Calderón, al centro

Por Marifeli Pérez-Stable, vicepresidenta de Diálogo Interamericano en Washington DC, y profesora de la Universidad Internacional de la Florida en Miami (EL PAÍS, 21/09/06):

La decisión del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dio por terminada -de manera definitiva e inapelable- la controvertida elección mexicana. Felipe Calderón Hinojosa, del Partido de Acción Nacional (PAN), es el presidente electo. La semana anterior los magistrados habían desestimado casi todas las impugnaciones que Andrés Manuel López Obrador y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) presentaron ante el tribunal. La fase del TEPFJ, sin embargo, sólo cierra la elección en términos jurídicos. Le incumbe a la clase política distender la crispación producida por la rispidez de la propia campaña presidencial y el cuasi empate entre Calderón y López Obrador.

Calderón desplegó la conformación de un Gobierno de coalición al centro de su plataforma. Aun antes de que el TEPFJ lo nombrara presidente electo, el panista y sus asesores sostenían reuniones con la oposición -ahora intensificadas- para hacerlo realidad. Las conversaciones entre el PAN y el Partido Revolucionario Institucional -el otrora invencible PRI- son las más avanzadas. El PRI, de hecho, es ya la bisagra de la política mexicana. Pese a su pobrísimo resultado en la elección presidencial, el PRI es la segunda bancada en el Senado y gobierna 17 de los 31 Estados. La colaboración PAN-PRI es clave para ejecutar las reformas económicas y políticas que le urgen a México.

Si bien no parece probable de inmediato, el diálogo PAN-PRD es imprescindible para la gobernabilidad. La Convención Nacional Democrática celebrada el 16 de septiembre -que declaró a López Obrador presidente legítimo y a Calderón usurpador- realza la intransigencia de un sector del partido.

AMLO y sus allegados -entre los cuales se encuentran ex priístas experimentados en el arte del fraude electoral como el que privó a Cuauhtémoc Cárdenas, líder moral del PRD, de la presidencia en 1988- se alejan cada vez más de hacer política en el marco institucional existente. El recién creado Frente Amplio Progresista (FAP) pudiera convertirse en el crisol del gobierno paralelo que los radicales pretenden vivificar.

Pero, ¿qué harán los legisladores del PRD -ahora la segunda bancada en la Cámara de Diputados- y los cinco gobernadores perredistas con el capital político ganado en las urnas el 2 de julio? Los primeros ya conversan con el PAN y el PRI en el Congreso sobre la agenda legislativa. Los segundos participaron en la reunión de los gobernadores con Calderón, aunque se excusaron de la fotografía con el presidente electo. Así y todo, los perredistas no pueden obviar el hecho de que sus presupuestos son altamente dependientes del Ejecutivo federal. Además, ni los legisladores ni los gobernadores pueden hacer caso omiso de las encuestas que sitúan al PRD pisándole los talones al PRI en el rechazo ciudadano. Para ellos, un futuro diálogo con Calderón pudiera representar el rescate del PRD, sobre todo si, como parece, los radicales ensalzan al FAP a expensas del partido.

La política mexicana se encuentra peligrosamente polarizada. Hace unos días, Calderón aplaudía a los mexicanos pacíficos frente a aquellos que apostaron por la violencia. Aunque su intención no fue tildar de violentos a los casi 15 millones de ciudadanos que optaron por AMLO, así se interpretaron sus palabras. Calderón no puede caer en la politiquería partidista, ya que necesita ganarse a estos votantes para que, al menos, lo escuchen. De lo contrario, no será el presidente de todos los mexicanos y la polarización actual se agudizará.

Aunque no existe evidencia alguna de fraude en la elección del 2 de julio, un tercio del electorado la considera ilegítima. La demanda de contar “voto por voto” -que el PRD no presentó ante el TEPFJ con el cuidado que la ley exigía- pudiera satisfacerse a medias, aunque sin ninguna consecuencia jurídica, si el Instituto Federal Electoral aplazara la destrucción de las boletas que la ley electoral dicta. Grupos de ciudadanos y algunos medios de comunicación han pedido acceso a ellas, avalándose en la legislación que promueve el libre acceso a la información. Calderón le ha solicitado al IFE “preservar el material electoral durante el tiempo que sea posible”, gesto que pudiera darle cierta credibilidad ante algunos electores perredistas, especialmente los que vienen desencantándose de AMLO después del 2 de julio.

El presidente electo también afronta problemas en el PAN. No olvidemos que el presidente Vicente Fox y el partido apoyaron a Santiago Creel, hoy líder de la bancada panista en el Senado, quien fuera barrido por Calderón en las primarias; que Fox y Manuel Espino, presidente del PAN, siguen acaparando la atención pública y no necesariamente para apoyar al presidente electo y que ni Creel ni Héctor Larios, líder del PAN en la Cámara de Diputados, son de su confianza. A la brevedad, Calderón debe dejar sentado quién es, sin lugar a dudas, el primer panista de México.

El presidente electo ya se ha distanciado de Fox en dos frentes. Calderón sabe que uno de los factores que determinará el éxito de su sexenio será la medida en que logre construir mayorías en el Congreso, frente que Fox manejó desastrosamente. Calderón, asimismo, ya ha dado indicios de pautas propias en política exterior. Se espera que mejore -en la medida de lo posible- las relaciones con Cuba, Bolivia y Venezuela y que proyecte a México hacia América Latina sin descuidar, claro está, la relación con Washington.

Aunque la clase política en su conjunto es responsable de promover la conciliación, Calderón y su Gobierno deben colocarse en primera fila. Sobre sus hombros recae la obligación de sentar el tono y las políticas que relajen la polarización. La política -que no puede ser de barricada- debe primar. Pese a lo difícil de las circunstancias, Calderón no anda por mal camino. Por eso debe frenar a los panistas intransigentes que se dicen dispuestos a “perdonar”, cuando ellos tampoco están libres de pecado.

Si hubiera ganado por cinco puntos porcentuales en vez del exiguo 0,56, Calderón probablemente no hubiera entendido la necesidad de gobernar desde el centro que es, precisamente, donde se encuentra la mayoría de los mexicanos. La estrechez de la victoria ofrece oportunidades imprevistas que Felipe Calderón Hinojosa debe aprovechar al máximo, por el bien de todos.