Bush, el miedo y los saudíes

Craig Unger es autor del libro House of Bush, House of Saud, que ha inspirado parcialmente la película de Michael Moore Fahrenheit 9/11 sobre el presidente de EEUU (EL MUNDO, 13/09/04)

¿Dónde está George Orwell cuando le necesitamos? Porque los estadounidenses le necesitamos. Le necesitamos desesperadamente. Véase si no: en agosto de 2001, inmediatamente después de leer un memorándum titulado Bin Laden decidido a cometer atentados en los Estados Unidos, el presidente George W. Bush se fue a pescar lubinas y jamás se le ocurrió convocar una reunión sobre este tema.

Un mes después, el 11 de septiembre, cuando le dijeron que los terroristas habían cometido los atentados, Bush pasó los siete minutos siguientes leyendo un libro infantil, The Pet Goat (La cabrita), con un grupo de niños en una escuela.

Por otra parte, en lo que respecta a su servicio militar, recientes revelaciones prueban que Bush se libró de combatir en Vietnam gracias a las influencias políticas de su papá. Ni siquiera entonces cumplió Bush con sus obligaciones con la Guardia Nacional.

Sin embargo, la candidatura Bush-Cheney está convenciendo a los estadounidenses de que sólo un gobierno republicano puede encargarse de la seguridad nacional. Si gana John Kerry, ha advertido Dick Cheney, «existe el peligro de que nos vuelvan a atacar y nos atacarán de una manera que puede ser devastadora». La elección es simple: ¡Vota Republicano, o muérete! Eso es lo que los votantes se están tragando.

Una encuesta realizada inmediatamente después de la convención republicana demostró que el 27% de los votantes preferían a Bush en lugar de a Kerry en lo tocante a la seguridad nacional. Cada vez está más claro que, si Bush triunfa en noviembre, será debido al factor miedo.

En cualquier caso, lo cierto y verdad es que Bush se comporta con excesiva tolerancia frente al terrorismo. Cuando de lo que se trataba era de perseguir a los hombres que estuvieron detrás [de los atentados] del 11 de septiembre y que continúan librando la yihad contra los Estados Unidos, Bush ha cerrado los ojos una y otra vez ante las fuerzas que hay detrás del terrorismo, ha dado su protección a personas que han financiado a Al Qaeda, ha obstruido las investigaciones y ha desviado hacia otra parte recursos de la lucha contra el terrorismo. Una de las razones clave es la relación entre los Bush y la familia real saudí, cuya naturaleza no tiene precedentes en la política de los Estados Unidos. Incluso después del éxito de Fahrenheit 9/11, la película de Michael Moore, en su mayor parte el tema sigue siendo tabú para los medios estadounidenses de comunicación. Nunca jamás había tenido un presidente de los Estados Unidos (y muchísimo menos dos de la misma familia) relaciones tan estrechas con otra potencia extranjera.

El príncipe Bandar, embajador saudí en los Estados Unidos e influyente miembro de la familia real, lleva más de 20 años siendo amigo íntimo de George Bush padre. Conocido con el mote de Bandar Bush, se deja caer a voluntad por las residencias de los Bush en Kennebunkport (Maine) y Crawford (Texas), por no hablar de la propia Casa Blanca.El príncipe y Bush padre han hecho juntos viajes para ir de caza.

Además, hay dinero por medio. Se han registrado transacciones financieras por valor de más de 1.400 millones de dólares (1.150 millones de euros al cambio actual) procedentes de la Casa de Saud a favor de corporaciones e instituciones vinculadas a los Bush y a sus asociados, en su mayor parte, empresas como el Carlyle Group, Halliburton y HarkenEnergy. La pregunta es: ¿Cuáles son las influencias que compran los saudíes?

Volvamos a la Casa Blanca el 13 de septiembre de 2001. Transcurridas apenas 48 horas después del 11 de septiembre, las ruinas tóxicas a que había quedado reducido el World Trade Center estaban todavía envueltas en llamas. La estimación del recuento de muertos se creía que iba a ser de nada menos que unos 40.000, cifra que luego se vio sustancialmente rebajada.

Aquella misma tarde, Bandar se encontraba en el balcón Truman [de la Casa Blanca] junto con el presidente Bush y los dos hombres encendían sendos cigarros Cohiba. En aquel momento, la Casa Blanca sabía que 15 de los 19 secuestradores eran saudíes. Sabía que Osama bin Laden era saudí. Además, tal y como dejó establecido la comisión del 11 de septiembre, sabía que Arabia Saudí era «el suministrador principal de dinero a Al Qaeda», que estaba financiada en su mayor parte por saudíes ricachones a través de organizaciones islámicas de beneficencia.

El presidente Bush tenía delante al embajador del país que es el guardián del islamismo wahabí, la secta fundamentalista que ha contribuido al surgimiento de Al Qaeda. Por ahí es por donde deberían haber empezado la guerra contra el terrorismo y una investigación a gran escala sobre el crimen más terrible de la historia de los Estados Unidos.

