Cambio amortizado

La insistencia en que se avecina un drástico cambio político en nuestro país contribuye a amortizar la novedad antes de que se produzca. Hace semanas que los pronósticos de la demoscopia avanzaron el peor de los escenarios posibles para los partidos tradicionales debido a la aparición de Podemos y de Ciudadanos.

Los populares saben que se les acabó la buena racha del 2011, pero se consuelan admitiendo que aquel año, en el que acumularon un poder inédito en democracia, fue excepcional e irrepetible. Los socialistas llevaban tanto tiempo implorando que se detuviera su caída que se aferran al resultado de las andaluzas para soñar con que la convulsión les deje a flote como primera fuerza. Los convergentes temen que el vuelco que se avecina va a desviar el foco de atención doméstica e internacional del “problema catalán”. Los nacionalistas vascos gobernantes simulan que la cosa no va con ellos. Pero el cambio debe enfrentarse a un inesperado adversario: su prematuro éxito en las encuestas.

La aparición de Los Verdes alemanes a principios de los años ochenta del siglo XX supuso todo un acontecimiento para la política heredada del final de la Segunda Guerra Mundial y atenazada por la guerra fría. Una confluencia de grupos ecologistas y pacifistas quería ir más allá de la agenda alemana del estado social y la real politik enfrentándose abiertamente a la proliferación de armas nucleares y a un desarrollo insostenible.

Treinta y cinco años después de que surgieran Los Verdes en Alemania cabe destacar su influencia en la inclusión de la inquietud medioambiental en la política europea bajo el epígrafe –más reciente– de la sostenibilidad, su importancia en la toma de conciencia frente al holocausto nuclear y su experimentación con nuevas formas de organización partidaria. Los Verdes siguen siendo una fuerza relevante en Alemania. Con un 10% electoral han conseguido en estos años formar parte del Gobierno federal, del de algunos estados y del de muchas ciudades importantes. Pero Alemania es el único espacio europeo en el que Los Verdes han logrado mantener una notable autonomía política.

La emergencia de populismos xenófobos en distintos países de la Unión Europea y de las alternativas más críticas con el capitalismo financiero en Grecia –Syriza– y en España –Podemos– constituye la gran novedad que la Europa política experimenta tres décadas y media después de la aparición de Los Verdes. La pregunta es si han venido para quedarse o se trata más bien de reacciones coyunturales que el sistema de partidos tradicional acabará deglutiendo mediante leves ajustes formales.

En lo que a la política española respecta, parece evidente que tanto Podemos como Ciudadanos están emplazados a examinarse como un partido más; es decir, como si fuesen un partido de los anteriores. La llamada nueva política no ha podido hasta ahora condicionar la política real más que en el plano de las zozobras electorales. Ninguna de las formaciones tradicionales –PP, PSOE, CiU, PNV, etcétera– se ha sentido obligada a cambiar para así eludir un cambio que pudiera orillarlas. No se han vuelto ni más transparentes, ni más participativas, ni más comprometidas frente a la corrupción, ni más autocríticas, ni demuestran mayor empatía hacia las personas de lo que mostraban antes del anuncio del cambio.

La impermeabilidad de la vieja política frente a la nueva política tiene explicaciones varias. Pero la más importante de ellas es la insustancialidad del cambio prometido. Podemos no representa una alternativa horizontal al anquilosamiento de la verticalidad dirigista de los partidos tradicionales. Si acaso aporta una maraña de procedimientos y de plataformas franquiciadas que enturbian los mínimos de transparencia. De entrada no se conoce por qué concurre electoralmente en unos sitios y por qué considera que en otros “no se dan las condiciones”. Hace tiempo que Podemos dejó de hablar de “la casta” y del “régimen del 78”. Sus dirigentes saben que no pueden aspirar a todo, que no les queda otro remedio que adecuarse a la realidad. Y eluden responder a las preguntas que les interpelan sobre sus intenciones.

Algo semejante ocurre con Ciudadanos. La reinvención del centro se topa siempre con sus anteriores ocupantes. El partido de Albert Rivera es, por ahora, más una causa para que se enconen las tensas relaciones en el seno del Partido Popular que para remover los cimientos del centro-derecha español.

Hoy se verá hasta qué punto los dirigentes del PP están en condiciones de exigir cambios a Rajoy o es este el único autorizado para pedir explicaciones a los suyos –a los dirigentes de Génova y a los barones territoriales– porque sean ellos los mal acostumbrados a servirse de los réditos del poder.

Kepa Aulestia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *