¿Camino a ninguna parte?

Pobre presidente palestino, Mahmud Abas! Volvió a Palestina con las manos vacías y políticamente debilitado tras la cumbre tripartita con el presidente Obama y el primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu. El encuentro en Nueva York no dio signos de propiciar un avance importante en la cuestión de la congelación de los asentamientos judíos o en la reanudación de las conversaciones palestino-israelíes.

Al echar las culpas por igual a palestinos e israelíes por el estancamiento diplomático, Obama erosionó la posición de Mahmud Abas en casa, poniendo al descubierto su debilidad y excesiva dependencia de los estadounidenses.

Es importante comprender el contexto en que se enmarca la renuencia de Abas a asistir a la cumbre tripartita en Nueva York. Se tragó su orgullo y aceptó la invitación de Obama para reunirse con Netanyahu, a pesar de que había puesto la condición previa de una congelación de los asentamientos, como Estados Unidos pedía, antes de acceder a reunirse con Netanyahu. Abas no podía decir no a Obama, en quien la Autoridad Nacional Palestina (ANP) había depositado sus esperanzas de lograr un Estado independiente. El presidente palestino también temía que los israelíes lo culparan a él, como ya lo han hecho, por el fracaso a la hora de una reanudación de las conversaciones de paz en Oriente Medio, estancadas durante largo tiempo.

Haciendo caso omiso de los llamamientos de Hamas y otros dirigentes palestinos a quedarse en casa, Abas asistió al encuentro con riesgo político considerable para sí mismo y para la Autoridad Nacional Palestina en casa. En caso de revocar la condición de congelar la construcción de asentamientos sin ganar nada a cambio, el ya impopular presidente palestino corre el peligro de erosionar su propia legitimidad y autoridad a ojos de su pueblo.

Antes de que Abas hubiera regresado a casa, ya se enfrentó a una creciente presión y las críticas generalizadas entre los palestinos y los árabes en general. Capitalizando rápidamente la falta de progresos en la reunión de Nueva York, Hamas criticó duramente a su encarnizado rival, Abas, por su “sumisión a los sionistas” y sus “retrocesos” respecto de su postura anterior. El portavoz de Hamas, Sami Abu Zahri, dijo que las declaraciones de Obama después de la reunión demuestran el profundo fracaso del proceso de pazy el “gran retroceso” de los compromisos de EE. UU. respecto a los palestinos (significando que EE. UU. ya no exige la congelación inmediata y total de la construcción de asentamientos judíos en los territorios palestinos ocupados).

El portavoz de Hamas acusó también a Obama de intentar que los palestinos convivan con la ocupación militar israelí y apeló a palestinos y árabes a rechazar la presión de EE. UU. y a no hacerse ilusiones sobre el papel de Washington. Voces influyentes en Palestina y el mundo árabe insistieron en las mismas posturas.

Es indudable que Abas ha salido de la reunión prácticamente con el rabo entre las piernas, en términos de capital político en su propia casa. El impopular presidente se encuentra entre la espada (Netanyahu) y la pared (Hamas en tanto que su rival). El primer ministro israelí no sólo se ha negado a congelar la construcción de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este, sino que también ha insistido en celebrar conversaciones de paz con los palestinos sin comprometerse por ello a alcanzar un acuerdo en temas clave como Jerusalén y los refugiados. Se trata de una postura negociadora considerada imposible para cualquier palestino, incluido Abas, quien, antes de la invitación de Obama, dijo que la postura de Netanyahu significa el fin del proceso de paz.

Aunque Netanyahu admita, como declaró después de la reunión, que las conversaciones de paz deberían reanudarse tan pronto como sea posible sin condiciones previas, se opone vehementemente a la creación de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza, con su capital en Jerusalén Este, y su coalición de gobierno es más derechista y favorable a los asentamientos que él. Por lo demás, ni Abas ni ningún líder palestino aceptaría las previsiones de Netanyahu sobre las conversaciones de paz.

Las manos de Abas se encuentran asimismo atadas por las rivalidades intestinas palestinas entre Hamas y Al Fatah, el partido de gobierno de la Autoridad Nacional Palestina. Hamas ha reiterado públicamente que Abas no habla en nombre ni representa a los palestinos, ni puede firmar ningún acuerdo de paz sin un mandato oficial. En las últimas elecciones, Hamas obtuvo una cómoda mayoría parlamentaria y Al Fatah recibió un duro revés.

Aunque el año pasado mejoraron ligeramente los índices de aprobación de Abas debido a los tropiezos militares de Hamas y a su temeridad en el plano político, su margen de maniobra es muy limitado y no puede permitirse el lujo de dilapidar el precario capital político de que ha hecho acopio recientemente. Por otra parte, cabe el riesgo de que su primera reunión con Netanyahu en Nueva York haya equivalido a un suicidio político, de forma que Hamas podrá cosechar seguramente los frutos, si bien amargos, del fracasado encuentro.

El desafío más importante a que se enfrentan los palestinos se cifra en poner orden en su propia casa – a fin de detener la hemorragia interna que ha llevado a Al Fatah y a Hamas al borde de la guerra civil-y en articular una estrategia integral de negociación. Ni Hamas ni Al Fatah se han brindado recíprocamente una rama de olivo. La brecha entre ellos es cada día más amplia y profunda. Teniendo en cuenta el apuro en que se encuentra Abas en el plano estratégico, no es de extrañar que ponga todos los huevos en la cesta de Obama. Estableció la condición de una congelación de los asentamientos siguiendo al respecto el liderazgo de Estados Unidos y confiando en que este, en efecto, cumpliera; es decir, que forzara a Netanyahu a detener la construcción de nuevos asentamientos. Los aliados árabes de Abas – egipcios, saudíes y jordanos-creyeron también que la varita mágica de Obama resolvería el problema.

En fin, Obama tiene buena intención, pero Netanyahu ha ganado el primer asalto. El presidente de EE. UU. no ha podido obligar a Israel a aceptar una congelación completa de los asentamientos y no parece dispuesto a enfrentarse a Netanyahu abierta y públicamente.

No es de extrañar, dado que el programa de política interior y exterior de Obama es apretado y complejo. Y su plato no sólo está lleno, sino a rebosar.

En este momento, Obama no está en condiciones de invertir su indiscutible capital político en dar impulso a un amplio acuerdo de paz árabe-israelí, cuestión que demanda tiempo, energía y preciosos recursos políticos de que anda escaso el nuevo Gobierno de Estados Unidos. El futuro de esta presidencia dependerá de la aprobación de una legislación sobre el sistema sanitario y no de alcanzar un avance importante en las relaciones entre los palestinos e Israel, por deseable que sea, como le advierten sus asesores.

Dicho sin rodeos, las conversaciones de paz entre árabes e israelíes no figuran en lugar preferente (como figuran Afganistán y Pakistán) en la agenda de Obama en materia de política exterior. El equipo de Obama se limita a reiterar que el presidente se ha armado de paciencia y sigue comprometido con el proceso de paz. El significado de la paciencia, en este caso, es que es mejor no hacerse ilusiones sobre un avance importante en esta materia. Cabe dar por supuesto que el proceso de reanudar las conversaciones, para no hablar de mantener negociaciones, será largo, penoso y decepcionante.

Fawaz A. Gerges, de la cátedra Christian A. Johnson sobre Oriente Medio, Sarah Lawrence College, Nueva York. Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, Ed. Libros de Vanguardia. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.