Cal en Kosovo y brea en Serbia

Por Daniel Reboredo (EL CORREO DIGITAL, 19/12/07):

Los Balcanes vuelven a concentrar la actualidad informativa con el despropósito de Kosovo y con el protagonismo en el mismo de EE UU y de una patética UE que se limita a seguir las directrices de su amo. ¿Qué pena de Unión! Cada día que pasa se hace más difícil apostar por un proyecto que carece de espíritu y voz propia. Aunque todavía no se ha manifestado de forma oficial, la reunión que hoy celebra el Consejo de Seguridad de la ONU quizás le sirva para que sus ideas se aclaren. Seguramente se limitará a ratificar el bienintencionado pero no por ello acertado Plan Ahtisaari. Las sacrosantas fronteras de Europa desde la Segunda Guerra Mundial se van a modificar de forma unilateral, lo que introducirá un nuevo principio legal en el Derecho internacional y generará un imparable tornado en todos los países del orbe ya que prácticamente ninguno se librará de los irredentismos separatistas. Días, semanas, meses, pero al final la independencia. Kosovo será independiente y a partir de ese momento se recogerán los frutos de tamaño dislate, comenzando por el norte del enclave cuyo centro es la ciudad de Mitrovica donde la violencia que se ha reducido en los últimos años rebrotará compensando la ejercida por los kosovares. Milicias armadas de uno y otro bando se encargarán de ello. Todos los secesionistas del mundo van a tomar la región de Kosovo-Metohija como ejemplo a seguir. La cuna del pueblo serbio y último baluarte de la resistencia de la Serbia medieval frente a los turcos se transformará en un nuevo Estado musulmán que terminará formando parte de la Gran Albania y que desestabilizará aún más una zona de Europa especialmente sensible.

El Gobierno serbio de Boris Tadic intenta por todos los medios evitar una secesión que de producirse, incrementará el radicalismo en Serbia, legitimará el secesionismo y avalará un Estado corrupto hasta el tuétano y dominado por unas mafias que tampoco han mejorado la situación de sus habitantes. Pero los serbios tienen que seguir pagando su papel de malos de la película, papel que los intereses alemanes y estadounidenses les otorgaron en el pasado mediante una gran mentira que empapó occidente. Recordar otra vez esto es fatigoso y tedioso pero no está de más ante la nueva barbaridad que se avecina. Comenzaremos recordando que la guerra, o las guerras, de Yugoslavia no se iniciaron en 1991 con las secesiones unilaterales de Eslovenia y Croacia, sino que ya once años antes el servicio de espionaje alemán envió asesores y armamento a Zagreb para apoyar al racista Franjo Tudjman, y de ahí que podamos señalar sin temor a equivocarnos que Alemania deseaba la ruptura de Yugoslavia en pequeños Estados a los que poder controlar y en los que sus empresas controlarían sus débiles mercados. Alemania y su canciller Helmut Köll, al igual que EE UU que luego asumió el control de la zona, conocían la importancia que para sus planes tenía una ruta estratégica hacia Oriente Medio y el Cáucaso (petróleo y gas) que, ‘casualmente’, pasaba por una Yugoslavia muy hacia la izquierda ideológica y políticamente y con un potente sector público, importantes derechos sociales y cierta resistencia a las multinacionales.

El reconocimiento de estos nuevos países provocaría una guerra civil, como así fue. Esta guerra de globalización, alentada desde el exterior, fue una guerra de agresión enmascarada en innumerables mentiras como la manipulación de la historia y de la geografía de una Bosnia que no se podía dividir sin una guerra civil y que tiene en el Kosovo actual una lamentable continuación; como la demonización de los serbios y la absolución angelical de croatas y musulmanes; como el panegírico victimario de verdugos como Tudjman e Izetbegoviz; como la ‘desinformación’ que se transmitió a Occidente de los acontecimientos de Srebrenica y de la actuación del citado Izetbegovic, Nasser Oric y las fuerzas de la ONU; como la limpieza étnica de que se acusaba insistentemente a los serbios y cuyo principal capítulo lo protagonizó el ejército croata en Krajina (agosto de 1995); como las masacres de Sarajevo que produjeron las fuerzas serbias y que investigaciones posteriores de miembros de la ONU vincularon a tropas de Izetbegovic; como la gran mentira del inexistente ‘Plan Herradura’, mediante el cual Milosevic quería exterminar a los musulmanes de Kosovo, etcétera. Podríamos seguir, pero para muestra bien vale un botón.

Las grandes potencias participaron con fines inconfesables en los Balcanes, la propaganda de guerra y la manipulación de los acontecimientos fue una constante, la guerra distó mucho de ser humanitaria y todos los bandos cometieron crímenes durante la misma. De ahí que para romper la dinámica destructiva que allí se inició, la solución Tadic sea la más razonable de todas las posibles, un cambio constitucional que respete los intereses de Kosovo, otorgándole un grado de autonomía máximo, y la democracia en Serbia. El reclamo de acelerar el proceso de incorporación de Serbia a la UE (Acuerdo de Estabilización y Asociación) no deja de ser un burdo chantaje a los serbios y una clara traición a los acuerdos de paz de 1999 cuya principal condición fue la de respetar las fronteras de todos los países. Kosovo nacerá con una ficticia capa de encalado que habrá aplicado Occidente, a la par que cubre a Serbia con una nueva capa de brea y podredumbre. Mala solución para un incierto futuro.