Brûler n’est pas répondre

Cualquiera diría que las diversas familias de la izquierda coinciden en querer promocionar el aniversario de la publicación de El primer naufragio, que celebraremos el mes que viene, esmerándose en reproducir algunos de los comportamientos más aparatosos de sus ancestros revolucionarios franceses.

La imagen de Sánchez Gordillo, dirigiendo megáfono en mano el saqueo del hipermercado, no fue sino el trasunto de la de Marat incitando desde su periódico al pillaje, el mismo lunes 25 de febrero de 1793 en que tuvieron lugar los asaltos masivos a los comercios parisinos. Es de agradecer que el alcalde de Marinaleda tuviera el detalle de no pedir que Juan Roig y los directivos de Mercadona fueran ahorcados a la puerta de sus establecimientos, tal y como L’Ami du Peuple propuso hacer con los «acaparadores».

Vinieron después los argumentos de Llamazares justificando un acto «simbólico» consecuencia de una «situación dramática», tal y como hizo el cura rojo Jacques Roux cuando alegó ante el Consejo General de la Comuna de París que, en definitiva, se había obligado a los comerciantes «a restituir al pueblo lo que le estaban haciendo pagar de más desde hace tiempo».

Teniendo en cuenta que los abertzales piden -y consiguen- la libertad de odiosos asesinos, carceleros y torturadores con apelaciones emocionales, y hasta «humanitarias», similares a las que se invocaban para garantizar la impunidad de los autores de las «masacres de septiembre»; y que esa metamorfosis del 15-M llamada Marea Destituyente está promoviendo cercar el Congreso con los diputados dentro, tal y como hicieron las secciones más radicales de París para consumar su golpe de Estado, ya sólo faltaba que Rubalcaba remedara la huida hacia delante de Danton para eludir la rendición de cuentas en un caso grave de corrupción.

Pero al igual que ocurría con el Mirabeau de los desagües, Rubalcaba no defrauda nunca. Después de más de una semana de silencio, su reacción al caso Interligare fue digna émula de la de Danton cuando, tras esconderse unos días en París, no tuvo más remedio que afrontar ante la Convención las acusaciones de haberse enriquecido durante la ocupación de Bélgica. Uno y otro aplicaron el principio de que la mejor defensa es un buen ataque, arremetiendo contra sus denunciantes, con una significativa diferencia: Danton cargó en tromba contra los diputados moderados, dedicándoles epítetos como «vil canalla» y amenazas del tenor de «la Montaña os aplastará»; y en cambio Rubalcaba prefirió cebarse en el mensajero, tildando de «bazofia» y «mentiras» las revelaciones de EL MUNDO y lamentando tan sólo que el PP «les dé pábulo».

En realidad, más que imitar a Danton, Rubalcaba estaba clonándose a sí mismo pues de todas las palabras del Diccionario fueron esas mismas dos -«bazofia» y «mentiras»- las que empleó en abril del año pasado para escabullirse de dar explicaciones sobre el contenido de las actas de la negociación con ETA, divulgado en esclarecedora exclusiva por Ángeles Escrivá. Aquellos documentos revelaban entre otras lindezas que su enviado personal, el infame Gómez Benítez, calificaba de «accidente» la detención de etarras vinculados a la trama de extorsión, presentaba como mérito del Gobierno el chivatazo del Faisán e interpretaba la promoción del propio Rubalcaba a Interior como prueba de la determinación de «blindar el proceso».

Pero catalogar los documentos de la banda a) como una «mezcla de heces, sobras o desechos de comida», b) como una «cosa soez, sucia y despreciable» y c) como una «comida poco apetitosa» -que ésas son las tres acepciones de «bazofia»- está al alcance de cualquiera: mientras ETA lleve capucha se le podrá decir de todo. Sólo un cínico de muchos quilates es en cambio capaz de despachar de igual manera un informe judicializado, elaborado por la Brigada de Delincuencia Económica, con abundantes elementos testificales y documentales, siendo ministro su adlátere Antonio Camacho.

Así como Danton logró destruir las pruebas de su venalidad -el atestado sobre la requisa de un carro cargado de objetos fruto de la rapiña en Bélgica- y sumergir las acusaciones contra él en el maremoto del golpe de Estado jacobino, Rubalcaba no va a tener medio humano de impedir que la Justicia siga su cauce y, antes o después, su director general de Infraestructuras, el tal Luengo, quede imputado por graves delitos relacionados con el desvío de hasta 4 millones de dinero público a la empresa de sus hijos y colegas. En ese momento no le servirá de nada echar los pies por delante y le tocará responder a la clásica tríada de preguntas que sirve de puente entre la responsabilidad penal y la política: ¿qué sabía el ministro, cómo lo sabía y desde cuándo lo sabía?

Tampoco podrá impedir que durante la instrucción del sumario afloren los testimonios de los antiguos empleados de Interligare que sostienen que desde Génova 15 se espiaban mediante sofisticados medios electrónicos las conversaciones que tenían lugar en los despachos de Génova 13. Y a ver cómo explica entonces la coincidencia en el tiempo de tan sospechosa vecindad con las denuncias de Cospedal y sobre todo con su propio alarde ante Floriano.

