Campos de batalla

Richard A. Clarke. Fue asesor antiterrorista del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU cuando se produjeron los ataques del 11-S y es autor del libro Contra todos los enemigos (EL PERIODICO, 19/07/05).

La carnicería perpetrada en el metro de Londres llegaba 16 meses después de un atentado más execrable si cabe contra pasajeros en trenes de Madrid. Cuando el presidente George Bush hace poco quiso tranquilizar a los americanos por su política en Irak, subrayó que las fuerzas de la coalición están luchando contra terroristas en Irak para no tener que luchar contra ellos en casa. Tristemente para Gran Bretaña y para España, luchar contra terroristas en Irak no les inmunizó de esos ataques en casa.

A principios de este año, la Administración de Bush reveló que Osama bin Laden se había puesto en contacto con Abú Musab al Zarqaui, el máximo dirigente de “Al Qaeda en Mesopotamia”, pidiéndole que enviara a alguno de sus muchos combatientes a los territorios de Estados Unidos y de los aliados de la coalición. La sensación ahora es que la red de Al Zarqaui ha tenido mucho éxito a la hora de reclutar a nuevos terroristas por naciones árabes y por comunidades islámicas en toda Europa.

Antes de los ataques en Londres, la policía había arrestado a reclutadores de Al Zarqaui en Gran Bretaña, Alemania, España y otros países (entre los arrestados en España figuraba un terrorista que se cree está vinculado con los ataques de Madrid). El papel de Irak es doble. Por una parte, incita y motiva a los combatientes de la yihad, y por otra, se ofrece como campo de entrenamiento. Ha sustituido a Afganistán, Chechenia y Bosnia. Hoy, jóvenes radicales musulmanes viajan a Irak para demostrarse lo que valen y aprender los rudimentos del terror.

Parece ser que un reciente análisis de la CIA concluía que los neófitos de Al Zarqaui reciben mejor entrenamiento y preparación luchando en Irak de lo que los antiguos terroristas hacían con Bin Laden en Afganistán. El informe continuaba diciendo que estos nuevos terroristas probablemente abandonarán Irak para demostrar sus habilidades en alguna otra parte.

Un análisis del Servicio de Inteligencia y Seguridad de Canadá afirma que los terroristas formados en Irak ya han participado en ataques en otros países. Un exagente de seguridad canadiense dijo con relación a ese informe que los terroristas “siguen planeando acciones muy imaginativas, como las que vimos el 11 de septiembre del 2001”.

Aunque Estados Unidos dificultó aún más la entrada legal a su país tras el 11-S, el acceso sigue siendo posible para futuros terroristas. Muchos de los combatientes de la yihad son ciudadanos de naciones europeas a las que Estados Unidos concede entrada sin visado. Un islamista radical también podría entrar ilegalmente, como hacen millones de personas cada año. Por lo que muchos expertos en seguridad creen que es simplemente una cuestión de tiempo que ocurra un nuevo ataque en Estados Unidos.

MIEMBROS DE la Comisión del 11-S norteamericana advirtieron hace poco que la ausencia de un ataque en Estados Unidos en los últimos cuatro años ha creado un ambiente de complacencia, en el que mejoras necesarias en temas de seguridad no están recibiendo la atención adecuada. Un aviso que no debería caer en saco roto.

Los atentados en el metro de Londres pusieron en evidencia, por ejemplo, uno de los muchos temas en los que Norteamérica continúa siendo vulnerable. Aunque desde el 11-S se hayan invertido ya 18.000 millones de dólares en poner al día la seguridad aérea, únicamente se han invertido 250 millones en temas de seguridad para pasajeros en líneas férreas. Los resultados saltan a la vista de cualquier usuario. Evidentemente, no me ha sido posible entrar con unas tijeras en un avión, aunque sí he lograd viajar en un tren de pasajeros con una pistola.

En las horas posteriores a los ataques de Londres, agentes de la policía inundaban las estaciones subterráneas de trenes y metros de Estados Unidos para reforzar la seguridad. El mero hecho de que tuvieran que hacerlo ya es un buen indicio de que estos sistemas no gozan de la protección adecuada. Una mayor utilización de circuitos cerrados de televisión, de guardias uniformados y de agentes de paisano en estaciones y en trenes reduciría las posibilidades de éxito de un ataque contra pasajeros en estos medios de transporte.

SIN EMBARGO, la mejor manera de evitar dichos ataques es la penetración de los servicios de inteligencia en los círculos terroristas. Hubo que esperar hasta el mes pasado, casi cuatro años después de los atentados del 11-S, para que la Administración de Bush se aviniera a crear un Servicio para la Seguridad Nacional dentro del FBI a fin de reforzar la capacidad norteamericana de infiltrarse. Pasarán años antes de que este servicio sea plenamente operativo.

¿Cómo puede ser que Estados Unidos aún sea tan vulnerable internamente? Una de las grandes razones es que el país no ha invertido lo necesario. Cuando se creó el Departamento de Seguridad Interior, la Casa Blanca dijo que debería financiarse con “dinero desligado de los ingresos”, es decir, que no podía recurrir a los presupuestos. Desde entonces, el gasto en seguridad interior ha crecido muy poco a poco. La cantidad presupuestada no ha tenido en cuenta las recomendaciones sobre lo que se necesitaba, sino que se ha basado en decisiones arbitrarias en un entorno fiscal global complejo dado el gasto desbocado en Irak. Lamentablemente, el gasto en Irak no hace a Norteamérica inmune a ataques terroristas en casa, como tampoco hizo a España y a Gran Bretaña.