Burgueses, pero menos

Llegué al Museo Rodin guiado por la relectura de algunos libros que el paso del tiempo había desdibujado en mi memoria. Proust, Saint-Exupéry, Pla y Gaziel: los cuatro me acercaron a momentos de una ciudad que hoy sólo sobreviven en los libros y me empujaron al que tendría que haber sido un tema de mis primeros artículos, aunque al final quedó guardado en la recámara hasta hoy: Los burgueses de Calais de Auguste Rodin. También me ayudaron a ordenar el desembarco en una ciudad desbordante desde el punto de vista cultural. Ahora que llega a su fin mi deambular por la capital francesa, debo reconocer que a los cuatro debo que mi inesperado aterrizaje, hace poco más de un año, fuera menos traumático.

Francia adora a Rodin, quizás porque en sus inicios le despreció y le arrinconó al rechazar su ingreso en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes hasta en tres ocasiones. Era un hombre de formación y educación precarias y, sin embargo, un genio. Su talento no era nada convencional y su ímpetu innovador, demasiado atrevido para los cánones del momento. ¿Por qué hay siempre, en todas partes, una resistencia enorme a cualquier cambio? Rodin estaba realmente obsesionado por el movimiento de los cuerpos: pretendía que las esculturas, por definición estáticas, dieran la impresión de moverse, como si tuvieran vida, y que, por ello, sus obras pudieran ser contempladas desde cualquier punto de vista. La fuerza expresiva de su trabajo inquietaba a más de uno y por ello no obtuvo recompensa económica y reconocimiento social hasta la madurez, con los 50 años bien cumplidos. El museo que lleva su nombre en París reúne una parte importante de su obra, no muy lejos de la tumba de Napoleón y de la explanada del Hôtel des Invalides. Allí se pueden contemplar, aparte de esculturas y estudios, dibujos, pinturas y cerámicas. Hay que observar con atención los trabajos que se exponen en el interior del edificio, puesto que de las manos de Rodin surgían las obras moldeadas en barro. Allí están las huellas de sus dedos. El mármol y el bronce llegaban después. En este palacete parisino, construido por el financiero Peyrenc de Moras y conocido como el Hôtel Biron, Rodin vivió sus últimos años. Y el Estado francés hizo magníficamente bien su trabajo: compró la finca, animó al artista a instalarse en la planta baja y esperó pacientemente a que cediera su obra para ser expuesta al público. El calendario se fue cumpliendo y en 1916 Rodin cedió al Estado el conjunto de la obra de su propiedad, en 1917 falleció en la periferia de París y en 1919 abrió el museo sus puertas al público. Círculo cerrado.

Acabada la visita interior, es imprescindible perderse por los jardines donde las esculturas parecen encontrar el sitio ideal para reposar. La puerta del infierno, su creación cumbre; El pensador, quizás su obra más conocida; y el espectacular Monumento a Balzac, hecho en bronce y de 270 centímetros de altura. Pero siendo todas dignas de admiración, ninguna arrastra tanta historia consigo como Los burgueses de Calais, que recrea un episodio donde la epopeya y la exageración consiguen transformarse en un mito que todavía hoy se enseña en los colegios y forma parte de la historia de Francia. Seis hombres con grandes pies y robustas manos, medio desnudos; su rostro expresa orgullo, temor, ira, miedo… No hay para menos: caminan hacia su muerte.

La historia se sitúa en Calais y se remonta a 1348, en plena guerra de los Cien Años –en realidad fueron 116– que enfrentaba a los reinos de Francia e Inglaterra. Tras varios intentos fallidos por apoderarse de la ciudad, el rey de Inglaterra decidió dejar morir de hambre a sus habitantes, cortándoles cualquier llegada de alimentos durante un año. Finalmente, el alcalde de Calais ofreció la capitulación a Eduardo III a cambio de la libertad de los ciudadanos. Pese a que inicialmente el monarca inglés no quería aceptarla ya que su objetivo era acabar con toda la población, por su osadía y por su resistencia, al final aceptó las condiciones a cambio de que seis hombres cualificados de la ciudad rendida se sacrificaran por todos sus vecinos, abandonaran la fortaleza humillados y salieran descalzos, con un camisón como única vestimenta, y con una soga alrededor del cuello.