En su comparecencia asturiana Rubalcaba tuvo el acierto de utilizar la palabra «psicopatología» poco después de haber hablado de «mentiras». Invito a los lectores a recordar el episodio, también de marzo del año pasado, cuando desmintió que la juez Cillán le hubiera dado un ultimátum de 10 días para entregar documentos relacionados con los tedax del 11-M y se encastilló en el sostenella y no enmendalla a pesar de que EL MUNDO reprodujo negro sobre blanco el requerimiento judicial. ¿Cuál era el problema de fondo? Que además de a la juez y a la opinión pública, Rubalcaba estaba engañando al propio Zapatero, asegurándole en vano que colaboraba puntualmente con la Justicia.

Rubalcaba tiene, en efecto, una adicción compulsiva a la mentira como palanca para conquistar o conservar lo único que le importa en esta vida: el poder. Se trata de una enfermedad moral que se ha hecho crónica hasta tal extremo de que después de mentir tantas veces sobre los GAL y los fondos reservados, sobre las negociaciones con ETA y el Faisán o sobre la investigación policial del 11-M, casi era imposible que reaccionara al caso Interligare diciendo alguna verdad. No está en su naturaleza.

Rubalcaba sabe por experiencia que, como bien le enseñaron a Alicia, tener el poder incluye la capacidad de determinar el significado de las palabras. De acuerdo con su neolengua orwelliana en la que lo falso es lo cierto y a la viceversa, con «las mentiras» divulgadas por «un determinado medio de comunicación» -o sea EL MUNDO- sobre él «se podría llenar la Biblioteca de Alejandría». Puesto que en un Estado de Derecho son los tribunales los que ponen y quitan razones, basta ver lo que han ido diciendo las sucesivas resoluciones judiciales sobre todas esas noticias que le afectan -incluidas por supuesto las muy «veraces» sobre la manipulación policial del 11-M por personas próximas al clan de Interligare- para tener la tranquilidad de que las hemerotecas pondrán siempre en su sitio a este trujimán sin escrúpulos. De ahí que, como bien ha señalado Floriano, «la mayoría de los españoles» le crea «capaz» de montar escuchas ilegales: quien hace un cesto, hace ciento.

Claro que eso también puede tener remedio desde su sectario punto de vista. ¿Por qué entre todas las metáforas posibles sobre un recinto grande, un espacio de almacenamiento o una colección de cosas Rubalcaba recurrió precisamente al lugar en el que se acumulaba todo el saber de la Antigüedad? La senadora, especialista en historia clásica y colaboradora de EL MUNDO en Baleares Gari Duran dio el otro día en la diana a través de un tuit que tuvo mucho eco en la red: «Rubalcaba compara a EL MUNDO con la Biblioteca de Alejandría. Espero que no prenda fuego a la redacción por seguir con el símil».

No es un incendio físico, pero sí virtual, el que Rubalcaba trata de alentar con esas declaraciones desabridas que retratan su mal talante. Lo que busca es que la memoria de las acciones reprobables que cabe achacarle como autor o encubridor sea pasto de las llamas del maniqueísmo de una izquierda a la que, con un ritmo u otro, sólo empuja hacia la confrontación. A falta de razones, ardan las descalificaciones. Que la verdad dependa de que la diga un Agamenón adicto o un porquero desafecto. Que volvamos a los tiempos en los que lo que publicaba Diario 16 -también sobre escuchas ilegales- era «basura amarilla fruto de la descomposición intestinal» o en los que el director de EL MUNDO merecía la misma descalificación escatológica que Aznar y Anguita.

Allá los militantes socialistas si siguen dispuestos a convertir los años de Zapatero en un mero paréntesis entre dos etapas de felipismo puro y duro. Deberían recordar que la primera vez la Historia se desarrolla como drama y la segunda sólo como farsa. Ni siquiera en una situación límite de tensión extrema confiarían los españoles en un personaje como Rubalcaba. La intención de voto del PP caerá más o menos, pero la del PSOE seguirá estancada mientras no afronte la renovación de su liderazgo.

Hasta que ese acontecimiento que el sentido común dicta como inevitable no se produzca, es decir mientras este individuo siga siendo el jefe de la oposición, habrá que recordarle que el principio de accountability en el que se basa el sistema democrático empieza por uno mismo, de forma que difícilmente podrá exigir explicaciones a los demás quien no las da sobre lo que le atañe. A esos efectos, quedarse en las llamaradas pirotécnicas de la «bazofia» y las «mentiras» es como si Rubalcaba siguiera sin abrir la boca sobre el caso Interligare. Porque como le dijo Camille Desmoulins a Robespierre cuando este propuso resolver sus diferencias mediante la quema de los números más polémicos de Le Vieux Cordelier -espero contar algún día con detalle esa crucial encrucijada para la libertad humana-: «Brûler n’est pas répondre».

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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