Cambio de rumbo de China hacia Corea del Norte / China’s pivot toward North Korea

Tras una primavera marcada por el aumento de las tensiones en la Península Coreana, en las últimas semanas una frenética serie de actividades diplomáticas ha traído algo de esperanza de que se pueda lograr un acercamiento de mentalidades, al menos entre China, Corea del Sur y Estados Unidos. Sin embargo, sigue por encontrarse el inicio de un consenso viable sobre cómo reducir los riesgos a la seguridad que representan las impredecibles reacciones del régimen norcoreano.

Tras un encuentro (bastante duro, según se dice) entre el Presidente chino Xi Jinping y el Vice Mariscal Choe Ryong-hae, uno de los cuatro miembros de la junta que de facto dirige Corea del Norte, se celebró la cumbre sino-estadounidense en California, con Corea del Norte como uno de los puntos centrales de las conversaciones. Poco después se realizó una cumbre entre Xi y el Presidente surcoreano Park Geun-hye. El hecho de que Xi haya participado en los tres encuentros deja al descubierto dos verdades: la actitud de China es la clave para solucionar los problemas que representa Corea del Norte y parece ser que China está buscando un nuevo enfoque al respecto.

El interés de China en una nueva política hacia Corea del Norte no es del todo nuevo. Después de todo, en las últimas dos décadas ha ido cambiando poco a poco en una dirección más constructiva, reflejando su creciente prominencia internacional, así como la cautelosa aceptación de sus gobernantes del papel global que ha dado al país su nuevo poderío económico.

En el periodo inmediatamente posterior a la Guerra Fría, China cooperó con otras partes afectadas en el proceso de solucionar la primera crisis nuclear con Corea del Norte (1993-94), pero tendía a considerar las ambiciones nucleares norcoreanas principalmente como un problema de relaciones bilaterales entre Corea del Norte y Estados Unidos. El Presidente Bill Clinton parecía estar de acuerdo y adoptó un enfoque bilateral para la crisis nuclear, que tuvo como resultado el Acuerdo Marco de ambos países de 1994.

Pero China ha elevado su papel a partir del 2000. Después de que el programa de enriquecimiento de uranio de Corea del Norte generara otra crisis a fines de 2020, el Presidente George W. Bush quiso movilizar la influencia de China de un modo más sistemático; sin embargo, las autoridades chinas se mostraron reluctantes y limitaron mucho su papel. Si bien se volvieron más activas al actuar de anfitriones de las conversaciones a seis partes, siguieron viéndose como meros mediadores entre EE.UU. y Corea del Norte, más que ser un actor cuyos intereses de seguridad podrían verse seriamente afectados por lo que aconteciera en la Península de Corea.

Inmediatamente después de la segunda prueba nuclear norcoreana en 2009, las autoridades chinas llevaron a cabo una revisión de la política de su país hacia Corea del Norte, decidiendo separar el problema nuclear de la relación bilateral general. Así, el ex Primer Ministro Wen Jiabao visitó Pyongyang en octubre de 2009, ocasión en la que prometió generosas ayudas económicas. Los líderes chinos parecen haber creído que inducir al Norte de adoptar el modelo chino de apertura económica daría origen a un ambiente político más abierto a la desnuclearización.

Uno de los resultados fue la profundización de la dependencia económica de Corea del Norte de su enorme vecino. Pero el gran problema parece ser que los líderes norcoreanos interpretaron la política china como una señal de falta de voluntad para presionarlos en materia nuclear. De hecho, la conducta norcoreana se volvió mucho más provocativa, como lo ilustra un ataque que en 2010 hundió la fragata surcoreana Cheonan y otro en que se bombardeó la isla Yeonpyeong, perteneciente a Corea del Sur.

Tras la ronda de provocaciones de Corea del Norte esta primavera, Xi parece haber llegado a la conclusión de que ya basta. Su política hacia los norcoreanos ha pasado a una nueva etapa.

Las críticas de Xi a las ambiciones nucleares del Norte se han vuelvo inusualmente públicas y claras. Puede que el gobierno chino siga viendo a Corea del Norte como a un estado tapón, pero su condición de potencia mundial lo está llevando a adoptar un nuevo enfoque. Incluso se ha dicho que el Secretario de Estado Tang Jiaxan planteó que hoy para China la desnuclearización tiene mayor prioridad que la estabilización de la Península de Corea.

Este enfoque debería favorecer la estrategia global de China, que se sustenta en el deseo de Xi de desarrollar un nuevo tipo de relación de “potencias principales” entre China y Estados Unidos (el gobierno chino prefiere “potencia principal” a “gran potencia”, probablemente para recalcar su renuncia declarada a ambiciones hegemónicas). De hecho, entre la miríada de problemas irresueltos entre EE.UU. y China, el programa nuclear de Corea del Norte probablemente sea el que más impida la confianza mutua.

Si ambas potencias desean que Corea del Norte no las empuje a un rumbo de colisión, cuentan probablemente con cuatro o cinco años para impulsar una estrategia conjunta: cronograma determinado por el punto en que Corea del Norte pueda acabar poseyendo la tecnología necesaria para cargar cabezales nucleares en miniatura en misiles de gran alcance.

A medida que se acerca este momento, Estados Unidos deberá reforzar de manera disuasoria sus defensas antimisiles en el Pacífico occidental, en áreas cercanas a China. Invariablemente, el resultado será un aumento de las tensiones sino-estadounidenses.

