Brutal, como la vida

Cuando salí del cine después de ver Amor de Michael Haneke me conjuré en la idea de que no escribiría ni una línea sobre ese filme que me había hecho cómplice de una historia hermosa, sórdida, brutal. Tanto, que no sabía muy bien si deseaba salir lo más rápido posible y no hablar de ella, porque como espectador había pasado por momentos en los que deseaba un respiro, una pausa sin publicidad, como un ruego al director Haneke: permítame. caballero, un respiro porque lo estoy pasando muy mal, y tampoco puedo retirar la mirada de la pantalla, que me tiene enganchado y sufriente.

En mi vida de cinéfilo penitente hay muchas películas que trataré de no volver a ver nunca más. Me refiero a las magníficas, a las que han dejado una señal imborrable en la memoria. La noche del cazador, Campanadas a medianoche, Crónica familiar, incluso Nunca pasa nada, o una olvidadísima de Jules Dassine que me dejó sin habla durante días, El que debe morir, basada en el Cristo recrucificado de Kazantzakis, que entonces yo no sabía ni quién era, y que contemplé transido en un cine de Oviedo con menos espectadores que acomodadores.

Me hace gracia cuando los escritores dicen eso de que somos hijos del cine. Mentira. Somos “productos” del cine, del rey, el señorito, el dominante. Hay un paralelo entre “dónde se pone la cámara”, ese dominio del talento, y cómo se construye una frase, esa antigualla que aún mantiene la literatura. Nunca entendí por qué el cine no se incorpora a las enseñanzas básicas; es tan importante como la caligrafía. Los gustos cinéfilos nos definen tanto más que la letra de pendolista.

Intenté huir de Amor pero no pude. Desde que salí del cine no pude quitármela de la cabeza. Esos dos octogenarios que se enfrentan al final de su vida ordenada y burguesa, parisina por más señas, inconfundible. Habitan en un piso señorial, con muchas puertas y muchas habitaciones, conforme a la condición de profesora de piano, gran nivel, que es ella, y posiblemente un marido dedicado al siempre lustroso ramo de la abogacía o el alto funcionariado; ni está precisado ni es menester.

Una vida ordenada. Conciertos, buen gusto en los cuadros, libros encuadernados y leídos, muebles con carácter; equilibrio. La burguesía que consolidó la República Francesa –o por mejor decir, todas las repúblicas– siempre fue discreta, una especie de Institución Libre de Enseñanza; gente normal, culta, nada agresiva, consciente de que la inteligencia concede placer, no poder. Son los otros, los virulentos, los que exageran.

Dos viejos se encuentran en la tesitura del dolor y la enfermedad. Todo era normal, burgués, controlable, y de pronto se dispara. Aparece el fantasma del deterioro físico y mental, y un marido debe afrontar la decadencia absoluta de una mujer, brillante pianista, que se va convirtiendo en un guiñapo. Fíjense en el detalle. Le hace prometer que nunca volverá a un hospital, que quiere morir en su casa, donde vivió siempre y que además perteneció a la abuela, distrito elegante del París eterno. Los hospitales siempre fueron el sueño obrero; un lugar donde te cuidan y hay luz y comes todos los días sin necesidad de gritar. Los historiadores han denominado a eso con unas palabras preciosas, casi metafóricas, “Estado de bienestar”. Simplificadamente: ser tratado como persona y no como fuerza de trabajo.

No es fácil quitarse de la cabeza las imágenes de Amor, ese hermoso título entre preciso y sarcástico del filme de Haneke. El chispazo de la enfermedad que es como lo imprevisto en la historia. Eso que mucha gente traduce en ¿por qué habría de pasarme a mí? La hija, educada en la alta clase preocupada por el interés, simple y compuesto, del piso que va a heredar. Dos actores, y algunos secundarios, incluido un español, el portero digno, que en apenas dos frases ocupa un lugar estelar en este filme durísimo.

