Cambio climático, energía y aumento de la población

Por Santiago Grisolía, presidente ejecutivo de los Premios Rey Jaime I (EL PAÍS, 30/06/07):

El presidente de Estados Unidos, George Bush, a pesar de su pertinaz política de ninguneo del Protocolo de Kioto, nos sorprendía el pasado 4 de junio con su aceptación de que se está produciendo un calentamiento global del planeta y que hace diez semanas solicitó a su gabinete que se reunieran periódicamente con los científicos para recabar los datos sobre el efecto invernadero. Lo más caritativo que se puede decir es que Bush tiende a reconocer las evidencias cuando son lugares comunes.

El 8 de junio recibimos con cierta esperanza la noticia de que, dada la insistencia de la señora Merkel, la reunión del G-8, aunque mermada en sus objetivos, había conseguido, afortunadamente, que sus recomendaciones se instituyesen bajo el auspicio de la ONU, tal y como había propuesto su secretario general, Ban Ki-moon. A pesar de la opinión del presidente Bush, es la única forma de abordar el cambio climático.

Han pasado más de 30 años desde que se produjo la primera crisis energética. Pero, tal y como denunciaba hace unos meses la revista Nature, la investigación sobre nuevas fuentes de energía y su desarrollo ha dejado de interesar prácticamente a las instituciones oficiales. Incluso en Estados Unidos, cuyo Departamento de Energía tiene funciones equivalentes a las de nuestros ministerios, las inversiones realizadas para investigación han descendido notoriamente respecto a la época del presidente Jimmy Carter, quien dejó su cargo en 1981.

Ojalá todo cambiase después de la reunión del G-8, pero aún no existe un programa de cooperación global en lo que se refiere a aspectos energéticos, a pesar de que la mayoría de los líderes políticos occidentales afirman tomar muy en serio el cambio climático y las nuevas fuentes de energía. Eso no es cierto, como demuestra la moderada inversión para potenciar la investigación en estos temas. Aunque hay algunas excepciones, como Alemania, que gasta 50 millones de euros anualmente en el Instituto para la Investigación Energética, o la nueva iniciativa del Reino Unido, que intenta hacer lo mismo en el Instituto de Tecnología Energética que empezará a funcionar en 2008. Pero no cunde el ejemplo en la Unión Europea: en el VII Programa Marco europeo, que empieza este año, se señala la energía como una de las nueve líneas de investigación prioritarias…, pero con un soporte económico muy moderado, un 5%.

Me enorgullece decir que la Comunidad Valenciana se ha interesado en el problema energético desde la época de la primera crisis: poco después de su inicio, hace 27 años, y bajo la presidencia de Joaquín Sáez Merino, en la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados se realizó el primer encuentro sobre el tema, con el título actualmente candente de Nuevas fuentes de energía.

Desde luego, no se ha dejado de pensar en ello en esta Comunidad. Como ejemplo reciente, el Alto Consejo Consultivo en Investigación y Desarrollo de la Presidencia de la Generalidad Valenciana realizó en 2004 el Simposio Internacional Cambio Climático: desde la Ciencia a la Sociedad, organizado por José Mª Baldasano y José Luis Rubio, con la participación de Ramón Tamames, todos premios Rey Jaime I. Las conclusiones científicas y económicas a las que allí se llegaron se recogen en un volumen publicado con mucha anterioridad al Informe Stern, y en él ya se revelaban muchos de los datos que el citado informe ha difundido.

Pero quizás la iniciativa más importante en materia energética llevada a cabo sea el manifiesto que firmaron gran parte de los miembros de los jurados de los Premios Rey Jaime I, durante su reunión del pasado año en Alicante, y en el que 67 personalidades, entre las que se contaban quince premios Nobel, manifestaban su preocupación por los recursos energéticos e instaban a los gobiernos y a los organismos internacionales a afrontar con urgencia el problema.

Pero no basta: junto al abuso masivo de combustibles que liberan gases de efecto invernadero, especialmente CO2, el espectacular aumento de la natalidad supone una enorme presión para el planeta. Parece olvidarse que cada año, la población mundial aumenta en unos 90 millones de habitantes. Si bien los datos evidencian que en relativamente pocos años hemos duplicado la población mundial, no hacemos gran caso. Cuando nací, en 1923, éramos cerca de 2.000 millones dehumanos, pero ahora superamos los 6.500 millones. Lo que no parece preocupar ni a los gobiernos ni a las instituciones, especialmente a aquellas opuestas a la regulación del número de nacimientos. Ello supone un mayor requerimiento de alimentos, energía y todo cuanto conlleva cubrir siquiera un mínimo de necesidades básicas, con lo cual el escaso terreno agrícola disponible está cerca de un límite que dudo pueda soportar muchos más miles de millones de humanos. Naturalmente, los más perjudicados serán los habitantes del continente africano: los desiertos de Namibia y el Kalahari siguen extendiéndose, con lo que cubren zonas de cultivo y disminuyen las posibilidades de supervivencia en las áreas limítrofes. El aumento de temperaturas ha favorecido la proliferación de los mosquitos y otros animales transmisores de enfermedades, por lo que la malaria se ha extendido a áreas hasta ahora no afectas. Aunque mucho se habla de África, la verdad es que nadie hace mucho por ella. Sus habitantes crecen a pesar de las pésimas condiciones sanitarias, con carencia de científicos y expertos en I+D, y en unas condiciones en que la corrupción y las guerras son constantes.

Asimov, bioquímico antes que novelista, decía hace unos 30 años: «Evidentemente, la raza humana no puede crecer durante mucho tiempo al ritmo actual, prescindiendo de cuanto se haga respecto al suministro de alimento, agua, minerales y energía. Y conste que no digo ‘no querrá’, ‘no se atreverá’ o ‘no deberá’: digo, lisa y llanamente, ‘no puede».

Hace años, analistas académicos, medios de comunicación y la comunidad internacional se habían preocupado por la población y el programa internacional sobre la familia. Después de períodos de atención y ayuda han seguido años de negligencia, especialmente los últimos diez.

En enero de este año, el Grupo Parlamentario sobre la Población, Desarrollo y Salud Reproductiva, del Reino Unido, publicó el artículo Regreso al Factor sobre el crecimiento de la población: su impacto sobre el Desarrollo del Milenio y sus Objetivos. Este estudio, producto de muchos análisis de testimonios, tanto escritos como orales, indica que el objetivo es difícil o imposible de obtener, dado el presente nivel de crecimiento de la población en los países y regiones subdesarrolladas. Recomendaba incrementos sustanciales del apoyo a la planificación familiar a nivel internacional, especialmente para los dos mil millones de personas que viven con menos de dos dólares al día. El estudio presenta un caso absolutamente convincente de que el continuo descuido de la planificación familiar en países en desarrollo provocará severas e importantes deficiencias en sus objetivos cruciales. Por ejemplo, se calcula que Nigeria, que tiene unos 15 millones de habitantes, tendrá en 2050 una población de 80 millones, que necesitarán alimentos y energía de forma exponencial.

En los años sesenta y setenta, muchos países en desarrollo adoptaron la política nacional demográfica y servicios de planificación familiar. Aunque algunas iniciativas asiáticas incorporaban elementos coercitivos, la mayoría de los esfuerzos en planificación familiar fueron enteramente voluntarios y verdaderamente exitosos. Las iniciativas confiaron tanto en sectores públicos como en privados para proporcionar métodos modernos, desde la esterilización voluntaria hasta los preservativos, con una información apropiada.

Es evidente que no podemos olvidar la preocupación de Asimov.