Cada voto cuenta

“Es difícil hacer predicciones, sobre todo del futuro”. Es una frase que se atribuye a Niels Bohr, y resulta especialmente oportuna hoy, cuando Cataluña celebra unas elecciones anómalas. Son anómalas porque quieren ser una salida a una situación excepcional: la declaración ilegal de una República catalana independiente y la posterior activación del artículo 155. Son anómalas también porque el Gobierno destituido tiene causas pendientes con la justicia. El presidente depuesto de la Generalitat y candidato por Junts per Catalunya es prófugo en Bélgica y va esparciendo mentiras como uno de esos falsos aristócratas que timan a los turistas en las películas de Ernst Lubitsch. El ex vicepresidente, Oriol Junqueras, está en prisión preventiva y encabeza las listas de Esquerra Republicana.

Son unas elecciones decisivas para Cataluña y para el resto del país. Una de sus peculiaridades es que han representado la nacionalización de unos comicios autonómicos, como ha ocurrido con la política catalana en los últimos meses. Y al mismo tiempo es una votación normal: una elección con garantías, democrática, cuyo objetivo es devolver a Cataluña a la senda estatutaria.

Una de las claves será la participación. En 2015 alcanzó un 77%: se espera que hoy sea incluso más alta, por la movilización del electorado no independentista. Otro elemento importante será el efecto de que los comicios se celebren en un día laborable.

La descomposición del sistema de partidos español empezó en buena medida en Cataluña, y ha sido especialmente profunda en la comunidad. Desde 2010 ha habido en Cataluña cuatro elecciones autonómicas, tres generales, unas europeas y dos municipales. Los partidos tradicionales han perdido mucho terreno. CiU, que fue la formación hegemónica, ha dejado de existir como tal. El PSC, que tenía 52 escaños en 1999, consideraría un éxito llegar a la mitad. Ciudadanos, que se fundó en 2006, encabeza algunas encuestas. El Partido Popular parece haberse resignado a ser una presencia residual, y eso es tan malo para Cataluña como para España.

Los nacionalistas llevan al menos cinco años en campaña constante. La novedad de los últimos meses es la movilización de los catalanes que también se sienten españoles. La división es socioeconómica y etnolingüística, y también muestra diferencias llamativas entre las zonas rurales y las ciudades.

La cuestión primordial es cómo quedan los dos bloques, pero también es importante la disputa entre las fuerzas principales del independentismo y el constitucionalismo. Se prevé que los comunes no logren un buen resultado en votos, pero aun así podrían tener la llave del Gobierno. No hay ninguna razón ni precedente para pensar que vayan a actuar de forma sensata.

El Gobierno de Mariano Rajoy, que tantas veces mostró lentitud durante esta crisis, fue ágil al convocar elecciones nada más activar el 155. Mostraba que el propósito no era constreñir el autogobierno catalán, sino recuperarlo. Pero posiblemente la idea de reconstruir la normalidad de inmediato sea demasiado ambiciosa. Si en un primer momento los secesionistas admitieron errores o la falta de una mayoría social que legitimara sus acciones, en campaña han dado pocas indicaciones de querer volver al cauce constitucional.

La campaña tampoco parece un buen momento para la separación de poderes. Los independentistas prometen la liberación de los encausados, aupada por la presión del voto de gente decente y de orden que entiende que se persiga penalmente a un pequeño delincuente pero no a quien desvía fondos públicos para preparar las estructuras de un nuevo país, utiliza las instituciones estatales contra el Estado o intenta destruir el orden constitucional mientras se burla de las advertencias de los tribunales.

Entretanto, el Partido Popular, asustado por el ascenso de Ciudadanos, trata de hacer de poli duro. Regala un argumento a los independentistas y socava el prestigio de las instituciones al reclamarse responsable de que las fuerzas secesionistas estén descabezadas: gracias a nosotros, dicen quienes estos meses argumentaban defendiendo el Estado de derecho y la separación de poderes, los insurrectos están ante la justicia. Pero, por desgracia, que el Partido Popular se erija en campeón de las instituciones democráticas y después las degrade a cambio de un posible puñado de votos es uno de los elementos más previsibles de la política española. Sus mentiras no solo se vuelven contra ellos, sino que nos afectan a todos.

