcionan a la perfección. La solemne ceremonia de apertura en Westminster ofrece una lección magistral de la mejor hipocresía política: los que no mandan, presiden; los que gobiernan, escuchan de pie. ¿Y qué me dicen de aquella fórmula de promulgación de las leyes en francés medieval? Reza así desde el tiempo de los normandos: «le roy/la reyne le veult». Guardan también las apariencias en la gestión de los rescoldos de un Imperio que ya se fue, pero sólo a medias. La «relación especial» con los Estados Unidos permite mantener la ficción de un orden global de matriz anglosajona, lógica consecuencia de una inteligente política exterior que sigue sin reparos a la superpotencia universal. Las colonias históricas asumen los beneficios de unas elites educadas en el respeto al imperio de la ley. A estas alturas, ya no se preguntan, como el personaje de E. M. Forster en Pasaje a la India, si es o no es posible mantener relaciones de amistad con un inglés. Están convencidos de que, a la larga, hay cosas mucho más importantes…

La Corona es una magistratura de autoridad. Carece de potestades en sentido material, aunque formalmente ejerce la «prerrogativa» del Ejecutivo y otorga fuerza de obligar a las manifestaciones de voluntad de todos los poderes. Por eso es fundamental el prestigio, la ejemplaridad, el buen hacer de los miembros de la Familia Real. En ese espejo ideal se contemplan los ciudadanos de toda naturaleza y condición. Ingleses, escoceses, galeses y otros más lejanos. Nobles, plebeyos o miembros de las infinitas clases medias. Lectores sesudos de la prensa seria y ojeadores de tabloides sin mayor pretensión. Doctores por Oxford o Cambridge y alumnos de las peores escuelas en algún barrio industrial. Ingenieros por Southampton o mecánicos en un taller de coches. Amantes del cricket y hooligansde los fondos norte o sur. Damas y caballeros de Ascot o parroquianos del pub de la esquina. Anglicanos oficialistas, católicos de Downside School, minorías no conformistas o indiferentes religiosos al uso del siglo actual. Britania real, en todos los sentidos posibles. Unos y otros contemplan satisfechos los avatares de la dinastía. ¿Hay republicanos? Exagero un poco, pero creo que el último fue Oliver Cromwell, y ya conocen el resultado… Así que la Corona sigue ahí, la historia se vive con orgullo y las palabras del Rey generan películas con encanto. Más aún, las debilidades humanas convierten a las esfinges en personas de carne y hueso. Otra vez el milagro de la Monarquía contemporánea, capaz de integrar la legitimidad tradicional en un esquema positivista. La pregunta es: ¿durante cuánto tiempo?

Un buen profeta sabe que el espíritu predomina sobre las palabras que se lleva el viento. Por eso, es fácil vaticinar que la Corona británica gozará de buena salud a lo largo de las próximas generaciones. «Ukania» es así, afirma un escritor político reciente, Ferdinand Mount, con un término inspirado por la «Kakania» autro-húngara. Porque el sistema evoluciona mucho más de lo que parece y más de lo que les gustaría a unos pocos radicales, a veces ruidosos. Tuvimos espectáculo de los buenos, y disfrutamos con las imágenes de la boda y con los comentarios respetuosos. Nadie hizo caso de los zafios y los groseros: no merecen ninguna atención. Muchas felicidades a los novios. También a los amigos británicos. ¡Larga vida a la Corona!

Por Benigno Pendás, catedrático de Ciencia Política, Universidad CEU San Pablo.

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