Caminos paralelos

Amdré Glucksman, uno de los nuevos filósofos franceses de la década de los setenta, escribió antes de morir, hace ya alrededor de dos años, un ensayo interesante sobre Voltaire. Fue, frente a marxistas leninistas atrasados de noticias, a sartreanos trasnochados, una reivindicación del espíritu libre, tolerante, que revisa todas las cosas, que no admite quedarse encerrado en cárceles mentales, anticipación de la modernidad, del autor de Cándido. Cito esa novela, Cándido, porque Glucksman analizó de preferencia los cuentos llamados filosóficos de Voltaire, típicos de su estilo y de la época de la Ilustración. Los personajes principales de esos relatos tienen una mirada única, inconfundible, primigenia, en apariencia gratuita, hasta absurda, pero en el fondo necesaria: una mezcla de ingenuidad, de burla, de juego intelectual, de sabiduría desprovista de toda ostentación. Estudiemos al gran personaje de Cándido, nos propone Glucksman, a Pangloss, su maestro, a Zadig, a todos ellos.

Sigo al pie de la letra el consejo póstumo de André Glucksman, pero recuerdo en este momento a otro Voltaire, el que escribió El Siglo de Luis XIV. Luis XIV es uno de los grandes mitos de la cultura francesa, como Napoleón Bonaparte, como el general Charles de Gaulle: mitos que han fascinado siempre a los intelectuales, a veces a pesar de ellos mismos. En su gran libro, Voltaire cuenta que los cortesanos criticaban al rey (el Rey Sol) porque gastaba dineros del Estado para favorecer el teatro, la música, el ballet, en días en que los ejércitos franceses marchaban con los zapatos rotos y en que faltaban hospitales y escuelas. Hay que comenzar por lo necesario, decían los cortesanos, y dejar lo superfluo para un poco más tarde. Pues bien, lo superfluo, para ellos, era la poesía, la filosofía, el arte en sus más diversas manifestaciones, los libros y las bibliotecas.

Voltaire hacía una objeción esencial, de completa vigencia en los días que corren. Los países que no tienen lo superfluo tampoco tienen lo necesario. Las dos cosas se desarrollan juntas, o nada se desarrolla. La historia de las grandes naciones modernas es una buena demostración. En Alemania existe la música de Bach y de Beethoven, junto a la gran industria y la tecnología más moderna: Bach, Hegel, Beethoven, pero con automóviles Mercedes Benz. En Francia hay libros y también hay industrias de locomotoras y centrales nucleares. En los Estados Unidos existen los centros de cultura más completos de la época moderna: las grandes universidades con sus extraordinarios archivos y bibliotecas. He visto en películas de vaqueros, en historias de la conquista del Medio Oeste, que llega un grupo de teatro, se instala en un galpón cualquiera y representa una obra de William Shakespeare o de algún otro autor de la época isabelina. No son invenciones, no es pura propaganda.

Puede que la cultura sea superflua, pero donde no existe tampoco existen las cosas que consideramos necesarias. El siglo XIX norteamericano tuvo a creadores como Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Walt Whitman, Emily Dickinson. Eso, a pesar de la simpleza dominante y aparente, sólo podía darse en un contexto de respeto del pensamiento, de la literatura, de los libros. Pienso que la España moderna, desde la Transición hasta ahora, es una buena prueba de la afirmación de Voltaire. Por mucho que se diga en contrario. Y observo que el presidente Macri, a diferencia de sus antecesores peronistas, viaja a Madrid con lo mejor de la pintura y el arte actuales de su país. En los años de Cristina Fernández de Kirchner, el Gobierno hacía la apología de Juan Manuel Fangio, Evita Perón, Diego Armando Maradona, Ernesto Che Guevara: ¡interesantes fantasmas!

Por regla general, los políticos de hoy creen, al revés de Voltaire, que conviene comenzar por las máquinas, los zapatos, la comida chatarra, la fibra óptica, y dejar para más tarde aquello que ya en la época de Luis XIV se empezaba a considerar superfluo.

Chile, por ejemplo, en un pasado todavía reciente, era un centro de cultura dentro de Hispanoamérica: los estudios de Andrés Bello habían marcado el pensamiento lingüístico de todas las lenguas, no sólo de nuestra lengua; los estudios jurídicos, constitucionales, atraían a estudiosos de todo el continente; la cultura literaria ocupaba un espacio importante en la prensa, en los colegios y las universidades. Cada semana se discutía la crónica literaria de Hernán Díaz Arrieta, el gran crítico de la época, cuyos domingos eran equivalentes a los famosos lunes del francés SaintBeuve. Con todas sus limitaciones, era un país de libros, editoriales, tertulias, salones literarios. Ahora es un país con buenos números en la macroeconomía, según me explican, y con menos libros, con niveles de cultura escasos.

Mario Góngora, que era un historiador pensador, incisivo, con una libertad crítica que se podría llamar insobornable, a pesar de que se hallaba muy lejos del mundo volteriano, me explicó una mañana cualquiera que había una diferencia importante entre los oligarcas de ahora, los huasos, los latifundistas ricos del presente, y los de comienzos del siglo pasado. Los ricos de entonces, me dijo, salvo raras excepciones, eran tan brutos, tan ignorantes, como los de ahora, pero sabían que había que respetar a figuras como Andrés Bello, como los hermanos Amunátegui, como Vicuña Mackenna. Los de ahora, concluyó, lapidario, no respetan nada. En la noche de ese día supe que Mario Góngora, hombre malhumorado y distraído, había salido a la calle y había muerto atropellado por un automóvil. Mi conversación con él, en resumidas cuentas, había sido memorable y había tomado un sesgo dramático. Había sido una profecía y casi un destino.

Jorge Edwards, escritor.

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