La lógica de la competición hace que los partidos busquen maximizar las diferencias, también dentro de su propio bloque. Y el frenesí propagandístico tampoco facilita una visión crítica y autocrítica entre los votantes independentistas: complica el examen de una vía unilateral e ilegal que ha producido pérdidas económicas, descrédito institucional, deterioro de la convivencia, retroceso en el autogobierno y desprestigio de Cataluña. La independencia no es solo divisiva, anacrónica o empobrecedora: es todas esas cosas al mismo tiempo, y a la vez es imposible.

Es difícil que se produzca el regreso a la realidad de muchos catalanes que confiaron en la promesa de la independencia: una independencia, les dijeron y creyeron contra toda evidencia, que sería reconocida de inmediato por la comunidad internacional, que resultaría beneficiosa económicamente y que no generaría ningún sobresalto social. El narcisismo identitario condujo a una incomprensión del Estado (que despreciaron), del mercado (cuyo funcionamiento no entendieron), de la Unión Europea (no cayeron en que su proyecto no solo tenía dificultades de estatus, sino de concepción: se parecía sobre todo a aquello contra lo que se había creado la Unión) y de la identidad (que consideraron su patrimonio exclusivo). Algún día habrá que preguntar a los expertos de primera fila, desde la filosofía a la politología, que hicieron -hacen- de cheerleaders en esta aventura.

Pero no es tampoco el momento del regreso a la verdad, como han mostrado los candidatos de Esquerra y de Junts per Catalunya, que han renovado con nuevas tergiversaciones su viejo repertorio de falacias. Quienes no quieren rendir cuentas por una gestión antidemocrática y desastrosa han planteado las elecciones como un plebiscito sobre el 155. Pero si pierden en votos y ganan en escaños, ayudados por la ley electoral, como sucedió en 2015, también les servirá. Siempre juegan con al menos dos barajas. El Gobierno legítimo, dicen, está exiliado en Bélgica, pero por si acaso se presentan a las elecciones. Nunca hubo unilateralidad y si la hubo fue culpa del Gobierno de España. No hubo pérdidas económicas y si las hubo fueron culpa del Gobierno de España. No lleva mucho entender el mecanismo. Sugiere que el procés salió casi de la nada, o como mucho de la incomprensión de España, y afirma que el 155 fue un abuso de Madrid, que en el imaginario nacionalista es un enemigo paradójico, al mismo tiempo inepto e infinitamente ingenioso para aplastar a “Cataluña”. “Hay una cierta posverdad”, dijo el ex consellerRull en un debate. La cuestión no es tanto si aceptarán la legalidad y desde allí intentarán defender la opción de la independencia, que el TC consideró legítima, o si prolongarán la estrategia que nos ha llevado hasta aquí. La duda es si alguna vez habrá verdad, o si quedaremos atrapados en una fábrica de mentiras aparentemente inagotable.

Las encuestas sugieren que puede ser difícil formar Gobierno, no digamos encontrar soluciones. Esto último exigirá renunciar a la política de máximos y mentiras que ha lanzado el procés. La fractura se tendrá que ver claramente, para trazar acuerdos que aspiren a repararla. Del desastre salimos con algunos elementos claros: el hecho de que el catalanismo tiene que volver al camino de la Constitución y el Estado de derecho, y reconocer a quienes no comparten sus opiniones; la visibilización de un sector muy importante de la población catalana que hasta ahora no se había articulado; los riesgos de encerrarse en una identidad única, cuando la identidad es siempre azarosa, compleja y cambiante. Cada voto cuenta.

Daniel Gascón es escritor y autor de Entresuelo (Literatura Random House).

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