Bush y la historia de mañana

Por Niall Ferguson, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 06/11/06):

Tras la reelección presidencial de George Bush hace dos años, su director de campaña Karl Rove se divirtió y divirtió a su jefe con una bocina redneck.Al pulsar un botón colocado en el salpicadero, el artilugio soltaba una retahíla de insultos con un estridente acento sureño y proporcionaba una ración de rabia automovilística. Los insultantes mensajes del juguetito iban del relativamente moderado “¡Más despacio, tonto!” al “Eh, animal de bellota, ¿dónde has aprendido a conducir?” o “¿Qué diablos haces?”, “¿Pero estás más ciego que un topo?” y “¡Menudo energúmeno estás hecho!”.

Sin embargo, hoy la broma se podría hacer con ellos. Porque la bocina redneck muy bien podría ser usada por los estadounidenses de a pie para expresar su frustración no sólo con Bush, sino con todo el Partido Republicano. “¡Menudo energúmeno estás hecho!” es precisamente el mensaje que, en las elecciones de medio mandato al Congreso que se celebran mañana, los votantes quieren enviar a la Casa Blanca.

Desde luego, “más ciego que un topo” resume la opinión de la mayoría acerca de la política gubernamental en Iraq. Y, después de los apabullantes escándalos que han acabado con las carreras de tres congresistas republicanos en un espacio de seis meses, los estadounidenses tienen bastantes razones para preguntar a sus representantes elegidos: “¿Qué diablos hacéis?”.

Según la última encuesta de USA Today/Gallup, los demócratas vencen a los republicanos con un 53% frente a un 38%, la mayor ventaja demócrata desde 1982. La historia indica que un triunfo demócrata es posible. El índice de aprobación de la labor presidencial se sitúa en un paupérrimo 37%. La última vez que un presidente obtuvo una popularidad tan baja en vísperas de unas elecciones de medio mandato fue con Harry Truman en la Casa Blanca.

La aprobación pública del Congreso es aún más baja, del 26%. Estas cifras recuerdan las elecciones de medio mandato de 1994, cuando fueron los demócratas quienes perdieron el control de la Cámara.

Hay aún analogías mejores. No sería la primera vez en la historia de la posguerra que un segundo mandato republicano queda renqueando tras las elecciones de medio mandato. En 1958, con Dwight Eisenhower ocupando la Casa Blanca, los republicanos perdieron 48 escaños y dieron a los demócratas una inalcanzable mayoría de 130 escaños en la Cámara. En 1974, apenas unos meses después de que Richard Nixon hubiera tenido que dimitir a causa del Watergate, los republicanos perdieron de nuevo 48 escaños, con lo que la mayoría de los demócratas llegó a 147. El paralelismo de 1958 es interesante, porque lo que causó el daño fue una combinación de asuntos relacionados con la seguridad y tribulaciones económicas. En invierno de 1957-1958 se había producido una fuerte recesión. El año anterior los soviéticos habían lanzado con éxito su satélite Sputnik, lo que provocó consternación entre los estadounidenses, que habían dado por supuesto que su país tenía ventaja tecnológica. La guerra civil desgarraba Cuba; Fidel Castro estaba a sólo unos meses de la victoria. Y en julio un golpe de Estado derrocó al rey Faisal II de – ¿adivinan dónde?- Iraq, el preludio de la toma baasista del poder que se produjo en ese país en 1963. En respuesta se desplegaron tropas en Líbano. ¿Les suena todo esto?

Es cierto que la victoria demócrata no está nada clara. Las modificaciones de las circunscripciones electorales, la financiación de la campaña y los factores locales tienden a favorecer a los titulares en el cargo en la mayoría de las pugnas al Congreso. Con todo, una victoria demócrata no es imposible de imaginar. Muchos conservadores llevan también un tiempo sintiendo que hay algo podrido en la república estadounidense. La columna más clarividente que escribí en el 2004 (por la cual sufrí duros insultos de muchos leales a Bush) fue “Republicanos por Kerry”, que The Wall Street Journal publicó dos meses antes de la elección presidencial. Mi predicción era que un segundo mandato de Bush sería un desastre para el Partido Republicano.

“Su fijación con el cambio de régimen en Iraq – escribí- no es una respuesta lógica a la crisis del 11-S. Su política fiscal ha sido una bacanal de irresponsabilidad”. “Y busca la consecución de objetivos sociales conservadores, como la prohibición constitucional de los matrimonios homosexuales. Quien piense que esta combinación contribuirá a mantener la unidad del Partido Republicano sueña despierto; no cabe duda de que conseguirá lo contrario”. No fueron unas malas predicciones.

