Bula y bulo de la izquierda

Mi liberada:

La última vez fue este viernes a medianoche. Ahí estaba Irene Montero en un debate electoral de TVE. Sacudía el brazo enérgicamente, con el índice y el pulgar cerrando un círculo –el gesto enfático habitual cuando se quiere persuadir a la audiencia de que algo preciso y fetén está saliendo de una boca ignorante y demagoga–, mientras decía: «Somos el segundo país del mundo después de Camboya con más personas desaparecidas». Antes de alcanzar tal desagüe la frase había pasado por muchas cañerías respetables. Juezas para la Democracia, por ejemplo, aunque debo advertir que de la noticia daba cuenta Natalia Junquera y eso siempre es correr riesgos: «Los jueces recuerdan que España, con más de 114.000 desaparecidos, es ‘el segundo país del mundo, tras Camboya, con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados’». E incluso Ian Gibson, que fue un historiador: «España no se puede permitir el lujo de tener tantos fusilados de manera oficial en las cunetas. Somos el país con más desaparecidos después de Camboya y esto no puede ser». En una ciudad lejana un lector E.–sí, libe, tengo lectores con todas las letras– estaba observando el índice y el pulgar de la portavoz podémica y se estrujaba las manos. Cuando no pudo más se levantó y se puso a escribirme:

Bula y bulo de la izquierda«Hace meses que me fascina un bulo que circula por la prensa española, alegremente obviado por los fact-checkers habituales (igual que el mito de los bebés desaparecidos del franquismo). Se trata del supuesto subcampeonato mundial en número de desaparecidos (supuestamente 114.226), después de Camboya. Es un subcampeonato en una categoría que no está del todo clara, ya que según quién lo cuente España sería el segundo país del mundo en número de desaparecidos, otros dicen que en número de fosas y otros matizan que en desapariciones forzadas. Quizá es un triple subcampeonato, ¿quién sabe?

Como vivo desde hace años en un país que sufrió una guerra civil con un número de muertos que superó 5 veces la guerra civil española y que ocurrió años después (1950), este dato me parecía un tanto arriesgado, aunque –a diferencia de España– aquí el Gobierno no edita guías ilustradas ni saca webs de las fosas de la guerra, que yo sepa. También me sorprendía porque en Ucrania hay fosas comunes (Bykivnia), cuyo número de restos humanos podría ser superior al número de desaparecidos de la guerra española. Por no hablar de los muertos de Mao, que acabó con 45 millones de personas según un estudio reciente de Frank Dikötter; pero bueno, quizás el Gobierno comunista chino haya identificado perfectamente a cada una de las víctimas y haya compensado a sus familiares gracias a una ley de la memoria histórica que de alguna forma se ha mantenido en secreto y de la que no se ha sabido nunca. También están las fosas comunes de Stalingrado y los alemanes que no saben qué hacer con los restos de la Segunda Guerra Mundial.

El caso es que nadie que repite el bulo de Camboya-España (ya sean periódicos, documentales, políticos, asociaciones de la memoria u oenegés) es capaz de referirse al estudio original o especificar de dónde sale ese ranking de la vergüenza. ¿Cuál es el tercer país en el podium? ¿Rusia? ¿China? ¿Alemania? ¿Ruanda? He consultado con Amnistía Internacional, con un presidente de la Asociación para la Memoria… Ninguno supo darme la fuente original. Un presidente de la memoria llegó a negar haber afirmado nunca semejante cosa, pero cuando le envié el clip específico en el que repetía el bulo, dejó de responderme».

Interrumpo a mi lector, por un instante. El memorialista era Emilio Silva, portavoz de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Lo entrevistaron en la Cadena Ser hace algún tiempo. En la conversación se mostraba muy satisfecho, incluso un poco desagradablemente satisfecho, de haberle enviado al Rey de España un informe de la ONU sobre desaparecidos. Y remataba: «Yo no sé si el Jefe de Estado en alguna ocasión alguien le ha podido comentar que es el jefe del Estado del país con más desaparecidos en el mundo después de Camboya».

El informe al que Silva hacía referencia lo había hecho el Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas o Involuntarias de la ONU, a petición de España, y se distribuyó en julio de 2014. Entre sus fuentes de autoridad estaba, obviamente, el auto del juez Garzón por el que se declaraba competente para juzgar el franquismo, de 16 de octubre de 2008. Garzón es fuente prístina de las grandes mentiras españolas y en su auto ya figuraba el número de 114.226 desaparecidos, obtenido a partir de los listados proporcionados por diversas asociaciones, de precaria metodología y conclusiones que no superan la mirada científica.

El lector E. no se había limitado a la queja racional sino que había pasado a la acción. Y proseguía su carta: «Así que he hecho lo que ningún periodista o fact-cheker parece haber hecho desde que la Audiencia Nacional del juez Garzón sacó el número de los 114.226 desaparecidos del franquismo: contacté con el responsable del Grupo de Trabajo de la ONU sobre las desapariciones forzadas en España (Ariel Dulitzky) para consultar su opinión y tratar de averiguar de dónde sale lo de Camboya». E. le hizo dos preguntas. Si la comparación camboyana era suya y si la creía posible en razón de sus conocimientos. El 24 de julio llegó la respuesta de Dulitzky:

«No recuerdo haber hecho tal afirmación. La posición oficial del grupo de trabajo es lo que se menciona en el informe. Lamentablemente en España no hay un registro oficial de personas desaparecidas forzadamente. Por tal motivo, es imposible saber con exactitud cuántas personas desaparecieron y por lo tanto hacer comparaciones con otros países. Las únicas cifras globales fueron las que el juez Garzón incluyó en su decisión [auto]. Pero dichas cifras eran estimaciones y no hubo una investigación, sea en el fuero penal, a través de una comisión de la verdad, [o] un registro de víctimas, que permitiese contar con número exacto. Por otra parte es necesario hacer investigaciones más precisas para poder determinar si todas las personas efectivamente fueron víctimas de desapariciones forzadas o de otros crímenes. Por ejemplo, si se sabe que una persona fue ejecutada y enterrada en un cementerio determinado que no fue el de la elección de la familia, dado que se conoce tanto la suerte (es decir, la ejecución) como el paradero (cementerio), no sería una desaparición forzada. Todo ello no quita que haya ocurrido un crimen, que la familia tenga derecho a la verdad y que pueda solicitar la exhumación y traslado a otro cementerio. Espero que esto sea suficiente. Ariel».

La primera vez que E. oyó mencionar el bulo de Camboya fue viendo El silencio de los otros, un documental de Almudena Carracedo y Robert Bahar. Está en Filmin. El cine es un gran cristalizador de las mentiras, y el cine documental su versión más depurada. No tengo ninguna seguridad de que las explicaciones del funcionario de la ONU acaben con el bulo. Por el contrario estoy seguro de que la Podemia en pleno –es decir de Zapatero a Montero–, Baltasar Garzón, Jueces para la Democracia y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica trabajan más eficazmente por el descrédito de España, y con más bula, que Carles Puigdemont. Es justo que el lector E. cierre esta carta: «De todo esto ya habló Pascal Bruckner hace años en La tentación de la inocencia, el ‘sufro, luego valgo’. Para la izquierda, España vale tanto como el sufrimiento a causa del franquismo. De ahí que estar en la primer línea de los desaparecidos genere tanta ilusión».

Sigue ciega tu camino

Arcadi Espada.

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