A China esto no le interesa. Los costes de largo plazo de un empeoramiento de la confrontación de seguridad con EE.UU. superarían los beneficios tácticos de corto plazo de apoyar a Corea del Norte como estado tapón, especialmente si se considera que ha ido profundizado sus relaciones con Corea del Sur. Si bien la visita de Park a Beijing no ha cerrado las diferencias china y surcoreana sobre el problema nuclear norcoreano, parece haber preparado el terreno para una coordinación más estrecha entre ambos gobiernos.

Esta mejora de las relaciones tiene importancia, porque ha llegado el momento en que China reequilibre sus intereses geoestratégicos tradicionales con su papel como líder global. Para ello es necesaria una política de disciplinada desvinculación con Corea del Norte, sin la cual será imposible una solución coordinada al problema nuclear y, con ello, la perspectiva de relaciones más productivas entre Estados Unidos y Corea del Sur.

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After a spring of heightened tension on the Korean Peninsula, a flurry of diplomatic activity in recent weeks has brought some hope of a meeting of the minds, at least between China, South Korea and the United States. But the emergence of a viable consensus on how to minimize the security risks emanating from North Korea’s mercurial leadership remains to be found.

After a reportedly tough meeting between Chinese President Xi Jinping and Vice Marshall Choe Ryong-hae, one of the four members of North Korea’s ruling presidium, the U.S.-China summit in California took place with North Korea as one of the central points of discussion. This was quickly followed by a Beijing summit between Xi and South Korean President Park Geun-hye. The fact that Xi participated in all three meetings underscores two truths: China’s policy toward North Korea is the key to a solution to the problems posed by North Korea, and China may be actively searching for a new approach to its wayward ally.

China’s interest in a new North Korea policy is not entirely new. After all, China’s policy toward the country has been gradually moving in a more constructive direction for the past two decades, reflecting China’s growing international prominence, as well as its leaders’ cautious embrace of the global role that their country’s new economic might has provided.

In the immediate post-Cold War period, China cooperated with other concerned parties in the process of resolving the first North Korea nuclear crisis of 1993-1994; but it tended to regard the North’s nuclear ambitions mainly as a bilateral issue between North Korea and the U.S. President Bill Clinton seemed to agree, and adopted a bilateral approach to the nuclear crisis, which resulted in the two countries’ Agreed Framework of 1994.

But China upgraded its role in the 2000s. After North Korea’s enriched uranium program triggered another crisis in late 2002, U.S. President George W. Bush wanted to mobilize China’s influence in a more systematic way. But China’s leaders balked, circumscribing their role severely. Though Chinese leaders became more active by hosting the six-party talks, they still regarded their role as that of mediator between the U.S. and the North, rather than that of a party whose security interests were seriously affected by events on the Korean Peninsula.

Immediately after the North’s second nuclear test in 2009, Chinese officials undertook a review of their country’s North Korea policy and decided to separate the nuclear issue from the overall bilateral relationship. Thus, former Prime Minister Wen Jiabao visited Pyongyang in October 2009 and promised generous economic aid. Chinese leaders may have believed that inducing the North to adopt the Chinese model of economic opening would create a better political environment for denuclearization.

One result was a deepening of North Korea’s economic dependence on China. But the big problem was that the North’s leadership apparently interpreted China’s policy as a sign of unwillingness to pressure the North on nuclear matters. Indeed, North Korean behavior became much more provocative, including an attack in 2010 that sank the South Korean corvette Cheonan and another in which the South’s Yeonpyeong Island was shelled.

Following this spring’s round of North Korean provocations, Xi appears to have concluded that enough is enough. As a result, China’s North Korea policy has entered a new stage.

Xi’s criticism of the North’s nuclear ambitions has become both unusually public and blunt. Chinese leaders may still view North Korea as a strategic buffer state, but China’s status as a global power is pushing them to view the North in a new way. Former State Councilor Tang Jiaxuan was even reported to have said recently that denuclearization is now a higher priority for China than stabilization of the Korean Peninsula.

This approach should favor China’s global strategy, which is premised upon Xi’s desire to build a new type of “major power” relationship between China and the U.S. (the Chinese government prefers “major power” to “great power,” probably in order to highlight its stated renunciation of hegemonic ambition). Indeed, among the myriad unresolved issues dividing the U.S. and China, North Korea’s nuclear program is the one most likely to impede mutual trust.

If the U.S. and China are to avoid being steered by North Korea onto a collision course, they probably have four or five years to pursue a joint strategy — a timetable established by the point at which North Korea could have the technology to load miniaturized nuclear warheads atop long-range missiles.

As the North approaches this point, the U.S. will have to strengthen its missile defenses in the western Pacific — areas close to China — in order to deter the North Korean threat. The result, invariably, will be heightened Sino-U.S. tension.

China has no interest in such an outcome. The long-term costs of a worsening security confrontation with the U.S. would exceed the short-term tactical benefits to be derived from continuing to support the North as a buffer state, especially given China’s deepening relationship with South Korea. Though Park’s visit to Beijing has not closed the gap between the Chinese and South Korean approaches to the North Korean nuclear issue, it does seem to have prepared the ground for closer coordination between the two governments.

Those improved ties matter, because the time has come for China to rebalance its traditional geostrategic interests with its role as a global leader. That calls for a Chinese policy of disciplined engagement toward North Korea, without which an internationally coordinated solution to the nuclear problem — and, with it, the promise of more productive relations with the U.S. and South Korea — will be impossible.

Yoon Young-kwan, former Minister of Foreign Affairs of the Republic of Korea, is currently Professor of International Relations at Seoul National University and a visiting scholar at the Free University of Berlin and the Stiftung Wissenschaft und Politik (German Institute for International and Security Affairs). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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