Calendario sin fechas

Todo comenzó el 14 de marzo con el estado de alarma… De quincena en quincena se devanaba la procesión de prohibiciones y decisiones erráticas. Nueve meses después, seguimos rehenes de confinamientos, toques de queda, cierres perimetrales y caducidad de los ERTE.

Este 2020 nos ha enseñado a saber estar solos, valorar lo que antes no parecía importar… La ansiedad por superar la pesadilla pandémica nos ha convertido en adictos al calendario.

En lo más acerbo de la cuarentena, el «Libro de Job» parecía describir estas fechas insomnes: «Como el siervo anhelando la sombra, como el jornalero esperando su salario, así he pasado yo meses llenos de desencanto y me han tocado noches llenas de dolor. Si me acuesto, digo: ¿Cuándo llegará el día? Si me levanto: ¿Cuándo vendrá la noche?».

Al acabar «nuestra guerra», como decían los abuelos, Josep Pla se incorpora al semanario «Destino» de Ignacio Agustí y Josep Vergés. El 30 de septiembre de 1939, el escritor ampurdanés inaugura la sección «Calendario sin fechas». Setenta y cinco pesetas por artículo.

En aquellas páginas «color pan de racionamiento», el articulista alude al título de su sección: «Algunas veces me he preguntado qué es lo que quiso decir el director de este semanario, nuestro amigo don Ignacio Agustí, al rotular la sección que desde hace dos años está a mi cargo «Calendario sin fechas» ¡Calendario sin fechas! ¿No es un rótulo raro? Un calendario sin fechas ¿no será algo así como un arroz con pollo sin pollo o una sopa de ajo sin huevos estrellados? Previendo, sin duda, mi temperamento un poco desencuadernado, Agustí pensó que yo me sujetaría a duras penas a escribir de las sucesivas efemérides del calendario, y así me dio, en el rótulo, la holgura de movimiento necesaria».

No tener fechas se adecuaba al incierto momento histórico. Artículos en el cajón: aplazados o retocados por la censura, consignas germanófilas para un semanario anglófilo.

Con sus «calendarios sin fechas» Pla compone en 1942 «Viaje en autobús», uno de los mejores títulos de la posguerra, al que seguirá «Humor honesto y vago» y «La huida del tiempo». Tiempos de autarquía, avales, restricciones y cartilla de racionamiento. Salvoconducto para viajar más allá de la comarca. El autor no menciona una guerra que connota en cada detalle: mejor mostrar que decir.

Califica su viaje de «vuelo gallináceo»: cuando el mundo se hace pequeño, el mérito es «llegar a ver las cosas en grande». Para conseguirlo Pla cultiva el desplazamiento: «Prescindir de pequeñeces, de difusos detalles, de torcidos cubileteos tribales, de grandiosidades escenográficas y falsas». Observa «la vida que estamos arrastrando, el temporal que estamos capeando» desde un humilde coche de línea gerundense: «Veo dos cristales rotos; otro se ha encasquillado y no sube ni baja. Las revoluciones ajan las cosas. En España, hoy, hasta los árboles parecen sobados y manoseados».

El escritor solitario lía pitillos de caldo de gallina entre viajantes de comercio que juegan a cartas. En un rincón oscuro del casino, como el arpa dormida de Bécquer, descubre una librería acristalada; ilumina con una cerilla los lomos de los volúmenes confinados. Como se perdió la llave, nadie podrá acceder a esas lecturas: «¡Cuántas cosas no han pasado en España desde que estos libros fueron encerrados aquí! Guerras, revoluciones, incendios, saqueos, cambios de regímenes…», advierte el viajero.

En el asiento con olor a tabaco, Pla reposa la cabeza sobre estampados mugrientos. El achacoso vehículo se detiene y alguien ensalza el paisaje… Pero lo que llama la atención del resto del pasaje no es la belleza de la tierra, sino unos campos de patatas: «Oigo decir por todos lados a los viajeros. ¡patatas! ¡patatas!», anota Pla. Un hombre se incorpora con intención de ir a buscar los milagrosos tubérculos: «El caballero se dirige rápido y fogoso a la portezuela del coche… Pero llega tarde. El autobús echa a andar… Los campos de patatas quedan atrás, en la vaguedad de la tiniebla».

Una desnutrida señorita deja caer su cabeza en el hombro del viajero: «Eso suele generalmente suceder cuando se ve un pollo o unas gallinas a lo lejos y uno se da cuenta de que son inasequibles», colige Pla con pragmatismo deudor de Carpanta.

El viajero se resiste a imaginar una segunda Madame de Sevigné «si el gas del hornillo no tiene presión y la carne es tan coriácea». Si no se resuelven las necesidades más elementales, el mundo no se puede admirar.

El autobús que le ha tocado en suerte es un aparatoso vehículo con gasógeno… Para no desesperarse, Pla traslada su mente a la Cerdeña del conde de Cavour. Aquel promotor del ferrocarril arrasó los bosques sardos para conseguir carbón: «Estos gasógenos destrozarán mucha leña, arrasarán muchos bosques…», medita.

Pla sobrelleva la lentitud del autobús leyendo el periódico. La prensa del Movimiento solo depara triunfalismo. Un viajero inquiere sobre los titulares del día: «Pues dice lo de siempre; que hemos de estar contentos, que hemos de ser optimistas y que si aquí estamos mal, peor están en otras partes».

En una casa, una placa recuerda al bacteriólogo Ramón Turró. El viajero pretende recabar datos en el café del pueblo, pero solo recibe explicaciones vagas… Una viejecita, sobrina del doctor le menciona unas cartas desaparecidas en los saqueos del 36: «La memoria del doctor Turró se irá perdiendo. En su pueblo natal ya no queda apenas rastro de su paso por la tierra…», lamenta Pla.

Las fondas donde se aloja el escritor de «cafarnaum» en verano y «nevera» en invierno. Al entrar en la habitación, recibe «un vaho glacial de humedad». El frío «explica muchas cosas de este país».

El huésped recobra, como Zweig, un onírico «mundo de ayer»: el Palafrugell de su juventud. Al despertar retorna la realidad hostil. Entre la guerra civil y la mundial, el escritor desaconseja el regreso al progreso ilimitado si este no lleva a ninguna parte: «Muchas personas han creído en efecto que estábamos pasando la época más brillante de la historia, el momento en el que el género humano en tanto que impulso progresivo ha llegado al zénit. Sin embargo… ha venido la catástrofe».

Confinado en su Ampurdán, Pla envía sus «calendarios sin fechas» a «Destino» por el recadero. Son tiempos inciertos. A pesar de haber estado en el bando nacional su talante liberal y aliadófilo despierta recelos en los sectores más azules del régimen. El «desplazamiento» se revela una forma de supervivencia. Cuando baja a Barcelona ha de escuchar alusiones a esa vida de ermitaño que le desconecta de los centros de poder: «¿De qué quedaré desconectado, si tengo el mar, la tierra u el cielo ante mi vista? ¿En qué vacío viviré que tú no vivas?», responde.

Las ilusiones «hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía», constata Pla al acabar su viaje en autobús. Sus lectores de 2020 seguimos atrapados por plazos y guarismos. El «calendario sin fechas»: un antídoto eficaz contra nuestra ansiedad.

Sergi Doria es escritor y periodista.

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