Cabrera Infante, en el corazón

Por Zoé Valdés, novelista cubanoespañola (EL MUNDO, 23/02/05):

Llevo varios días con una pena muy honda. En el mes de enero murió el pintor cubano Roberto García York, exiliado en París desde inicios de los años 60, muy amigo de Néstor Almendros y de Guillermo Cabrera Infante. Ricardo Vega, mi marido, había heredado un cuadro de Roberto que había pertenecido a Néstor Almendros; se lo había regalado la madre del cineasta. El cuadro nos condujo a su autor, de quien nos hicimos muy amigos al llegar a París, y luego su autor nos condujo a Guillermo Cabrera Infante y a Miriam Gómez.Roberto me presentó a Guillermo en un soleado mediodía del mes de mayo de 1995, en París, antes de que Guillermo dictara su conferencia sobre la figura de José Martí en la Maison de l’Amérique Latine. Jamás olvidaré ese instante, fijó sus ojos entrecerrados en los míos, me estudió unos segundos, su rostro se suavizó en un guiño, me estrechó la mano. ¡Yo estaba en el cielo! El escritor que me había emocionado hasta las lágrimas contándome una Habana ya perdida se hallaba ahora delante de mí, ¡y yo le había dado la mano! El corazón me latía a un ritmo riquísimo, al compás de un chachachá, diría otro amigo lejano. Desde entonces, siempre que hablaba con Guillermo, incluso si era a través del teléfono, el corazón me latía igual de parejero. Porque para mí, aún si hablábamos dos y tres veces al día, cada momento, cada conversación con Guillermo y con Miriam ha sido un gran acontecimiento en mi vida. Por eso llevo una semana con esa pena aquí dentro, aguijoneándome, no he podido hablar con Miriam y sabía que Guillermo no andaba bien. Ayer, cuando recibí la noticia de su fallecimiento, estaba viendo por no sé qué vez Niágara. Nunca más podré ver de la misma manera que antes a Marilyn Monroe en Niágara.

En 1996 estuvimos firmando nuestros libros en casetas contiguas, en la Feria del Libro, uno al lado del otro. Yo lo miraba con el rabillo del ojo, intentaba permanecer tranquila. Ricardo hablaba con Miriam, mientras Luna jugueteaba alrededor. Guillermo me dedicó Ella cantaba boleros, y creo que por culpa de la timidez de ambos hablamos muy poco. Laura Franch nos hizo unas fotos muy bonitas. Recuerdo que Guillermo me comentó de un escritor muy conocido que estaba sentado muy cerca: «Este es un castrista empedernido. La fama que tiene se la ha dado ser castrista».Seguimos firmando libros. Nos vimos brevemente esa noche, en medio de una calle de La Latina, después de haber ocurrido un desagradable accidente entre otro escritor cubano y nosotros, accidente efímero del cual no quiero acordarme. Guillermo me dijo algo muy importante para mí: «Tú has sido una víctima del castrismo. A ti te respeto porque deberás vivir con eso toda la vida». Aquella noche yo no quería que ellos se fueran, pero no hubo otro remedio, y con tristeza los vi alejarse a Miriam y a él, de la mano, hacia una parada de taxis.

El encuentro con la obra de Guillermo sucedió en La Habana, en los años 80. Por aquel entonces sólo conseguí una novela; era difícil y penado por la ley leer a un escritor exiliado, más si se trataba de Guillermo Cabrera Infante. Conseguí aquella novela no sé ni cómo, y desde su lectura no pude jamás despegarme de ella; se trataba de La Habana para un infante difunto. Muchos de los sitios que él describía ya no existían, destruidos por el olvido y el odio de la dictadura castrista hacia la capital y su cultura. Guillermo escuchó atento, años después, cuando Ricardo Vega le contaba que al leer esa obra se dio a la tarea de buscar cada sitio y apenas encontró escombros. No hubo un signo de amargura en su rostro; hizo un silencio largo y profundo, nada más.