Sin embargo, dadas las íntimas relaciones entre las dos familias (y, sin duda alguna, debido también al hecho de que los saudíes ayudan a llenar de gasolina los tanques de los 165 millones de automóviles norteamericanos), aquella no era simplemente una reunión entre el presidente de los Estados Unidos y el embajador de un país que financiaba terroristas y les daba protección dentro de sus fronteras. Los saudíes eran especiales.

Puesto que Bush y Bandar se reunieron estrictamente a solas, no sabemos con exactitud lo que se dijo en la reunión. Lo que sí nos consta, sin embargo, es que el presidente no fue capaz de plantear temas como el papel de los saudíes en el terrorismo o la forma de atajar la financiación del terrorismo a través de organizaciones benéficas e instituciones financieras islámicas.

Aquella misma tarde, empezó a recoger saudíes, más de 140, dispersos a lo largo y ancho de los Estados Unidos, el primero de 11 aviones fletados para la ocasión. Arabia Saudí y los defensores del presidente montaron una gran campaña de relaciones públicas para minimizar las consecuencias perjudiciales de la evacuación de los saudíes.Sin embargo, no hay manera de tergiversar los hechos en el informe de la comisión del 11 de septiembre. Los vuelos de evacuación de los saudíes no han sido fantasías de individuos obsesionados con teorías conspiratorias. Los hubo realmente. Los despegues recibieron la aprobación de la Casa Blanca y, en su inmensa mayoría, los pasajeros saudíes de aquellos vuelos se libraron de ser interrogados por el FBI.

Los del 11 de septiembre han sido los crímenes más terribles de la historia de los Estados Unidos. No obstante, en medio de una grave crisis de seguridad nacional, la Casa Blanca y el FBI invirtieron sus recursos, limitados, en ayudar a evacuar a los saudíes en lugar de investigarlos.

En el transcurso de los dos años posteriores, según lo averiguado por la comisión del 11 de septiembre, la Administración Bush ha sido incapaz de «desarrollar una estrategia para contrarrestar la financiación del terrorismo por los saudíes». Como consecuencia de ello, nuestros aliados saudíes no mostraron un gran entusiasmo a la hora de facilitar información sobre la financiación de los terroristas y, por su parte, la comisión llegó a la conclusión de que «el gobierno de los Estados Unidos todavía no ha llegado a determinar con una mínima precisión cuánto dinero ha obtenido Al Qaeda, ni de quién o quiénes, ni cómo gasta ese dinero».

Ahora, gracias a Intelligence Matters: The CIA, the FBI, Saudi Arabia and the Failure of America’s War on Terror (La información sí importa: la CIA, el FBI, Arabia Saudí y el fracaso de los Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo), un libro del senador Bob Graham, recién publicado, sabemos que posiblemente los saudíes hayan jugado en el 11 de septiembre un papel todavía más importante de lo que se había informado hasta ahora. Como miembro del Comité de Información Confidencial del Senado, Graham ha podido saber, según sus propias manifestaciones, que «las pruebas del apoyo oficial de los saudíes» a un mínimo de dos de los 19 secuestradores eran «incontrovertibles».

En su calidad de copresidente del comité conjunto del Congreso y del Senado que ha investigado el 11 de septiembre, Graham ha comprobado que sus esfuerzos por llegar hasta el final para conocer el papel de los saudíes han sido boicoteados una y otra vez por el gobierno de Bush. Cuando su comité intentó que compareciera un testigo clave, que resultó ser un confidente del FBI, el FBI se negó a colaborar. «En toda mi experiencia como senador, ha sido la única vez en que el FBI se ha negado a facilitar una comparecencia ante el Congreso», ha declarado Graham a Salon.com en una entrevista reciente. «El FBI no estaba actuando así por propia iniciativa -ha añadido el senador-, sino conforme a instrucciones de que no cooperara impartidas desde la Casa Blanca».

Al final, 27 páginas del informe sobre el papel de los saudíes en los atentados del 11 de septiembre han sido declaradas secretas por la Casa Blanca y no se han facilitado a la opinión pública.Según Graham, posiblemente el gobierno Bush haya censurado esa parte del informe porque no quería que la opinión pública tuviera conocimiento del apoyo de los saudíes a los terroristas del 11 de septiembre. «Durante mucho tiempo, entre los Estados Unidos y Arabia Saudí ha habido unas relaciones especiales -ha declarado el senador- y lo más probable es que estas relaciones hayan alcanzado un nuevo punto culminante bajo el mandato de George W. Bush, debido en parte a las prolongadas y estrechas relaciones familiares que los Bush mantienen con la familia real saudí».

Graham escribe: «Es como si la lealtad del presidente estuviera al servicio de Arabia Saudí antes que al de la seguridad de los Estados Unidos».

Si ese es el caso, no hay que extrañarse de que la candidatura Bush-Cheney se apoye en el miedo.

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