Burlas imperdonables

Por Eduardo Gómez-Llera García-Nava, director del Archivo Histórico de la Provincia de Segovia (ABC, 21/06/06):

LA tarde del sábado pasado día 10 -aunque creo que había sido hecha por la mañana- oí por la radio una declaración del señor Rodríguez Zapatero sobre la concentración multitudinaria en Madrid contra el pacto con ETA a cualquier precio, por supuesto, para desautorizarla. No puedo reproducir textualmente lo que dijo -algún medio, al menos, lo tendrá grabado- pero sí recuerdo que, dictado para desquitar su malhumor por la avalancha humana que preveía que se le iba a subir a las barbas en Colón, lo acompañaba de «gracias» despectivas hacia la derecha y la asociación y familiares de las víctimas, y lo concluía con una recomendación en el mismo tono de chunga: que así se ejerciten, o aprendan así a ejercitarse, decía, más o menos, en el espíritu o la discrepancia democrática. Como si no se tratara más que de un lance deportivo de opinión o como si los convocantes y asistentes anduvieran todavía faltos de ensayo democrático.

He recordado, y he vuelto a buscar y encontrar, un artículo de Unamuno, publicado con el nombre de «Epitafio», en Por tierras de Portugal y de España. Este minúsculo ensayo analiza las causas y consecuencias del atentado y asesinato del rey Carlos I de Portugal y de su heredero en 1908. Unamuno no se alegraba del magnicidio ni lo justificaba, pero no le extrañaba que hubiera ocurrido, porque conocía la ínfima honradez personal del monarca -egoísmo, desmesuras, codicia y sensualidad- que lo habían hecho odioso a sus súbditos. Yo no hago apología de este fin para nadie ni insinúo en persona alguna esos enormes defectos. Sin embargo, Unamuno hace una valoración con la que me identifiqué sin ninguna reserva: el rey había incurrido, por encima de todo el articulado de vilezas, en un solo pecado que, siempre con su religión doliente a cuestas, equipara al pecado contra el Espíritu Santo, por imperdonable e irremisible: el desprecio del gobernante a su pueblo. El rey hablaba sin recato de Portugal y los portugueses en términos denigrantes, y había llegado a considerar en público, «isto e uma piolheira», perfectamente inteligible en español. Don Miguel ponía así toda la contundencia de su rechazo, como el peor y más bajo de los delitos políticos, en la carencia de respeto del gobernante hacia su país.

Muchas veces he dado vueltas a la quiebra del hombre público, que desprecia su deber público y se permite lanzar exabruptos en público sobre el conjunto de hombres que rige y que debe entender y velar más que a ninguna otra cosa. Es posible, en el caso de los políticos españoles, que sepan que se encaran a una sociedad blanda, como la define José Antonio Zarzalejos, almibarada en sus virtudes huecas, virtudes sin trascendencia efectiva en la conciencia y la dinámica de una comunidad que tararea un estribillo de perfecciones que es incapaz de bailar. La izquierda ha sido muy dada a estos navajazos contra los ciudadanos, y todavía no hace muchos años Alfonso Guerra, al que hoy, antojos de Fortuna, vemos como un ángel, ironizó públicamente que todavía no se había insultado a todos los españoles a los que había que insultar. Un vicepresidente no tiene que insultar a nadie, y, además, antojos de Fortuna, él y los de su tiempo tuvieron que salir del poder entre insultos y procesos.

Ahora, con ocasión de la movilización de las víctimas del terrorismo de hace quince días, volvemos a oír, no un ultraje directo, sino un improperio emboscado entre burlas, nada menos que del presidente del Ejecutivo, a gente tan poco merecedora de insultos como los familiares de los muertos por ETA y sus asimilados, y los que quieren a su patria y se entristecen de verla caer bajo la piqueta del cacique, el paleto -por mucho dinero que luzca- el progre estándar y el resentido. Con una patosidad que refleja incluso en sus ademanes tetánicos, que no titánicos (Rodríguez Zapatero se mueve con la rigidez de la Olivia de Popeye), se toma a cachondeo a los que han hecho por la democracia mucho más que un ejercicio de salón; aquellos que han dado al proceso democrático español lo que este presidente de sonrisa aviesa e ingenio ramplón ni siquiera se arriesgaría a temer para sí: sangre y vidas, y todo lo que de ello se sigue, rabia, tristeza, desesperación, ansias de desquite reprimidas por una resignación más que heroica, desprotección, aislamiento, amargura… Subleva que un chistoso de aula -según cuentan quienes le conocieron, nada brillante en ella, ni sentado en el pupitre ni de pie en el estrado- en un alarde de densa ruindad, se permita purgar con la risa de las sabanas su despecho sobre los que se manifiestan porque quieren a su patria.

Echará en cara a los manifestantes que él está buscando la paz, pero es falso: ETA no le va a consentir más que claudicación, y él lo sabe. Y además, mientras nos dice buscar esa pretendida paz, atiza la otra guerra, la de hace setenta años, con el único objetivo, quizás, de vengar muertos cercanos que otras muchas familias también tuvieron, que otros gobernantes de los últimos treinta años tuvieron y callaron por sosiego del país; o tal vez, con el único objeto de desprestigiar a la derecha de cualquier signo y momento para aferrarse al poder y para caer en el mismo criterio trágico de Azaña, que la derecha nunca debe volver a gobernar. Y esto debe decirse claro, porque la falta de reacción ante barbaridades de bulto puede llevar a la postración moral y a una total desesperanza en los días actuales.