Campaña electoral a ritmo de samba

Visitar Brasil es siempre un privilegio, poder presenciar su proceso electoral lo es aún mayor. Todos los medios de comunicación han publicado los resultados, que son iguales para todos. En otras palabras, Dilma Rouseff (del PT: Partido de los Trabajadores) tendrá que volverse a enfrentar con Aecio Neves (del PSDB: Partido Socialdemócrata de Brasil). Pero sin duda alguna, a los lectores interesados por los aspectos socioculturales, les gustará saber que, en este país votan más de 142 millones de personas, lo que significa toda la población española multiplicada por cuatro, donde votar es una obligación más que un derecho. Para votar se exige el título de elector, una suerte de carnet que debe ser actualizado en cada elección. No votar significa tener una penalización y no sólo económica, sino también sociológica. Es decir, la persona que no tenga al día su título de elector no podrá renovar su pasaporte, ni salir del país, ni tener prestación sanitaria, ni presentarse a unas oposiciones, ni otra serie de cosas.

Campaña electoral a ritmo de samba¿Qué se consigue con esto? Pues que vote más de 90% de la población electoral. Es sin duda una alta participación, nunca vista en los países donde votar es un derecho y no una obligación. ¿Significa esto una menor desafección política? Pues yo diría que no. De hecho, la edad electoral comienza a los 16 años para los jóvenes, que no muestran demasiado interés, pero que dadas las penalizaciones, votan mayoritariamente. Para ser fiel a la verdad, el ejercicio del voto se convierte en una obligación que no siempre es muy bien aceptada. Gran parte del electorado joven no cree en la política, pero no muestra su desinterés porque eso tiene un precio social muy alto, está muy castigado.

Otra cosa que llama la atención a los ojos de cualquier observador europeo es el hecho de que no existe el día de reflexión (esas 24 horas que en España no se puede hacer campaña electoral). Se siguen repartiendo octavillas y estampillas con las fotos de los candidatos, tanto los federales como los nacionales, pues Brasil es una República Federal, donde como en la República Federal europea por excelencia, también gobierna otra mujer. Cada partido hace la campaña a su gusto, unos con música callejera, con campañistas que no son voluntarios, sino remunerados, que con la foto de cada candidato ofrecen el número que tendrán que marcar en la máquina, pues no hay urnas, sino un sistema electrónico en el que se introduce el código de cada candidato. El sistema tiene dos ventajas principales: la primera es que el recuento se hace muy rápidamente, lo cual es importante con 140 millones de votantes, y la segunda es que los números los conocen todos, hasta los analfabetos. Números y reais (la moneda brasileña) van unidos, lo que permite votar sin estar alfabetizado, que también es importante. Todos los electores reconocen las caras y los números.

Tanto la víspera, como el mismo día de las elecciones, en la plaza de la catedral competían los predicadores religiosos con los mitineros políticos, los sin techo y otros ciudadanos contemplando bailar la capoeira, ese ritmo brasileño, mezcla de danza y lucha, junto a otros que bailaban samba, quizá el ritmo más conocido. En este país, donde los medios de comunicación están muy desarrollados, y donde se puede encontrar tanto un canal budista de TV, como un show religioso, el espectáculo de campaña más impresionante se vive en las calles, que seguirán con su campaña a ritmo de samba hasta el 26 de octubre.

María Gómez y Patiño, profesora de universidad

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