Buena educación, ante todo

No escupa, ni se saque los mocos de la nariz ni se hurgue la oreja con el dedo en presencia de una dama». Me acuerdo perfectamente de aquellos consejos tan saludables de conducta que leí hace ya 50 años en el comedor del cuartel general del Ejército del Aire de Pakistán. Mi madre, en una visita al país, había llevado el texto por divertirse. Y, efectivamente, resultó muy entretenido, aunque en cierto sentido desconcertante para un niño pequeño y bien educado. ¿A quién se le ocurriría sacarse los mocos de la nariz en la mesa? ¿Y qué más daba que estuviese presente una mujer?

Sólo después me di cuenta del valor de ese precioso texto histórico, que contenía las más básicas normas de urbanidad en un país como Pakistán, donde se mezclaban la tradición, la cultura ancestral islámica y una sociedad todavía preindustrial, con una élite educada en instituciones imperiales británicas, que querían convertir sus comedores locales en los de la Universidad de Oxford o de la Academia Militar de Sandhurst, y a sus colegas y subordinados en émulos del duque de Wellington o de un caballero de Camelot.

Me pregunto cuáles serán las reglas actuales del Ejército del Aire paquistaní. Seguro que se habrán transformado, porque las buenas costumbres son muestras del contexto cultural de una sociedad y cambian de un momento a otro. Me acordé el otro día de aquel texto que tanta gracia le hacía a mi madre en mi niñez, porque leí un mensaje -que causaba furor en internet- de una señora inglesa, preocupada por inculcar a la novia de su hijastro los más elementales principios de comportamiento. Bajo el título Buena Educación, la señora criticaba algunas conductas de su futura nuera. Si lo que dijo era verdad, se trata, por lo visto, de un monstruo de niña, que al acudir de visita a casa de la familia de su novio se queda en la cama hasta el mediodía, que desdeña la comida, que se sirve en la mesa sin esperar a los demás y que menosprecia en voz alta, y en público, a sus familiares.

La chica incluso había propuesto que el banquete de boda se celebrase en el Castillo de Berkeley, conocido en la historia de Inglaterra por haber sido el escenario del asesinato del rey homosexual Eduardo II en 1327, al parecer introduciéndole un atizador candente por el ano. De modo que, a mí al menos, acudir a un lugar así, me quitaría el apetito en la boda. Sin embargo, la madrastra se opuso a la sugerencia de celebrar allí la comilona por otro motivo. «Casarse en un castillo es cursi» -rezaba el correo electrónico- «y propio de celebridades, a menos que seas su dueño». Y resultó que el colmo de todas las faltas de formalidad de la novia era que su familia no podía pagar el coste de la boda, «por motivos económicos», comentó la futura suegra, molesta por considerar que hubiera sido de esperar que los padres ahorrasen «algo de dinero para la boda de su hija».

No quiero defender a la chica, porque, si todos los comentarios de la madrastra fueran ciertos, estaríamos ante una combinación asquerosa de pereza, egoísmo y pretensiones exageradas. Aunque, ni aun así, apoyo la falta de formalidad de la señora al mandarle un correo tan imprudente y tan feroz. Lo que me llama la atención es la falta de comprensión mutua entre personas de distintas generaciones.

Mis hijos me aseguran que hoy en día es normal que las familias de los novios compartan los gastos de una boda – revelación lamentable en mi familia, ya que sólo tenemos hijos varones, por lo que en una época anterior y mejor no hubiésemos pagado un céntimo-. Por otra parte, yo ya soy muy viejo y me fastidian los jóvenes que se presentan desarreglados y aun desaseados en fiestas o restaurantes -ni hablar de venir con corbata o chaqueta-, pero reconozco que hay que soportar tales mutaciones culturales. A los que visitan mi despacho sigo ofreciéndoles cigarrillos, aunque nadie los acepta y algunos me miran con cara asustada. A cada generación, su código de etiqueta.

Las normas de comportamiento no son homogéneas en todos los países, como consecuencia de la diversidad cultural. Así, por ejemplo, en España supone una falta de formalidad hacer esperar a un camarero mientras piensas en lo que vas a pedir; en cambio, la formalidad inglesa o estadounidense exige que todos pierdan el tiempo conversando entre sí y con el camarero -y no sólo para comentar los platos, sino también para tratar cualquier asunto- antes de decidir. Cuando estoy en un bar español, sufro infinitamente por el pobre camarero cuando acudo con convidados de estas naciones.