Empecemos por el desastre de la política exterior que tiene lugar en Iraq. A principios del primer mandato de Bush, Richard Armitage, entonces vicesecretario de Estado, definió el proceso de toma de decisiones de Washington como FUBAR (siglas en inglés de algo así como “Más enmerdado imposible”, MEI). Cuánta razón tenía. Tras el 11-S el presidente se engañó con la idea de que había recibido una llamada divina. Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, también quería otra guerra; una guerra que pudiera controlar él, en vez de la CIA, el Departamento de Estado o la Junta de Estado Mayor; una guerra que demostrara su teoría de que el ejército estadounidense podía dirigirse como una versión armada de la compañía informática Dell. Rumsfeld se engañó a sí mismo al creer que Iraq reunía las condiciones adecuadas. George Tenet, el director de la CIA, se engañó a sí mismo al creer que los datos de inteligencia sobre la posesión por parte de Sadam de armas de destrucción masiva suponían un triunfo en el debate sobre la guerra. Los neoconservadores de los que Rumsfeld se rodeó (en especial, Paul Wolfowitz y Doug Feith) también se engañaron a sí mismos al creer que las fuerzas estadounidenses serían recibidas como liberadores, como sus progenitores en París en 1944. El vicepresidente Dick Cheney se engañó a sí mismo al creer que podía formarse un nuevo gobierno en Iraq dirigido por el desacreditado exiliado Ahmed Chalabi y su Congreso Nacional Iraquí. Como jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición, Paul Bremer se engañó a sí mismo al creer que sería para Iraq lo que Douglas MacArthur había sido para Japón y que expurgaría el funcionariado y desmantelaría el ejército.

No es que no existiera un asesoramiento experto acerca de cuántos soldados se necesitarían para estabilizar el Iraq de la posguerra (entre 300.000 y 500.000 efectivos). Sencillamente, se hizo caso omiso. Lo mismo ocurrió con las advertencias de quienes temían el estallido de una guerra civil en Iraq en caso de un derrocamiento de Sadam. Las repercusiones por el fracaso en Iraq han convertido en un absurdo la estrategia de seguridad nacional. Con todo, sería ingenuo suponer que la guerra contra el terrorismo es el único asunto en esta campaña de medio mandato. Internamente, los republicanos también tienen problemas. La reputación de competencia del partido sufrió un duro golpe tras el huracán Katrina.Los últimos vestigios de su credibilidad fiscal se evaporaron con el viciado plan presidencial para la reforma de la Seguridad Social.

Mientras tanto, la reputación de probidad pública del viejo y gran partido (VGP) se ha resentido a causa del escándalo que ha afectado al lobbista Jack Abramoff, quien este mismo año se ha declarado culpable de tres cargos de conspiración, fraude y evasión fiscal. En junio, el antiguo jefe republicano en la Cámara, Tom DeLay, se vio obligado a dimitir del Congreso después de que dos antiguos ayudantes fueran condenados en el escándalo Abramoff. El propio DeLay fue acusado el año pasado por un gran jurado de Texas de conspirar para violar las leyes de financiación electoral. También otro congresista republicano, Bob Ney, de Ohio, se ha visto obligado a dimitir a causa de sus vinculaciones con Abramoff. El mes pasado Ney se declaró culpable de conspiración y de formular declaraciones falsas.

¿Nos acordamos de que los republicanos supuestamente ganaron la elección presidencial del 2004 gracias a sus valores?La reputación del partido en lo referente a los valores familiares se ve ahora mancillada por el escándalo que afecta al congresista por Florida Mark Foley, obligado a dimitir el mes pasado debido a unos correos electrónicos llenos de insinuaciones sexuales enviados a varios jóvenes que trabajaban como mensajeros en el Congreso. ¿Viejo y gran partido? ¿Gran partido del chanchullo? ¿Gran partido gay? Son las bromas que en estos últimos días se han oído con más frecuencia en las tertulias radiofónicas. Presas de la desesperación, los republicanos han recurrido al viejo cuaderno de estrategia de Bill Clinton. Sí, es la economía, tonto, otra vez. Salvo que ahora los votantes no hacen caso. Es verdad que la economía estadounidense ha evitado el aterrizaje violento que muchos temían tras más de dos años de subidas de los tipos de interés. El índice de malestar (desempleo más inflación) todavía se encuentra dentro de la zona de comodidad política. Sin embargo, los electores dicen a los encuestadores que son infelices. Los precios de la gasolina quizá hayan vuelto a bajar, pero ¿quién puede esperar que eso dure?

De modo fascinante, ya hay en escena una figura a lo John F. Kennedy que, según ha admitido hace poco, ha “pensado en la posibilidad” de intentar llegar a la Casa Blanca. Joven, carismático y la encarnación del sueño americano, el joven senador por Illinois Barack Obama ha sido la sensación mediática este otoño, su cara ha estado en todos los debates, su nombre en todas las columnas. ¿Piensan que EE. UU. no está preparado para un presidente negro? Bueno, en 1958 seguramente habrían dicho lo mismo acerca de un católico irlandés.

Con todo esto no quiero decir que la bocina redneck de Karl Rove vaya a enmudecer el 7 de noviembre. Al fin y al cabo, en algunos temas aún se puede contar con el apoyo de la base republicana en las extensas y prósperas afueras de las ciudades estadounidenses. Sí, detestan el matrimonio homosexual. No, no les importa que se torture a sospechosos de terrorismo. Y no, nunca votarán a un demócrata.

Sin embargo, la pregunta es: ¿irán a votar? Hace 48 años, en una situación política similar, los candidatos republicanos recibieron menos de 20 millones de votos en las elecciones de medio mandato. Esa cifra representó menos de la mitad de los votos recibidos por Eisenhower dos años antes. ¿Acaso el VGP acabará hoy MEI? Sólo un tonto – o un animal de bellota o un energúmeno- lo excluiría del todo.