El alcalde reunió a sus vecinos y les explicó las condiciones de Eduardo III. Uno de los más ricos, Eustache de Saint Pierre, se ofreció al sacrificio e inmediatamente otros cinco caballeros se brindaron también voluntarios. Hubo lloros, lamentos y gritos mientras cruzaban descalzos y de la guisa que imponía el monarca la puerta de la ciudad. Una vez ante el monarca, los caballeros del rey intercedieron por la vida de los seis ciudadanos franceses sin conseguir que cambiara de opinión, cosa que sí lograría su esposa, Felipa de Hainaut. Así al menos lo relató en su crónica Jean Froissart, protegido de la reina y responsable durante siglos de la única versión oficial, a la que el Estado se dedicó a sacar convenientemente lustre durante décadas.

Hoy sabemos que el episodio de Calais, en realidad, tuvo poco que ver con esta historia de prohombres dispuestos a sacrificarse por el pueblo tal como el mito ha repetido hasta nuestros días. En primer lugar, porque escenas similares eran habituales en la Edad Media: después de un largo sitio, la humillación de los vencidos permitía el vencedor mostrar primero su ira y acto seguido su piedad. No obstante, con el paso el tiempo, la historia de los burgueses de Calais fue adquiriendo un sentido épico y patriótico. Tanto fue así que apenas hicieron mella en la heroica imagen de los burgueses, ya plenamente instalada en el imaginario colectivo, trabajos como los desarrollados por Louis-Georges de Bréquigny, quien en 1776, después de investigar en la Torre de Londres, demostró que Eustache de Saint-Pierre había formado parte de la minoría de habitantes de Calais que permanecieron en la ciudad tras la rendición, dispuesto a servir al rey de Inglaterra necesitado del apoyo de las élites francesas locales. Recientes trabajos de revisión de aquel episodio han concluido, en palabras del historiador Laurent Avezou, que “el gran patriota lleno de abnegación era en realidad un collabo (un colaboracionista)”. Una dura acusación teniendo en cuenta la resonancia que este adjetivo adquiere en Francia. Y, sin embargo, la escultura de Rodin y una mentira nada piadosa del escribano de la reina ha podido mucho más que la verdad desnuda. En la revuelta cívica que vive Catalunya estos últimos años, muchas discusiones parecen dominadas por pronunciamientos, que se pretenden doctos, sobre el estado de ánimo de los supuestos insurrectos, y demasiados froissarts se han apresurado a dar por muerto el movimiento que primero fue ciudadano y hoy es también político. Se olvida, por otra parte, además, que su fortaleza ha quedado acreditada por tres de las movilizaciones más multitudinarias que se han producido en Europa en las últimas décadas y por la celebración del 9-N, todo un desafío al Estado. La convicción soberanista no es una moda sino un cambio de rasante en las reivindicaciones del país. ¿O acaso no es también una señal de todo ello que populares y socialistas hayan tenido que presentar un centenar candidaturas fantasmas en municipios catalanes al no encontrar simpatizantes locales para ir en sus listas?

De vuelta a Barcelona, compruebo que los esfuerzos de algunos por hacer que el supuesto suflé se desinflara, como si las cosas de la política pudieran abordarse como un problema de gastronomía, han tenido más bien poco éxito. Por otra parte, a tres semanas de las elecciones, no es descabellada la intuición de que el mapa municipal seguirá siendo soberanista. Veremos. Los hechos, y no los relatos o las ficciones, acaban siempre despejando el camino de la verdad. Esto es todo, amigos. Hasta pronto.

José Antich

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