Cambio de escenario vasco

Por José Luis Zubizarreta, escritor (EL PERIODICO, 13/04/05):

La campaña para las elecciones autonómicas vascas ha entrado ya en su recta final. En contra de lo que hacía temer la tensión con que se ha desarrollado toda esta legislatura, las dos semanas de campaña han estado dominadas por la atonía. Lo único que ha roto esta tranquilidad ha sido el debate en torno a Batasuna y sus posibles candidaturas sucesoras. El asunto desbordaba, como es obvio, el ámbito estrictamente judicial y tenía evidentes connotaciones políticas y repercusiones electorales. Al final, excluida la agrupación de electores Aukera Guztiak, el Partido Comunista de las Tierras Vascas, cuya vinculación con Batasuna no ha podido ser demostrada, recogerá el voto que se haya mantenido fiel a la izquierda aberzale. La cuantía de ese voto dependerá, sobre todo, de la obediencia que el electorado tradicional de Batasuna todavía mantenga hacia las instrucciones de su sigla original, pero será, en todo caso, lo suficientemente alta como para dañar las expectativas electorales de la coalición PNV-EA.

Fuera de este debate, la campaña ha pasado desapercibida para el ciudadano. El debate televisivo que se celebró el lunes de la primera semana de campaña representó, más que su lanzamiento, su colofón. Nada nuevo ha dicho ningún partido desde entonces y la apatía ciudadana no ha hecho sino aumentar. Curiosamente, y aunque las cuestiones que se dirimen en estas elecciones son idénticas a las que se plantearon en mayo del 2001, la actitud ciudadana ante ellas ha cambiado por completo. De hecho, más de un 60% de los electores declara, no sabe uno bien por qué, que estas elecciones son mucho menos importantes que las de hace cuatro años. El cansancio de toda una legislatura de debate repetitivo y estéril ha hecho, sin duda, mella en la ciudadanía.

Aparte del cansancio, hay otras razones que explican la atonía de esta campaña electoral. La primera de ellas, que en absoluto puede minusvalorarse, es de carácter externo y se refiere a los hechos que han acontecido en el Vaticano. La muerte y los funerales del Papa, así como, en estos últimos días, las conjeturas sobre el resultado del cónclave, han atraído gran parte de la atención mediática y ciudadana, y han relegado a un muy segundo plano el interés por las elecciones. Incluso en los informativos de los medios de ámbito vasco, las noticias sobre la campaña electoral han tenido que esperar 15 o 20 minutos para salir en antena o en pantalla, y nunca han ocupado una primera página de la prensa escrita. Así, durante la primera semana de campaña, la ciudadanía ha estado totalmente distraída del proceso electoral.

Pero existen también, y quizá sobre todo, razones de índole interna que explican el cambio de talante de la ciudadanía vasca ante estas elecciones. Tres son, en mi opinión, las más importantes. La primera de ellas, ETA o, por mejor decir, la ausencia de ETA. Son éstas, quizá, las primeras elecciones en las que ETA no se ha dejado sentir al inicio de la campaña electoral. No es sólo la ausencia objetiva de atentados. Se trata, más bien, de un sentimiento que de un tiempo a esta parte se ha adueñado de la ciudadanía vasca en el sentido de que ETA es ya un fenómeno amortizado. La violencia está, sin duda, presente en la campaña y en los programas electorales, pero de ningún modo con la capacidad movilizadora que había tenido en otros tiempos.

La segunda razón tiene que ver con el cambio de escenario político. Al contrario de lo que ocurrió en el 2001, no son éstas unas elecciones entre dos frentes cerrados: el nacionalista y el constitucionalista. El mérito de haber roto con esta polarización es totalmente atribuible al PSE. Tanto nacionalistas como populares querrían reproducir --y, de hecho, tratan de hacerlo en sus mítines-- el clima de enfrentamiento radical que caracterizó las elecciones de hace cuatro años y que tan buenos resultados les procuró. Los socialistas, en cambio, desde que Patxi López accedió a la secretaría general del PSE y, más aún, desde que Rodríguez Zapatero lo hizo a la presidencia del Gobierno, han intentado intercalarse entre los dos polos de la confrontación y presentarse como el partido del consenso y la concordia. Sea cual fuere el acierto o el desacierto de este movimiento socialista desde el punto de vista de los resultados finales, el caso es que su efecto sobre el proceso electoral ha resultado ser enormemente pacificador.

El cambio de escenario político ha venido acompañado, como suele ocurrir, de un cambio también de protagonistas. Ésta sería la tercera razón que explica el nuevo ambiente de sosiego preelectoral. De la escena han desaparecido, respecto de aquellas elecciones del 2001, bastantes líderes políticos, pero lo han hecho, sobre todo, quienes habían hecho de la confrontación la fuente principal de sus resultados electorales: Aznar, Mayor Oreja y Arzalluz. Ninguna de las tres personas que los han sustituido, Rodríguez Zapatero, San Gil e Imaz, con excepción, quizá, de la segunda, han seguido la pauta de sus predecesores, sino que han basado sus políticas en la búsqueda, real o supuesta, del diálogo y del acuerdo.

Este ambiente de sosiego preelectoral se dejará notar, sin duda, el día 17 de abril. Así, la participación no alcanzará esta vez aquel 80% del 2001, sino que se acercará, más bien, a ese 60 y tantos que es habitual en las elecciones autonómicas vascas. En cuanto al efecto que esta atonía pueda tener sobre el voto a las diversas opciones, resulta muy difícil de predecir en una sociedad en la que el elector, más que por el influjo de los ambientes externos, se guía por lealtades identitarias que están muy arraigadas.