Yo seguía leyéndolo, siempre que podía escaparme, en trenes franceses o alemanes. Guillermo Cabrera Infante me invitaba a reflexionar sobre mi ciudad natal a través de juegos y rejuegos del lenguaje, gracias a su musicalidad, a la intrepidez de su desmesurada alegría, bachata o choteo, que forma parte finalmente de la tragedia cubana.No habrá otro escritor que se pueda comparar a Guillermo Cabrera Infante. Su obra está muy interrelacionada con su vida, traduce su intenso amor por Cuba, significa su firmeza, engrandece su dignidad de exiliado, confirma su filosofía del lenguaje, aviva la palabra recreada, renueva cada vez la invención de la palabra, ¡de la fabulosa palabra que cambia, añade y devuelve en otra sintonía el sentido esencial de la frase, del párrafo, de la novela!

Cuando empecé a escribir Te di la vida entera tenía muy claro que deseaba hacer dos homenajes, uno a mi madre y otro a Guillermo.Es la razón por la que no sólo lo cito en varias ocasiones, sino que además es un personaje en la novela. Jamás olvidaré su inmensa generosidad cuando presentó este libro en Madrid. Yo vibraba con cada uno de sus comentarios. Imelda Navajo disfrutaba como nadie escuchando a Miriam Gómez. Pilar Rodríguez me esperó en el hotel donde se alojaban Miriam y Guillermo. Yo estaba muy nerviosa y él intentaba distraerme, y de verdad lo consiguió.Miriam y Guillermo me hicieron reír con anécdotas picaronas.Son, como diría mi abuela, la pata del diablo.

Recuerdo el paseo de un hotel a otro, bordeando El Retiro. Hacía mucho sol. Guillermo iba prendido de mi brazo derecho. Miriam caminaba delante con Pilar. Yo no podía creerme lo que estaba viviendo. Mi escritor de culto conversaba conmigo, muy pegado a mí. Paladeaba cada párrafo. Me decía: «Zoé Valdés, sabías tú que tal cosa» sobre las calles de Madrid, sobre La Habana, sobre Londres, sobre el exilio. Y me hacía doblarme de las carcajadas.Me preguntaba sobre mi novela y mis orígenes chinos, irlandeses, canarios…

Te di la vida entera no hubiera sido lo que es sin la obra de Guillermo Cabrera Infante. Yo quise recuperar el lenguaje habanero a partir de mi propia experiencia, pero reconociendo la extraordinaria dimensión, la fuerza inigualable de la obra del autor de Mea Cuba.

Años más tarde, nuestra amistad se había hecho mucho más sólida.Mi marido, mi hija y yo decidimos ir a visitarlos a Londres.Ambos quedaron encantados con la niña, Luna, y Luna con ellos.Miriam la llevó al parque mientras nosotros entrevistábamos a Guillermo para un DVD que sacarían la Fnac y Reporteros Sin Fronteras sobre la Cuba censurada. Guillermo fue exquisito en sus respuestas; elegante, pero certero. Recuerdo un detalle: antes de salir a cámara, Miriam -«para no interrumpir» dijo ella- se aproximó a él, lo peinó, y se aseguró bien de que su marido no se vería mal, con un gesto muy de complicidad entre ellos. Porque los que somos sus amigos sabemos que no puede hablarse de Guillermo sin Miriam Gómez, como él mismo la llamaba.

Una de esas noches de nuestra visita a Londres, nos invitaron a un restaurante asiático. Fuimos a pie y una pareja de españoles lo reconoció. La muchacha exclamó jubilosa: «¡Mira, el escritor Guillermo Cabrera Infante!». ¡Yo me sentí tan feliz! Míriam y él saludaron sencillos, y continuaron como siempre, contándonos sus peripecias. Él nos aseguraba que Miriam siempre se burlaba de su marido cuando él se vertía la taza del café en la camisa, porque es Tauro. «Igual que yo», le dije. «Y siempre choco con las puertas de cristales», replicó. «¡Igual que yo!», le respondí.En eso, Guillermo chocó con la puerta del restaurante. No sé si lo hizo a propósito, para que Luna se riera, porque toda la noche estuvo preguntándole a la niña: «¿Te has divertido, verdad, Luna?». Atravesamos el parque, mientras él seguía contándonos historias sobre escritores, actrices de cine, bailarines e intérpretes negros de jazz.