Dos actores. Trintignant, Jean-Louis, 82 años, un veterano de la gran escena. Le recuerdo, imborrable, en Z de Costa Gavras. De esos actores a los que les basta estar para interpretar. Son y están, eso es todo; un privilegio. Y ella, Emmanuelle Riva, 86. La había olvidado desde el Resnais de Hiroshima mon amour, cuando yo era adolescente y ella una dama chapada a la antigua. ¡Un recital! Difícil, nada de “bel canto”. El deterioro de una mujer abocada a la muerte y el de un marido cumplidor que acepta asumir hasta el último acto, definitivo.

Amor y muerte, Freud escribió de esto pero no tenía ni idea de lo que luego vendría, lo suyo era reflexión en frío. Siempre me tentó escribir algo sobre el gran Freud el día que detectó que su perro, el afecto animal hecho a su amo, le rechazó porque su aliento olía a muerto, cáncer de laringe. Eso es el filme de Haneke, aceptar servir hasta el último momento a la persona que amas, sin la que no te cabe en la cabeza poder vivir sin compartir su música Schubert, siempre Schubert, esa obsesión de Haneke sobre aquel compositor feo, borracho y sifilítico capaz de hacer la música más inocente de su época, que ya aparecía en otro filme desapacible. La pianista.

Porque en el fondo hay como un cambio de civilización, donde la barbarie, edulcorada por la educación y los rituales sociales, son lo moderno, y lo antiguo es un tipo que adora a su esposa y que está dispuesto a servirla por una razón tan sencilla como la complicidad de años de cultura, de sensibilidad, de placer, y que llega a ese punto de no retorno en el que se encuentra solo. No hay amigos, ni familia –la familia es la institución más tortuosa de la civilización ya sea oriental u occidental–, ni recursos intelectuales para abordar algo tan obvio y añejo como el dolor. ¿Qué se hace cuando a la persona que amas la contemplas en su deterioro absoluto y cruzas esa barrera humana, muy humana, de pensar si merece la pena seguir viviendo para sufrir, o dejar de sufrir para seguir viviendo en tu memoria?

Cuenta Haneke, el director, que pensó el filme para un actor como Jean-Louis Trintignant. Lo entiendo. Bastaría la escena en la que una esposa postrada en su cama de muerte le pide que narre el funeral de un amigo común al que acaba de asistir su marido. Puedo asegurar que quedará como esos rituales cinematográficos imborrables, una cita obligada. Con ese tono desdeñoso de los grandes contadores va desgranando cómo sucedió todo, con el muerto de cuerpo presente, con un amigo imbécil evocando la vida del difunto y una secretaria del finado que pone su toque de color, posmoderno, instalando el Yesterday de los Beatles ante la mirada sarcástica de los caballeros conocedores del finado y el desternille de los nietos. El desmoronamiento de los valores que tanta gracia les hizo a los progresistas y que al final fue su canto del cisne.

La parodia del funeral contada a una anciana en estado terminal es como un testamento generacional. Lo nuestro se acabó, y lo de estos pringados que nos siguen acabará como el rosario de la aurora. ¡Atención, en el filme no aparece que yo recuerde ni un aparato de televisión! La mansión parisina tiene de todo, pero ese instrumento no. Pertenece a otra civilización, ni mejor ni peor, sino distinta. Exhiben los libros que leen, el diario omnipresente – Le Monde, por supuesto– , la música que escuchan, pero no tienen por qué inventarse esas cosas de que los seriales televisivos son el gran cine de nuestro tiempo, ni que la cocina espectacular constituye una base de nuestra más refinada cultura. Se alimentan de carne a la plancha con lechuga.

Sencillamente son dos octogenarios que deciden morir en casa, quizá porque el domicilio que venderá su hija en el momento que la diñen es la representación, el símbolo, de una época ya fenecida. Y que cuando el pianista guaperas improvise la Bagatella de Beethoven, que él nunca entendió, y que reinterpreta con una untuosidad de brillante gloria del mercado musical, los dos ancianos intercambiarán una mirada explícita: sólo nos queda morirnos de recuerdos.

Gregorio Morán

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *