Camboya: enfrentarse al pasado

Por William R. Polk, del consejo de Planificación Política del Dpto. de Estado bajo la presidencia de J. F. Kennedy © William R. Polk. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 02/01/08):
Camboya es el enigma de Asia. Según su pasado reciente, debería ser una sociedad herida, sacudida por los odios, asolada por los conflictos y empobrecida por años de guerra. Sin embargo, nada de eso parece caracterizar al país hoy. Por tanto, la pregunta a la que se enfrenta el visitante es cómo ha logrado ese país renacer de una de las experiencias más espantosas de los tiempos modernos.

Tal como define un informe oficial del Gobierno el mandato de los jemeres rojos, "Kampuchea Democrática fue una de las peores tragedias del siglo XX". "El régimen acabó con casi dos millones de vidas y dejó tras de sí a decenas de miles de viudas y huérfanos", indica. Lo primero que se le cuenta al visitante, como me dijo el ministro de Exteriores, Ouch Borith, es el horror que tuvieron que padecer los camboyanos. Casi todo el mundo perdió un progenitor, un hermano o un hijo. Murió uno de cada cuatro habitantes. Es decir, Pol Pot, el jefe supremo de los jemeres rojos, mató proporcionalmente a más personas que Hitler y bajo su tutela el régimen dirigió un campo de exterminio que se puede parangonar con Auschwitz.

La cárcel de Tuol Sleng fue una escuela reconvertida en centro de tortura y ejecuciones en la que entraron 14.000 hombres, mujeres y niños, de los que sólo 12 sobrevivieron. Sólo llegar, el prisionero era fotografiado, interrogado bajo tortura y obligado a redactar una confesión. Se conservan más de 4.000 legajos con confesiones. Constituyen muchas veces una lectura absurda, pues los prisioneros confiesan actos que no era posible que hubieran cometido. Un ex comisario político admitió trabajar para la CIA y para el principal enemigo de Estados Unidos, los comunistas del Viet Minh.

Por ridícula que parezca la acusación, encaja dentro de la mitología de los jemeres rojos, quienes, tras haber sido guiados, subvencionados y eclipsados por sus homólogos comunistas vietnamitas, llegaron a aborrecerlos y acabaron luchando contra ellos. El actual primer ministro de Camboya logró sobrevivir a esta relación de amor y odio. Hun Sen era un destacado miembro de los jemeres rojos al mando de una unidad en la frontera vietnamita de enlace con el Viet Minh. A medida que Pol Pot se fue volviendo cada vez más paranoico, empezó a purgar a todos cuantos le resultaban sospechosos de simpatías provietnamitas. Al parecer, Hun Sen se dio cuenta de que su vida corría verdadero peligro y se pasó a los vietnamitas. Cuando en 1979 estalló la guerra entre los dos países y los vietnamitas expulsaron a los jemeres rojos de la mayor parte de Camboya, Hun Sen apareció como jefe del Estado reconstituido y se hizo con el poder en los años ochenta. Y aún lo ocupa. Mientras tanto, Pol Pot y sus partidarios se retiraron al norte. Muchos pensaron que serían ejecutados si los capturaban. Sin embargo, se fueron rindiendo uno tras otro. De modo sorprendente, a ninguno se le hizo nada. Incluso Pol Pot murió siendo un hombre libre una década después de ser derrocado; por su parte, el hombre que dirigió Tuol Sleng ha vivido una lujosa y plácida existencia a poca distancia de la cárcel hasta su detención a mediados de noviembre.

Hasta esa fecha, Camboya se había mostrado reacia a cooperar con el tribunal de la ONU que intentaba juzgar por genocidio únicamente a los tres máximos dirigentes de los jemeres rojos. Las investigaciones preliminares se han prolongado por décadas, pero distan mucho de haber concluido. El director de la cárcel de Tuol Sleng está incluso negociando una petición de libertad bajo fianza. Como los otros dos antiguos dirigentes, ha proclamado su ignorancia acerca de lo que sucedía en los campos de la muerte y las cárceles. Da la impresión de que 1,7 millones de camboyanos fueron asesinados por un solo hombre, el ya fallecido Pol Pot.

Todas las personas con las que me encontré habían perdido un familiar cercano o habían padecido ellas mismas hambre o malos tratos. "¿Cómo - pregunté- se pudo desatar tanto odio?". Todos los observadores creen que la furia de la revolución surgió en parte de la arraigada envidia sentida por los campesinos tradicionales y pobres por la población urbana afrancesada y relativamente próspera. Pol Pot creyó que dirigía una purga gigantesca para purificar el país de las influencias extranjeras y el capitalismo. Para realizar semejante tarea, no tuvo reparos en destruir la sociedad.

¿Y cómo se ha disipado esa furia? Según ha explicado el ministro Ouch Borith, la poca disposición de su gobierno para perseguir a los jemeres rojos nace de los principios budistas de perdón y del deseo de alcanzar la reconciliación nacional. La mayor parte de los camboyanos ha nacido después de los tenebrosos días de los jemeres rojos. El país es hoy mucho más próspero y las influencias extranjeras son bien recibidas, en especial los turistas. Sin embargo, el Gobierno no desea que los camboyanos olviden lo ocurrido.

Por ello, ha convertido la cárcel de Tuol Sleng en un museo del genocidio. Los espantosos instrumentos de tortura, los grilletes, las minúsculas celdas se muestran junto con centenares de fotografías de quienes murieron en ese lugar, incluidos niños de pecho junto con sus madres. Todo eso debe de parecer una especie de cuento fabuloso a la mayoría de los visitantes. Para mí, la paradoja última de Camboya fue un cartel que pedía a los visitantes de Tuol Sleng que mostraran respeto y no se rieran de lo que ahí veían.