Caérsenos la cara

¿Qué puede decirle un novelista, un narrador de ficciones, es decir, de cosas en principio inventadas o imaginadas, y desde esa posición del narrador de ficciones, a un periodista?, me he preguntado. ¿Qué puede decirle de fuste o utilidad, y no por decir, quien orienta su prosa hacia la simulación a quien se entiende que debiera orientarla hacia el empeño de describir y referir las cosas sin alterarlas? ¿Y qué puede decirle justamente en estos trances de crisis, de mudanzas y tránsitos a no se sabe dónde?

Si quien se atarea en levantar mundos de ficción, es decir, alterados, está además aquejado de un malestar y una conciencia tan desazonadores que no dudaría en hacerle eco al Lord Chandos de Hofmannsthal, a quien las palabras abstractas se le desmigajaban en la boca igual que hongos podridos, tal vez lo único, o cuando menos lo más socorrido que le cabe hacer, es, precisamente, trasmitir esa desazón y hacer partícipe de esa conciencia.

Algo, o quizá mucho, y no solo las palabras más abstractas, se nos desmigaja a algunos de nuestro lenguaje y nos sabe a podrido. Es la crisis, cabe decir; y además la crisis habitual en que vive el lenguaje. Puede, pero también es posible que, en esta crisis de ahora, se ciernan peligros más inquietantes.

El fingidor y el periodista, cada uno desde su oficio, tienen el cometido de atender a lo que está ahí fuera del lenguaje, llámesele realidad o fantasía, de seleccionarlo y recogerlo, de elaborarlo luego a su modo y después referirlo, es decir, trasladarlo al lenguaje. Trasladan a lenguaje lo que está fuera de él, pero, para ello, no pueden por menos de hacerlo con lo que está en el lenguaje, y en el lenguaje ya también está el mundo: en el lenguaje que se desmigaja y sabe a podrido está ya un mundo que se desmigaja y sabe a podrido.

Ahora bien, trasladar, llevar algo de un sitio a otro, del sitio de las cosas y los hechos al sitio del lenguaje, implica, irremediablemente, alterar, hacer otros la cosa y el hecho y convertirlos en una cosa o un hecho de lenguaje. De modo que no hay posibilidad de referir sin alterar más que en las buenas intenciones o en la ingenuidad. Y donde las hay buenas o ingenuas, también las puede haber malas o contraproducentes.

Pero alterar no quiere decir falsear. Somos fingidores, de fantasía los unos y de realidad los otros, pero no farsantes. Y la farsa empieza allí donde acaban la conciencia y la desazón ante el lenguaje. Porque la desazón ante el lenguaje, uno de los dos grandes desasosiegos, junto al de la muerte y el tiempo, que hacen hombre al hombre y no bestia, puede también que no sea tanto una enfermedad cuanto un síntoma de salud, la necesaria salud del centinela.

Así que novelistas y periodistas, manteniendo las distancias o acortándolas, podemos alterar veraz o falazmente al pasar algo a lenguaje. Podemos alterar con engaño, con falsedad o por desidia, por falta de cuidado o dejarnos llevar por lo que se lleva, es decir podemos ser falaces; o bien tratando de corresponder a las cosas y los hechos sin defraudarlos, sin fraude ni burla ni incuria, sin hacer creer una cosa que no es. Pero además, haciéndolo así, contribuimos, mucho más hoy los periodistas, a hacer también veraz o falaz a la palabra, al lenguaje que usamos, a que se nos desmigaje o no y nos sepa o no a podrido. Y en su descuido está ya la burla y el fraude; de ahí su responsabilidad y el nunca excesivo esmero que una sociedad debiera poner en su formación.

La palabra, ha escrito Sánchez Ferlosio, nació para ser ficción, «ilustración imaginaria con la que los hombres podían repetirse en simulacro sus acciones sentados junto al fuego». Pero esa palabra que es en esencia repetición simulada, «se hizo madre de engaños» cuando «se la erigió en decidora de verdades». Hoy está en boca de todos afirmar que la pelea es el relato, tras comprobar que no hay mejor forma de llevarse el gato de la verdad al agua del éxito, cualquiera que ese sea, que la simulación imaginaria de las cosas. El relato hace creer, se ha erigido en decidor de verdades y, por ende, es madre de engaños y fraude. Y la mentira y el engaño, además de engañar, ciegan a las palabras, las hacen inútiles y perjudiciales. Con palabras ciegas los hombres damos palos de ciego porque vemos con las palabras, porque vemos lo que vemos con las palabras con las que nos lo decimos.

Nada nuevo: «entre los mortales es la palabra y no los hechos lo que lo guía todo», afirma Odiseo, el maestro de la artimaña, el que no hace el menor asco a la mentira en vistas a conseguir lo que desea, en el Filoctetes de Sófocles. Frente a él, Neoptólemo considera una vergüenza mentir, y mirar de frente al hablar y que no se le caiga la cara de vergüenza algo todavía esencial.

Mentimos, mentimos con intención o por descuido y no se nos cae la cara de vergüenza. Mentimos, es decir, hacemos creer con astucia, somos falaces y desidiosos con el lenguaje: lo cegamos. Por eso se nos desmigaja y sabe a hongos podridos, a palabras ciegas, inútiles y atarugadas que nos van acogotando en un lenguaje inhóspito. Y si la lengua que usamos no nos ofrece su hospitalidad, qué va a acogernos y cómo vamos a acoger al mundo. El mundo es nuestro acogimiento y el peligro de quedarnos sin mundo, el peligro de la intemperie, esto es, de la burricie y el arreo, está siempre ahí acechándonos en nuestro uso del lenguaje.

Habitaremos la imponente proliferación de nuestros medios técnicos para producir cualquier cosa, no haremos ascos a nada para conseguir lo que sea que queramos, como Odiseo, somos capaces, podemos, ya no se nos cae la cara de vergüenza ante nada; pero con un uso puramente instrumental de un lenguaje enclenque, agusanado y ruidoso que se nos desmigaja y sabe a podrido, estaremos indefensos ante la posible monstruosidad o aberración de esa cualquier cosa y ese lo que sea. ¿Y cómo no caminar con miedo, o cuando menos con desazón, en el mundo levantado por un uso del lenguaje tan falaz y tramposo?

J. Á. González Sainz es escritor. Su último libro es «El viento de las hojas».

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