Ejemplos hay para aburrir. En China, según me cuentan, un eructo fuerte sirve para expresar gratitud a la hora de la comida. Por eso no me apetece viajar a China. En Irán es costumbre que el invitado de honor inicie el almuerzo comiéndose la exquisitez más apreciada del lugar, que suele ser un ojo de oveja. Por eso procuro que en Irán nadie me honre con una invitación a comer. En Baluchistán, según me dicen, pasa algo parecido, pero con la diferencia de que hay que empezar por ingerir los líquidos del estómago del bicho. En Estados Unidos, lo normal es servirse a uno mismo en la mesa y pasar los servicios al resto de comensales para que hagan lo mismo. Por ello, me levanto siempre de la comida con un hambre espantosa porque no me atrevo a pedir que me pasen ningún plato, ni soy capaz de tragar nada sin ofrecer el plato a los demás. Allí lo aceptan sin darse cuenta de que sigues sin probar bocado y te lo arrebatan antes de que te dé tiempo de pinchar siquiera un pedacito.

Y aun dentro de una misma tradición cultural, a lo largo de la historia se producen cambios en las costumbres sorprendentes. Baldassare Castiglione, autor del gran libro de etiqueta del Renacimiento italiano, tuvo que aconsejar a sus lectores corteses que no orinasen en lugares públicos. Hoy en día hay lugares donde ese consejo ha vuelto a ser relevante, a juzgar por el olor de algunas calles de Londres a la hora del cierre de los pubs. Y, por supuesto, el buen comportamiento sexual también ha experimentado varias revoluciones. En el siglo XIX, un hombre se sentía obligado a mantener su propuesta de matrimonio, incluso si la dama le había rechazado. Al duque de Wellington, Kitty Pakenham le rechazó varias veces antes de cambiar de propósito. «¡Dios! ¡Se ha vuelto vieja y fea mientras tanto!», exclamó el noble ante el altar, lo que fue, desde luego, una falta de formalidad, aunque menos grave de lo que hubiera sido entonces retirar la oferta de matrimonio.

Hace relativamente poco tiempo, antes de la revolución feminista de los años 60 y 70, hubiera sido muy mal visto que una mujer dijera que «sí» a un hombre que le tirase los tejos; hoy en día es preciso obtener esta respuesta antes de iniciar cualquier coqueteo, si quieres evitar que te acusen de violador -y aun así puedes acabar como Dominique Strauss-Kahn-. Debido a mi educación de los años 50, soy incapaz de sentarme si una mujer se mantiene de pie, o de pasar por una puerta sin mantenerla abierta para que pase antes una fémina. Pero hay mujeres que se sienten insultadas por el gesto, como si quisiera yo insinuar con ello que no tienen suficiente fuerza para agarrarse de una manilla o sostener su propio peso. En una ocasión, en un acto que yo presidía, invité a una señora del público a que expusiese en voz alta su pregunta. Como ignoraba su nombre, me referí a ella como «la dama del vestido azul». «Oye»», me respondió airada, «no soy una dama sino una mujer». «Mujer», le contesté, «ya lo veo». Mi respueta fue poco galante, desde luego, pero creo que la dama me obligó a ello.

No hay que confundir la formalidad con la moralidad. Volviendo a la señora del correo electrónico y a su ¿futura nuera?, deberían esforzarse por amoldarse cada una a las normas de la otra. Hay que reconocer que no existen reglas universales de conducta, menos la del respeto que merecen las diferencias. Ser bien educado consiste, nada más ni nada menos, que en valorar a los demás más que a uno mismo.

Mis lectores dirán que suelo meterme mucho con los ricos y poderosos de la Tierra, y que ministros, millonarios y meretricios de la fama vulgar se retratan a menudo en esta Tribuna Libre como imbéciles y viciosos. Pues bien, se trata del mayor gesto de respeto imaginable, y lo hago confiando en que ellos sean capaces de apreciar la verdad sobre sus defectos de inteligencia y moralidad, en lugar de contentarse con la adulación acostumbrada de los sicofantes. Y no es que quiera sugerir que yo sea mejor que ellos, sino, sencillamente, digo que su riqueza y su poder permite que se les critique más que a los pobres y desvalidos del mundo, que merecen la indulgencia que les concede Dios. En mis crónicas, procuro no criticar nunca a quienes son más pobres o más débiles que yo. Eso me parece lo esencial del comportamiento cabal y la única formalidad que realmente cuenta como moral.

Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

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