Campaña por la guerra de Iraq

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy (LA VANGUARDIA, 09/01/06):

El Gobierno de Bush ha lanzado una nueva campaña para convencer a la opinión pública estadounidense de que la guerra de Iraq va a finalizar en una victoria. El caso es que nadie ha podido definir de verdad la palabra victoria. En un discurso realizado el 19 de diciembre en la Casa Blanca, Bush se alejó de la definición de victoria mantenida desde la invasión, hace casi tres años. En realidad, su declaración se percibió como un clara rebaja de las esperanzas expresadas sólo tres semanas antes, el 30 de noviembre, cuando aún esperaba la gratitud del pueblo iraquí, un país democrático y estable en estrecha alianza con Estados Unidos y que fuera capaz de volver a producir el petróleo suficiente para impulsar la economía mundial. En diciembre, en cambio, dijo a su audiencia televisiva que la tarea había resultado ser “más difícil de lo que esperábamos”. La palabra clave ya no era victoria. En esa ocasión, insistió únicamente en que la oleada de malas noticias “no significa de modo necesario que estemos perdiendo”. El objetivo es ya evitar una derrota humillante. Aunque Bush no aludió a ello, algunos periódicos estadounidenses han explicitado el verdadero significado del adjetivo difícil: más de 2.100 muertos, más de 10.000 heridos – muchos de los cuales tan graves que no podrán llevar de nuevo una vida normal- y una sangría en los ingresos estadounidenses que asciende al menos a 300.000 millones de dólares. Las bajas iraquíes han sido mucho más elevadas, claro está; no hay cifras reales, pero las estimaciones oscilan entre los 30.000 y los 100.000 muertos, además de un número desconocido de heridos. Sean cuales sean las cifras exactas, incluso la más baja constituiría una catástrofe nacional. Apenas hay familias sin víctimas entre sus miembros, al menos en la parte arabófona de Iraq. Y la destrucción material, no sólo en las ciudades prácticamente arrasadas como Fallujah, sino también en Bagdad y Basora, es gigantesca. Los daños han sido menores en muchos pueblos, aunque lo cierto es que en ellos había muchas menos cosas que destruir. No todos los destrozos son obra de los estadounidenses; ahora bien, dado que cuentan con una capacidad de fuego muy superior a la de los guerrilleros iraquíes, los 160.000 soldados estadounidenses son responsables de la mayoría de los estragos. Unos 10.000 iraquíes armados han respondido a la ocupación con todas las armas posibles, al modo clásico de cualquier guerrilla. Están tan motivados que más de 400 insurgentes han dado su vida en ataques suicidas. Dirigen de preferencia los atentados contra los propios iraquíes, porque el objetivo es convertir la cooperación con los estadounidenses en muy costosa o imposible para aquellos a quienes consideran traidores o renegados. En el caos de un estado de guerra de guerrillas permanente, han quedado apartadas una tras otra todas las justificaciones del Gobierno de Bush en favor de la guerra. Incluso se ha puesto ya en sordina el énfasis en la lucha contra el terrorismo. La razón es que el terrorismo aumenta en lugar de disminuir. El general William Odom, antiguo director del Organismo Nacional de Seguridad, la supercentral de espionaje que descifra códigos e intercepta comunicaciones en todo el mundo, declaró a principios de diciembre que la actuación de Estados Unidos en Iraq está haciendo aumentar el terrorismo. Los análisis como el del general Odom son sistemáticamente pasados por alto o incluso desplazados por la importancia otorgada a las relaciones públicas. Las recientes apariciones mediáticas del vicepresidente Dick Cheney en Bagdad (y luego en Kabul) apuntan a mostrar una implicación activa (tras las críticas de pasividad ante el desastre del huracán que asoló Nueva Orleans) y su supuesto papel en la promoción de gobiernos democráticos. Se ha hablado mucho de que los iraquíes han acudido en gran número a votar. De hecho, se atribuye a las elecciones iraquíes de mediados de diciembre la súbita e inesperada subida de Bush en las encuestas de opinión. Aunque los críticos señalan que los comicios estuvieron marcados por el fraude y la intimidación a los votantes, también admiten que al menos fueron unas elecciones. De modo que su celebración se promociona como prueba del avance hacia la democracia. Ahora bien, las encuestas también señalan que, al margen de cuál haya sido -o sea- la justificación esgrimida por el Gobierno de Bush como pretexto para la invasión de Iraq, la opinión pública estadounidense no cree que ni siquiera la victoria merezca el precio pagado. La mayoría de los críticos y prácticamente todos los apologistas han decidido pasar por alto que el resultado neto de la guerra no es sólo, como señaló el general Odom, el aumento y la propagación de los ataques terroristas, es también que, lejos de constituir un Estado laico e independiente, Iraq está adquiriendo claramente un aspecto distinto y un nuevo papel estratégico: cualquier gobierno posible que logre formarse estará controlado por musulmanes chiíes, por lo que el país se convertirá casi con toda seguridad en una especie de Estado talibán que reafirmará el fundamentalismo islámico. Ello afectará a los iraquíes más aún de lo que son conscientes en este momento. En términos estratégicos, Iraq se desliza hacia una estrecha asociación con el Estado proclamado por Estados Unidos como su enemigo público número uno en Oriente Medio, Irán. Con ello, el Gobierno de Bush está creando un bloque en cuyo poder se encuentra una gran porción de las reservas mundiales de energía, que probablemente se opondrá a la política de Estados Unidos y que sin duda se alejará de la democracia que este país se proponía crear. Cada vez con mayor frecuencia, incluso miembros influyentes del propio partido de Bush, el Partido Republicano, debaten sobre la forma de salir de Iraq. Los desacuerdos no están en si salir o no, sino en el cuándo y el cómo. Una y otra vez a lo largo del año pasado, el general Brent Scowcroft, el principal asesor sobre asuntos exteriores del padre de Bush, instó al Gobierno a admitir la falta de lógica de su política y a empezar a adecuar sus acciones a la realidad que tiene delante. El antiguo secretario de Estado Henry Kissinger acaba de unirse al coro. En un artículo publicado el 18 de diciembre en The Washington Post, Kissinger volvió a la política que aplicó en la evacuación estadounidense de Vietnam (lo que entonces se llamó vietnamización, es decir, la sustitución del ejército de Estados Unidos por fuerzas locales). En Vietnam, esa política disfrazó temporalmente la derrota. La derrota en Iraq, escribió Henry Kissinger hace un mes, “haría menguar la credibilidad de Estados Unidos en todo el mundo”. Por ello, las unidades iraquíes forman brigadas conjuntas (como se hizo en Vietnam) con unidades estadounidenses para acelerar su instrucción. La instrucción es necesaria, pero no suficiente. Como reconoce Kissinger, el ejército iraquí sólo será eficaz “cuando sea capaz de luchar en zonas suníes y se muestre dispuesto a desarmar a las milicias de las regiones chiíes, donde es reclutada la mayoría de sus miembros”. Ni Henry Kissinger ni nadie supo cómo obtener ese resultado en Vietnam, y nadie ha encontrado la fórmula para obtenerlo en Iraq mientras en el país aún sigan las fuerzas de Estados Unidos.