Cambio climático: lo que ya sabíamos

Por Esteban Arlucea, profesor de Derecho Constitucional de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 03/02/07):

Un día después del anecdótico apagón eléctrico de cinco minutos se ha presentado en la sede de la Unesco en París un avance del último informe (el cuarto) del llamado Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC en su acrónimo inglés). En honor a la verdad, he de reconocer que todos los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia que colmó los arranques de todos los noticiarios de ayer. De suyo, un buen acontecimiento si no fuera por lo que el contenido del avance de este estudio -realizado, entre redacción y revisiones, por más de 1.200 científicos- pone de relieve: que aun siendo una parte insignificante de este planeta redondo, cerrado y finito, como muy literariamente nos ha recordado Muñoz Molina en su reciente ‘El viento de la Luna’, somos los responsables cuasi en exclusiva (90%) de lo que acaece en él. Claro que esto para un racionalista antropocentrismo no es un dato que deba llevarnos a reflexión alguna, pero para quienes sostenemos el valor éticamente intrínseco de todo cuanto nos rodea, no es sino la confirmación de sospechas y sensaciones que nos hablan del paulatino retroceso de nuestra moderna civilización. Término que, derivado del latino ‘civis’ (ciudadano, persona en definitiva), mal habla de que continuemos conduciéndonos en el único espacio físico que conocemos y podemos (la Tierra) de una manera que nos lleva a nuestra propia destrucción o, en el mejor de los escenarios, a un notabilísimo incremento de perjuicios.

Y llegados a este punto de denunciada difícil vuelta atrás, cuando menos por los efectos a largo plazo sobre la naturaleza, las declaraciones de nuestros responsables políticos se tiñen de una insolente inocencia: ‘Necesitábamos la confirmación global y objetiva de la ciencia para, ahora sí, actuar plenamente en consecuencia, aunque ya hayamos ido dando pasos en tales sentidos’, es lo que, en resumidas cuentas, vienen a decir. Sin embargo, albergo la sospecha de que en modo alguno ello va a suceder así, principalmente porque pensar hoy en día en el poder político como uno autónomo es una mezcolanza de desconocimiento e ingenuidad a partes iguales. El poder político (donde lo hay) está sumisamente supeditado al económico. Los dictados del G-8, OMC, Banco Mundial y otras organizaciones menos nombradas penetran más, y más rápidamente, en nuestras vidas que la ley para el fomento de la cultura de la paz, por poner un ejemplo. Es cierto que para quien ha querido ver los datos, ahí estaban. Este panel de expertos simplemente se ha limitado a ordenarlos y presentarlos (como otros muchos antes) en sociedad. Y el cuadro que esbozan es desolador: cambio climático, incremento de desastres naturales, deshielo, aumento de temperaturas, y todo ello y más, relacionado con la especie humana. Esto es lo que el 2 de febrero ha saltado a la palestra, que no es poco.

Nada nuevo, como digo, al menos desde 1972, fecha de la celebración de la Cumbre de Estocolmo precedida por cierta carta que dirigió Mansholt al presidente de la Comisión de la CEE (Malfatti), advirtiéndole de la incompatibilidad de nuestro modo de producir y la supervivencia del ser humano en el planeta. Evento que inaugura una forma internacional de intentar afrontar ciertos problemas, asimismo, internacionales. Sin embargo, para esa fecha la estructuralidad de la forma de producción y consumo occidental, origen fundamental de estas consecuencias, no admitía más rivales que el decadente socialismo soviético, y el planteamiento originario de esta cumbre parecía suponerlo, de modo que no se le negó el tutelar auxilio de la Secretaría del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en su preparación. No es casualidad, pues, que su declaración final no cuestionara para nada los modelos industrial y económico imperantes. Sus repeticiones en 1992 y 2002 no han concluido sino con meros eufemismos sobre la salud del planeta, perdiéndose lo que ya el organizador de la Cumbre de Río hace quince años llamó la última oportunidad para salvarlo.

Contrariamente, desde otros sectores alternativos se han ido emitiendo propuestas, pero, desgraciadamente, han resultado ignoradas o reconvertidas a la lógica del sistema, perdiéndose con ello toda su fuerza transformadora. Es lo que ha sucedido con el Protocolo de Kioto de 1997 sobre limitación de emisiones de gases de efecto invernadero, que tanta responsabilidad ostentan en el denominado cambio climático: la bondad de la idea ha sido pervertida al traducirse a un sistema exclusivamente economicista de compraventa de derechos de contaminación, cuyo resultado -no podría ser otro- es un incremento de las emisiones y de los beneficios económicos globales asociados (sin ir más lejos, es el caso de España, que ha visto incrementado su porcentaje de emisiones de CO2 en un 15% respecto a los valores de 1990, aunque, de seguir su política como hasta el momento, podrían ser superiores en un 60% a finales de 2012).

El avance de este cuarto informe pone de manifiesto, pues, lo erróneo del camino recorrido a base de una interesada transformación del concepto de desarrollo sostenible en sólo desarrollo limitado cuantitativamente. La socialización del uso de los combustibles fósiles y su asunción como algo imprescindible para nuestro modus vivendi acarrean un precio impagable como planeta -vienen a decir sus conclusiones- y toda apuesta por los mismos desprecia la realidad en la que desde hace unas décadas nos hallamos inmersos, que la modificación de sus efectos ya sólo se encuentra en parte en nuestras manos. Así que hoy más que nunca cobra especial sentido la constatación de Desmond Morris cuando atribuía a nuestro proceso descivilizatorio el que continuáramos siendo ese sencillo animal tribal de hace varios miles de años, recriado al calor de su feroz industrialismo esquilmador, que se considera aparte, por encima y propietario del planeta.