Nuestro hotel quedaba a dos manzanas de su casa. Al día siguiente, disfrutamos con ellos de un documental sobre el jazz americano.Pero antes de entrar en su domicilio, me dio mucha ternura observar desde afuera su cabecita blanca. Se hallaba sentado en el butacón de cuero negro, y desde la calle, a través del ventanal, podíamos verlo leer. Miriam enseguida salió a recibirnos rebosante de belleza y de alegría. Porque Miriam no ha perdido su belleza; pudimos comprobarlo al observar las fotos que nos enseñaron aquella tarde, de Cuba y de sus primeros años de exilio.

Me gusta mucho esa foto que le hizo Néstor Almendros a Guillermo: él está muy joven, viste un traje blanco, impecable. Y esa otra de Jesse Fernández, donde él se encuentra sentado, fuma deliciosamente su pipa o cachimba, la sostiene con los labios entreabiertos, viste un impermeable y mira fijo a la cámara, pero al mismo tiempo, medio se esconde detrás de una pared. Es una foto muy personal, porque ahí está toda la personalidad del autor de Tres tristes tigres, su constancia en el trabajo, su pasión por la sensualidad y la bohemia culta habanera.

En una ocasión Ricardo me dijo: «Guillermo se da un aire a Edward G. Robinson». Yo se lo dije y él se echó a reír, con esa risa tan inefable y sabrosa de cubano respetuoso del dicharacho.

Ayer, mientras le daba la noticia a otra de sus amigas, Mari Rodríguez Ichaso, nos preguntábamos ambas cómo podremos vivir a partir de ahora sin Guillermo, sin las llamadas desde cualquier sitio del mundo para solamente decirles a él y a Miriam que los queremos, o para preguntarnos simplemente ¿ha pasado algo en Cuba?

Ayer, ¿qué hice ayer? Nada del otro mundo; leí un poco y puse la televisión. Había una excelente entrevista con Antonio Muñoz Molina, quien mencionó a la Cuba de antes en dos ocasiones, y recordé a Miriam y a Guillermo, que siempre me hablaban de Antonio Muñoz Molina y de Elvira Lindo como dos personas encantadoras.Volví a leer fragmentos de varios libros de Historia de Cuba, de antes, de mucho antes del desastre. Al rato encendí de nuevo la televisión, y empecé a deleitarme de nuevo con Niágara cuando sonó el teléfono. Era una periodista. Salí al balcón. Luego hubo otra llamada que ni siquiera escuché por el ruido de los autos.Confirmaba la noticia nuestro amigo común Enrico Mario Santí.

Siento un peso tremendo encima de los hombros, me duele todo el cuerpo, no sé qué hacer, ni a dónde dirigirme, no deseo hablar con nadie, no deseo que me invada la rabia.

Tampoco Guillermo, al igual que mi madre y mi padre, que Roberto García York, que tantos amigos perdidos en el exilio, podrán volver a su país libre. Esto sí que es un gran dolor. Sin embargo, la obra de Cabrera Infante transcenderá toda esta desgracia cubana, porque es una obra universal y será recordada eternamente. Si hay una verdad, es que en unos cuantos años nadie se acordará de Fidel Castro y, sin embargo, todavía el mundo entero leerá y estudiará al hombre que revolucionó el lenguaje, al escritor cubano de la talla de James Joyce y de Georges Pérec. Aunque él, al contrario de Pérec o de Joyce, posee esa reflexión diáfana, sorpresiva, divertida, sensual. Guillermo Cabrera Infante supo, como nadie, transformar la agonía del exilio en deliciosa creación perenne. Imaginaba la realidad como en aquella película tan hermosa de Francis Ford Coppola, Corazonada, en ese preciso momento en que Natasha Kinski danza sobre una pelota que podría representar al mundo, o borda con sus zapatillas el filo de la cuerda floja.