Cambios en la Iglesia

Por Joseba Arregi, ex diputado del PNV (EL PERIODICO, 10/03/05):

La Iglesia católica, una de cuyas instituciones es la Conferencia Episcopal española, se legitima a sí misma con aquellas palabras atribuidas a Jesús y dirigidas a Pedro: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Una Iglesia que por su fundación divina supera los vaivenes de los cambios temporales. Se cuenta que el papa Pablo VI, añorado por su aperturismo, hubiera firmado el permiso para utilizar la píldora anticonceptiva si no hubiera sido porque ello suponía romper con la tradición establecida por sus antecesores.

TODOS LOS medios de comunicación han recogido la noticia, por inesperada, de la elección de monseñor Blázquez como presidente de la Conferencia Episcopal española, en lugar del previsto cardenal Rouco. Y la mayoría han valorado positivamente esa elección, caracterizándola de cambio, al menos de talante, añadiendo también la mayoría la posible cercanía a los nacionalistas del nuevo presidente, cuando no el haber llegado al puesto gracias a una coalición de obispos nacionalistas con los que estaban enfadados con el cardenal Rouco.

Es inevitable que quienes se dedican todo el santo día a analizar la realidad política, que casi siempre es una realidad partidista, tiendan a valorar lo que sucede en la Iglesia católica, a cualquier nivel, con criterios extraídos del mundo de la política que les es tan cercana. Y no cabe duda de que en el seno de la Iglesia, la política, la que se refiere a los estados y los partidos, juega un papel importante, pero aún más la política interna a la propia Iglesia.

Pero sería un reduccionismo innecesario trasladar a los sucesos internos a la Iglesia los mecanismos conocidos del funcionamiento de las instituciones políticas y de los partidos políticos. La Iglesia no ha sobrevivido casi dos milenios ni ha superado situaciones realmente difíciles en su ámbito universal –no otra cosa significa el término católico– y también en determinados países, gracias a los criterios que guían a los partidos y a las instituciones políticas. Sería absurdo pensar que la Conferencia Episcopal española ha cambiado de la noche a la mañana.

El cardenal Rouco ha quedado a un voto de los dos tercios requeridos para presidir por tercera vez la Conferencia. Monseñor Blázquez ha sido elegido a la tercera por mayoría relativa. Y Cañizares, considerado como duro, ha sido elegido vicepresidente. Además, Blázquez ha sido, como obispo de Bilbao, alguien que no ha querido estar en la primera fila de la atención pública. Dicen quienes conocen bien la diócesis de Bilbao que ha estado rodeado por personas fieles al obispo de San Sebastián, monseñor Uriarte, y que han sido estas personas las que han coloreado su episcopado. Todos han subrayado la excelente preparación teológica del nuevo presidente de la Conferencia. Y todos han destacado también su talante moderado. La preparación teológica permite pensar que Blázquez tendrá en cuenta con la misma fuerza la necesidad de encarnación de la fe en cada cultura como la doctrina paulina de que, después de la revelación de Cristo, ya no hay más judío ni griego ni macedonio, pues todos participan de la universalidad de ser hijos de Dios. Y el talante hace esperar que la forma de plantear la posición de la Conferencia Episcopal española no recurra con tanta facilidad a formas de enfrentamiento.

PERO LA Conferencia sigue siendo la misma, la Iglesia no va a variar su doctrina, los problemas sustanciales van a seguir siendo los mismos y las reclamaciones al poder político, aunque se planteen de forma moderada, no van a sufrir variación sustancial en el fondo. Es cierto que la duración de la Iglesia se debe en gran parte a su capacidad de adaptación. Pero también es cierto que la Iglesia ha perdurado por haber sabido mantenerse sin dilución en las culturas en las que se ha encarnado. La opinión de la Iglesia católica sobre la cultura y las sociedades modernas, tal como ha quedado profundamente marcada por el papa Juan Pablo II, no va a variar. Una opinión crítica que, por cierto, está más cerca de la crítica que en su día realizó a la misma cultura moderna la Escuela de Fráncfort, que de algunas celebraciones posmodernas de hoy.

Por estas razones sería de desear que la atención que ha despertado esta elección en el seno de la Iglesia católica española estuviera más dirigida a ver si ésta es capaz de aceptar en todas sus consecuencias la aconfesionalidad del Estado, requisito de cualquier democracia, al igual que sería de desear que los responsables políticos no confundieran dicha aconfesionalidad irrenunciable con la construcción de un laicismo social como norma obligada para todos los ciudadanos cual nueva fe sustitutiva de la religiosa.